Fe

Por qué 30 días, un paso cada vez y escribiendo a mano

Habrás oído alguna charla que te dejó bien un rato, de esas que ves un domingo por la tarde y te dejan con ganas de cambiarlo todo. Una frase bonita, una lágrima incluso mientras la escuchabas sentada en el sofá, ganas de cambiar de verdad, esta vez sí. Y luego, a los dos o tres días, entre el trabajo y la compra y el cansancio de siempre, la voz de siempre vuelve a sentarse en su sitio de siempre, como si no hubiera pasado nada, como si esa tarde de domingo nunca hubiera existido. Te suena, ¿verdad? A mí también me ha pasado, más de una vez, más de las que reconozco fácilmente.

No es que esas charlas estén mal, ni que tú tengas poca fuerza de voluntad, aunque sea lo primero que pienses al ver que el efecto se te escapa entre los dedos. Es que la voz que te mide no se instaló en un rato, en una tarde de domingo con buena música de fondo, y por eso tampoco se va en un rato. Llevas años entrenada para escucharla primero a ella, antes que a cualquier otra cosa, antes incluso de que te dé tiempo a pensar. Y a un entrenamiento de años no le gana una tarde inspirada, por muy bonita que fuera, por mucho que te emocionara en el momento.

Por qué 30 días y no 7

Siete días dan para sentirte bien un rato, para notar un cambio que todavía se siente frágil, como recién estrenado. Treinta días dan para algo distinto: para que la repetición empiece, poquito a poco, casi sin que te des cuenta, a cambiar qué voz oyes primero cuando te levantas, cuando terminas algo, cuando alguien te felicita por la calle o por wasap.

No es magia ni es un número redondo elegido al azar en una reunión de marketing. Es que un día suelto se te olvida fácil, se diluye entre las prisas. Pero treinta días seguidos, aunque falles alguno, aunque algún día solo leas por encima y ya está, sin fuerzas para más, empiezan a dejar un surco. Como el camino que se marca en la hierba de tanto pasar por el mismo sitio, no porque un día pisaras muy fuerte, sino porque volviste, y volviste, y volviste, incluso los días en que no tenías ganas.

La voz que te mide lleva años marcando su propio camino en ti, un camino ancho y hondo de tanto uso. Treinta días no la borran, sería ingenuo prometerlo, pero empiezan a abrir uno nuevo al lado, todavía estrecho, todavía tímido. Uno que, con el tiempo, puede llegar a ser el que pisas primero sin pensarlo.

Por qué a mano y no en la cabeza

Pensar la mentira no es lo mismo que escribirla, aunque parezca que da igual. En la cabeza, las mentiras que te dices se mueven rápido, se disfrazan de sentido común, se mezclan con otras cosas y parecen razonables, casi innegables. "Tengo que ser perfecta" suena, ahí dentro, casi a verdad de manual.

Pero cuando coges un boli, uno de verdad, y la escribes en un papel, tal cual, con esas mismas palabras exactas, algo cambia. La ves de frente, quieta, sin escapatoria. Y de frente, esa frase que sonaba a sentido común empieza a sonar rara. Exagerada. Incluso un poco triste, si eres sincera contigo mientras la lees en tu propia letra. Escribir a mano no es un capricho ni una manera bonita de hacer las cosas, ni una cursilería de cuaderno con flores en la tapa: es la diferencia entre dejar que una idea flote, escurridiza, y obligarla a quedarse quieta el tiempo suficiente para que la mires bien, sin que se te escape.

Además, la mano va más despacio que la cabeza, mucho más despacio. Y esa lentitud, que parece una desventaja en un mundo que va deprisa, es justo lo que necesitas cuando lo que quieres cambiar es algo que llevas repitiéndote deprisa durante años, casi sin respirar entre pensamiento y pensamiento.

La trampa de convertir el cuaderno en otro examen

Aquí está la trampa en la que casi caemos todas, con la mejor intención del mundo: coger un cuaderno de treinta días y convertirlo, sin darnos cuenta, en un examen más que aprobar. Otra lista en la que quedar bien. Otra cosa que hacer perfecta, con letra bonita y sin tachones.

Esto que lees es una idea de «Suficiente a sus ojos» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

Por eso cada día pide solo diez o quince minutos, un paso pequeño, nunca una tarea de la que sentirte culpable si no la terminas como debía ser, si la letra sale torcida o si un día se te olvida por completo. Si el propio cuaderno te exigiera perfección, estarías usando la voz que te mide para intentar librarte de la voz que te mide, en un círculo que no lleva a ningún sitio. Y eso no funciona. Es como querer apagar un fuego con más fuego, echando más leña sin darte cuenta.

Un paso pequeño cada día quita la presión de hacerlo bien. Te permite fallar un día, saltarte otro sin castigo, volver al tercero sin necesidad de empezar de cero ni de castigarte por ello, sin borrón y cuenta nueva forzado. Y es precisamente esa libertad, la de no tener que hacerlo perfecto, la que empieza a enseñarte, de verdad y no solo de palabra, que no hace falta ser perfecta para que algo cuente.

Un pacto, no una promesa de estar curada

Al final de los treinta días hay una página para firmar, con tu nombre y la fecha si quieres. No es un diploma que cuelgas en la pared. No dice que ya está, que ya eres perfecta, que la voz que te mide se ha callado para siempre y no volverá a asomar. Yo no podría prometerte eso, y sería mentira si lo hiciera, después de todo lo que te he contado: yo misma sigo, de vez en cuando, cogiendo el lápiz para corregir algo que ya estaba bien, sin darme ni cuenta hasta que ya lo he hecho.

Esa página es más bien una mano tendida para los días en que se te olvide, para dentro de unos meses, para dentro de un año. Porque se te va a olvidar, eso es casi seguro, así funciona esto. Vas a tener días en que la voz vieja vuelva a sentarse en su sitio como si nunca se hubiera movido de ahí. Y en esos días, no necesitas otra charla motivadora ni otro sermón nuevo. Necesitas volver a un papel donde tu propia letra, la de hace unas semanas, un poco distinta quizá, te recuerda algo que un día ya llegaste a creer, aunque fuera solo un rato, aunque fuera solo esa noche.

Un día cada vez. A mano. Sin prisa por llegar perfecta ni siquiera al final del cuaderno, ni siquiera al día treinta. Ese es el único método que tiene sentido cuando lo que quieres cambiar no es lo que haces, sino la voz que escuchas mientras lo haces.

Si esto te ha tocado, sigue por aquí

Cómo dejar de medirte por lo que haces (sin caer en la autoexigencia de "mejorar")

Leer ahora →

o quizá: Cómo responder cuando alguien te felicita y por dentro piensas "si supiera cómo soy" · Por qué nunca siento que hago suficiente, haga lo que haga

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la perfeccionista que mide su valor por lo que hace, y está agotada de no llegar nunca.

Llévate la guía gratis de 1 página

Déjame tu email y te la envío ahora mismo. «Un salmo, una respiración, una línea»

Te enviaré la guía y, de vez en cuando, algo que pueda ayudarte. Sin spam; date de baja cuando quieras.

19 €Garantía de 30 días — te devuelvo el importe, sin preguntas
Ver el cuaderno