La saqué del horno y estaba bien. Dorada por igual, subida, el olor llenando la cocina como toca. La miré dos segundos y ya le estaba poniendo un notable: los bordes un pelín altos, el glaseado que iba a quedar irregular. Así que la aparté con las que no valen y encendí el horno otra vez. La tercera esa mañana. Para un cumpleaños de cuatro personas que se la habrían comido encantadas a la primera.
Mi marido asomó la cabeza y preguntó si de verdad hacía falta. No supe qué contestarle, porque para mí la pregunta no tenía sentido. Claro que hacía falta. Si algo se puede hacer mejor, no está hecho.
Yo funcionaba con una libreta y con una voz. La libreta era de espiral, y cada noche apuntaba lo del día siguiente. La voz iba por dentro, y era la que mandaba. Me ponía nota a cada cosa. La colada, un bien. La reunión del cole, un aprobado raspado porque me trabé al hablar. La llamada a mi madre, un suficiente. Sumaba y restaba todo el día, como quien lleva el marcador de un partido que nunca gana.
Los domingos iba a misa y oía aquello de que Dios me quería, y yo asentía mientras por dentro pensaba que a mí me querría cuando me lo mereciera. Rezaba como quien entrega un examen: a ver si esta vez apruebo. Le pedía ayuda para llegar, sin caer en que era una carrera que Él no me había puesto.
Tachaba las cosas de la libreta con una raya fuerte. Quince rayas algunos días. Y aun así, cada noche, mis ojos iban directos a la única línea sin tachar. Podía haber sacado el trabajo entero, la casa recogida, escuchado a una amiga que lo pasaba mal, y lo que veía era el correo sin contestar, la cita que no pedí. Las quince hechas no contaban. Contaba la que faltaba. Siempre había una que faltaba.
No dormía bien. Repasaba conversaciones buscando dónde había quedado torpe, me despertaba con la lista ya en marcha. Estaba cansada de una manera que el descanso no arreglaba, porque no era el cuerpo: era esa contabilidad de mí misma que no paraba nunca.
Fue mi hijo, el mediano, el que lo dijo. Sin maldad, comiéndose un yogur, con la naturalidad con que dicen los niños las cosas que llevan tiempo viendo. Y siguió con el yogur.
Mamá, tú nunca estás contenta.
Me quedé con el trapo en la mano. Porque no me estaba criticando. Me estaba describiendo. Le había enseñado a mi hijo, sin querer, que su madre era una mujer a la que nada le parecía bastante. Ni lo de los demás. Ni, sobre todo, lo suyo.
No cambié esa tarde; no sé hacer las cosas de golpe, ni siquiera dejar de exigirme. Pero empecé a fijarme en la voz que me ponía nota, a preguntarle de quién era, porque mía del todo no sonaba. Y empecé a leer despacio aquello de que Dios no me quería por lo que rendía. Que no era mi jefe. Que no llevaba mi marcador.
Aprendí, y sigo aprendiendo, a dejar la tarta a la primera. A tacharme el día entero, no la línea que falta. A rezar sin entregar un examen. Hay días que la voz vuelve con su boli rojo y me pilla sumando otra vez. La diferencia es que ahora la oigo y sé que no es la de Dios.
No te voy a prometer que en treinta días esa voz se calle para siempre. La mía todavía habla. Lo que ha cambiado es que ya no la creo a pies juntillas, y esa distancia pequeña es casi todo.
Dime una cosa, tú que has llegado hasta aquí: cuándo fue la última vez que algo tuyo te pareció suficiente, sin un pero detrás.


