—¿Me haces un favor? —Claro. Ya lo había dicho. El favor todavía no tenía forma, ni tamaño, ni fecha, y yo ya lo había firmado. Es lunes, son las ocho y media, y llevo tres semanas prometiéndome que esto se acaba. Se ve que no.
El favor era una mudanza. La de una conocida de una amiga, alguien a quien apenas he tratado. Cajas, un sábado entero, dos pisos sin ascensor. Y ahí estaba yo, con la espalda ya avisando, cargando la vida de una desconocida escaleras arriba, pensando: cómo he llegado hasta aquí. Como si no lo supiera. Como si no fuera exactamente lo que hago cada vez.
Lo cuento en presente porque no es pasado. Ayer mismo dije que sí a algo antes de que terminaran la frase. Me oí decirlo. Me vi hacerlo. Y no me paré.
Abrí la agenda del móvil una noche, buscando un hueco para ir por fin al fisio, que llevaba días insistiéndome desde la espalda. Y lo que vi me dejó quieta. Quince cosas apuntadas esa semana. Las conté dos veces. El médico de la vecina. El turno de una compañera que "tenía una cosa". La comida de más para mi madre, que no la pidió. El recado del grupo del cole. La amiga que solo escribe a las once cuando el mundo se le cae encima. Quince compromisos, y todos con nombre. Ninguno era el mío. Busqué un hueco para mí en mi propia agenda y no había. Ni uno. Llevaba semanas sin haber un solo rato que empezara y terminara en mí.
Busqué un hueco para mí en mi propia agenda. No había ni uno. Llevaba semanas.
El cuerpo lo llevaba diciendo tiempo. Dormía mal. Se me trababa la mandíbula. La espalda cargaba pesos que ni eran míos. Pero una lo aparta, eso, con un "ya iré", con un "cuando pueda", que en mi boca significaba nunca.
La factura del fisio llegó dos semanas después de la mudanza. Sesenta euros. La miré y me hizo una gracia amarga, de esas que no dan risa. Había pagado, con mi dinero y con mi espalda, por cargar las cajas de alguien cuyo apellido ni sé. Sesenta euros, más las tres sesiones que vinieron detrás. La mudanza me salió cara y ni era mía. Ahí, con el papel en la mano, hice una cuenta que llevaba media vida sin hacer: lo que doy, lo que me vuelve. Salía en rojo. Siempre había salido en rojo, solo que nunca me había sentado a mirarlo.
Se lo dije a una amiga, la única a la que me atreví. Que no sabía decir que no. Que me daba pánico que la gente se molestara. Y ella, sin ponerse solemne, me soltó: "¿Y a estar tú enfadada todo el rato no le tienes miedo?". Me callé. No lo había mirado nunca desde ahí.
La primera vez que dije que no fue por teléfono, a una encuesta. Una tontería. Colgué y me temblaban las manos, como si hubiera roto algo. No se rompió nada. Nadie me quiso menos. Fui aprendiendo a decir que no sin el párrafo de disculpas detrás; un "no puedo" a secas, sin justificar mi existencia. Aprendí a dejar pasar dos segundos antes de contestar, esos dos segundos en los que antes ya había dicho —bueno, iba a decir "que sí". En los que antes ya me había ofrecido yo, sin que nadie pidiera nada.
Colgué y me temblaban las manos como si hubiera roto algo. No se rompió nada.
No fue una línea recta y no te la voy a vender así. Con mi madre recaigo cada dos por tres; sabe qué tecla tocar y yo vuelvo al sí de siempre. Con el compañero que me endosaba lo suyo tardé meses. Y todavía hoy, algún día, me oigo diciendo que sí cuando quería decir —cuando por dentro ya era un no. La diferencia es que ahora me pillo. A veces esa misma tarde, no diez años más tarde. Sigo recayendo. Lo cuento porque es verdad, no porque quede bien.
Empecé a anotar en un cuaderno lo que iba viendo. Un límite cada vez. La frase que sí sabía sostener y la que se me caía. Lo escribí a mano, despacio, para las noches en que se me olvidaba a quién quería parecerme. Y pensé en la que abre su agenda una noche cualquiera y no se encuentra en ella. Por ella lo pasé a limpio.



