Fe

Cómo dejar de medirte por lo que haces (sin caer en la autoexigencia de "mejorar")

Llevas un tiempo intentando «trabajar en esto». Leíste algo, subrayaste una frase que te llegó, te propusiste ser más amable contigo misma, incluso lo comentaste con alguien con la voz un poco emocionada. Y en cuanto te despistas, un martes cualquiera sin nada especial, ahí está otra vez: la lista mental de lo que falló hoy, la comparación con quien lo hizo mejor, la corrección automática de algo que ya estaba bien. Y entonces piensas que has fracasado incluso en dejar de exigirte tanto, que ni siquiera esto se te da bien.

Antes de seguir, hay una trampa que merece la pena nombrarse despacio, porque es la que hace que este camino se sienta tan agotador, tan de dos pasos adelante y uno atrás.

La trampa de "mejorar"

Si te propones «mejorar» tu autoexigencia con la misma exigencia de siempre -midiendo cuánto lo consigues, corrigiéndote cuando te vuelves a medir, apuntando los días que «fallaste» como si llevaras una libreta de castigos-, no has cambiado de voz. Solo le has dado un tema nuevo a la misma de siempre, que ahora se dedica a vigilar si vigilas menos.

Por eso este no es un plan para hacerlo perfecto desde hoy, sino un intento, con pasos pequeños y sin prisa, de ir reconociendo esa voz cuando aparece y de practicar, poco a poco, una distinta. No hay meta que cerrar de golpe, no hay un día en el calendario en que esto «se acabe». Hay un día, y luego otro, y luego otro más, aunque algunos se parezcan demasiado a los de antes.

Paso 1: pillar a la voz en el momento exacto

No se trata de analizar tu infancia entera ni de entenderlo todo de una vez sentada en el sofá con un cuaderno. Se trata de algo mucho más simple: notar el instante exacto en que esa voz aparece. El segundo en que comparas tu casa con la de otra que has visto de refilón en una foto, tu cuerpo con el de otra en el espejo del probador, tu semana con la que «deberías» haber tenido según no se sabe muy bien quién.

Ese momento suele ser rapidísimo, casi invisible, como un parpadeo que pasa antes de que puedas nombrarlo. La primera meta, de verdad, no es callarlo. Es simplemente darte cuenta: «ahí está, otra vez comparando». Nada más. Solo nombrarlo ya es un paso, aunque no consigas parar el pensamiento, aunque siga su curso igual.

Paso 2: escribir la mentira concreta

Cuando pilles a la voz, hay una pregunta que ayuda, que corta por donde hace falta: ¿qué me estoy creyendo justo ahora? No la sensación vaga de «no doy la talla», que se te escapa entre los dedos en cuanto intentas agarrarla, sino la frase exacta. «Si fallo, no valgo.» «Si no llego a todo, decepciono a todos.» «Solo merezco descansar cuando termine la lista.»

Escríbela a mano, aunque sean dos líneas en cualquier papel que tengas a mano, el reverso de un ticket si hace falta. Verla escrita, con tu propia letra, la saca de la cabeza -donde suena como una verdad indiscutible, casi de ley física- y la pone delante de ti, donde por fin puedes mirarla de frente, como quien saca algo de debajo de la cama para ver bien qué es. Y de frente, casi siempre, esa frase suena distinta. Más pequeña. Más discutible de lo que sonaba en la oscuridad de tu cabeza.

Paso 3: la pausa de tres respiraciones

Aquí no hace falta ningún truco complicado ni ninguna app. Cuando notes que vas a corregir algo automáticamente -una frase que ya estaba bien, un plan que ya era suficiente, un gesto de alguien que ya estaba cuidado sin que tú metieras mano-, para. Solo tres respiraciones antes de actuar, contadas de verdad, no de pasada.

No es magia ni relajación de manual de revista: es, simplemente, meter un hueco entre el impulso de corregir y la corrección misma. Ese hueco, por pequeño que sea, es donde puedes preguntarte: ¿esto necesita de verdad que lo cambie, o ya estaba bien y soy yo quien no sabe dejarlo así?

Paso 4: el gesto de cierre al final del día

Esto que lees es una idea de «Suficiente a sus ojos» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

Casi todos los días terminan con la lista de lo que quedó a medias, repasada mentalmente mientras te lavas los dientes o apagas las luces. Prueba, en cambio, con un gesto pequeño y concreto que marque que el día se acaba, esté todo perfecto o no: cerrar el cuaderno de un golpe suave, apagar una luz concreta que reserves solo para eso, decir en voz baja «esto ya está terminado por hoy» aunque suene un poco raro decirlo solo para ti misma.

El gesto no cambia lo que hiciste, ni borra el cajón desordenado ni la llamada pendiente. Cambia algo más importante: te enseña, poco a poco, gesto a gesto, que el día puede cerrarse sin haber llegado a todo, y que eso no te hace menos válida.

Un día cada vez, no un mes perfecto

Si mañana vuelves a compararte, a corregir algo que ya estaba bien, a irte a dormir con la lista de lo que faltó, no significa que este camino no funcione, ni que lo hayas hecho mal. Significa que llevas mucho tiempo escuchando esa voz y que una semana, ni siquiera un mes, basta para aprender a escuchar otra.

Y si notas que esta autoexigencia viene acompañada de mucha ansiedad o de una tristeza que no se va por más pasos pequeños que practiques, eso merece mirarlo de cerca con ayuda profesional: no es una señal de que hayas fracasado, es una señal de que este camino necesita un acompañamiento distinto al de un artículo o un cuaderno, por muy bien que estén escritos.

Por lo demás, el camino es este: un día, un momento pillado, una frase escrita a mano, una pausa, un cierre. No hace falta que salga perfecto. De hecho, cuanto menos perfecto te exijas que salga, más cerca estás de haber entendido de qué iba todo esto.

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la perfeccionista que mide su valor por lo que hace, y está agotada de no llegar nunca.

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