UN RETO DE 30 DÍAS

Te llaman "la que puede con todo". Cuidas a todos, sostienes la casa, sirves en la iglesia, y por dentro vas raspando el fondo. Y encima crees que descansar es de egoístas.

Para "la que puede con todo" y está vaciada por dentro, con culpa de descansar y miedo de decir que no.

Los cuento en el semáforo: doce mensajes, ninguno pregunta cómo estoy.

Doce mensajes en la pantalla y ninguno pregunta cómo estoy. Los cuento en el semáforo. La catequista quiere las fotocopias mañana sin falta. Mi cuñada, que si me quedo con los niños el sábado. El del coro, un audio de tres minutos que no abro. Mi madre, dos veces. "¿Puedes?", "¿te importa?", "solo tú sabes hacerlo". Y una parte de mí, la tonta, se hincha un poco con eso de que solo yo sé. Contesto a todos en el mismo rojo. Sí. Claro. Ahora te digo. No pasa nada.

Ese "no pasa nada" lo digo mucho. Lo digo cuando se me olvida comer hasta las cuatro. Lo digo cuando me levanto a las seis para dejar la comida hecha antes de un día que no es mío. Lo digo tan seguido que ya no lo oigo.

Llego a casa y no entro. Meto el coche en el garaje, apago el motor, y me quedo. Con las llaves en la mano y la puerta de casa a diez pasos. Ahí dentro está la cena, los deberes, el "mamá", el "cariño", el teléfono que volverá a sonar. Aquí, en el coche, no me pide nada nadie. Cierro los ojos. No rezo. No pienso. Solo respiro el rato ese que me robo, diez minutos con olor a gasolina, y luego me arreglo la cara y entro como si acabara de llegar.

"¿Cansada yo? Qué va. Un poco de trajín, nada más."

Lo decía de verdad. Yo era la que podía con todo. La que llevaba el táper a la familia que se mudaba, la que se quedaba a fregar cuando los demás cogían el abrigo, la que en la parroquia decía que sí antes de que terminaran la frase. Servir estaba bien. Servir era lo que se hacía. Y descansar, descansar era de flojas, de las que se escaquean, de las que ponen su cansancio por delante del prójimo. Yo no era de esas. Yo aguantaba.

Hasta que un domingo, en la cocina de los actos de la parroquia, se me cayó una bandeja. No fue nada del otro mundo. Cincuenta cafés, la bandeja de metal, y de pronto todo por el suelo, el estrépito, los charcos, las tazas rodando. La mano no me respondió. Se abrió sola. Y yo me quedé mirándola como si fuera de otra persona, con las señoras alrededor recogiendo y diciendo "mujer, no pasa nada" —mi frase, en su boca— y yo pensando: no ha sido la bandeja. La bandeja pesaba lo de siempre. He sido yo, que ya no sujeto.

No me caí redonda ni me llevaron a ningún sitio. Recogí, sonreí, dije que qué torpe. Pero volví al coche y no arranqué. Y por primera vez me pregunté cuánto llevaba sin que la mano me temblara y yo mirando para otro lado.

Me daba miedo esa pregunta. Porque si me paraba a mirar, igual descubría que no aguantaba por buena, sino por miedo. Miedo a que, si un día no podía, se me quisiera menos. Como si el amor de los míos y hasta el de Dios fuera algo que hay que ganarse a base de no fallar nunca. Nadie me lo enseñó con esas palabras. Pero lo tenía metido en el tuétano.

No te voy a vender un antes y un después de esos que quedan bonitos. No me levanté nueva. Sigo teniendo el reflejo del sí en la punta de la lengua; todavía se me escapa antes de pensar. Lo que cambió fue más pequeño y más lento. Empecé a distinguir el servir que rebosa del servir que se raspa. A dejar que me sostuvieran a mí un rato, aunque me diera un apuro tremendo. A entender aquello de que no soy yo la que aguanta el mundo; que hay Quien me lo sostiene a mí, y que descansar en eso no es escaquearse, es dejarle sitio.

Aprendí despacio, con torpeza, y volviendo atrás muchos días. Aún hoy hay tardes en que meto el coche en el garaje y me quedo el rato robado. La diferencia es que ahora, a veces, entro sin la cara arreglada. Entro cansada. Y no se hunde nada.

Esta noche el móvil se ha encendido otra vez. Un mensaje. Alguien que necesita algo para mañana. Lo he leído. Lo he dejado ahí, sin contestar. Ya responderé por la mañana. Y me he ido a la cama sabiendo que mañana, cuando salga el sol, seguiré queriendo a esa gente igual —solo que un poco menos vacía.

¿Te suena?

Dices "estoy bien" con la sonrisa puesta, aunque por dentro ya no quede nada.
Te ofreces la primera para todo, y luego lloras a solas en el coche sin saber muy bien por qué.
Sientes que si un día dices "hoy no puedo", el mundo entero se te viene abajo.
Rezas pidiendo fuerzas, cuando lo que en realidad necesitas es permiso para parar.
19 €Venid a mí los cansados
EL CUADERNO

Lo que aprendí en el coche, sin arrancar, lo puse en 30 días

Necesité recorrer despacio el camino del servir que rebosa al servir que se raspa, y hacerlo con un versículo delante y un boli en la mano, porque a mí las cosas si no las escribo no me pasan de la cabeza al pecho. Así fueron saliendo estos 30 días: no para que aguantes más, sino para que descanses sin sentirte una floja.

  • 30 días, uno cada vez, sin agobios.
  • Un paso realista al día y sitio para escribir a mano.
  • Escrito por alguien que lo ha vivido, no un manual frío.

19 € es menos de lo que gastas en el táper y el detalle que llevas cada vez que sirves a otro; por una vez, gástalo en la que sostiene a todos.

✓ Garantía de 30 días — te devuelvo el importe, sin preguntas

Pago seguroDescarga inmediataCuaderno para rellenarGarantía de 30 días

Lo que te llevas

Todo lo que incluye tu cuaderno de 30 días

30 días, uno cada vez

Cada día trae un versículo en castellano de toda la vida, una lectura corta y honesta, una oración para hoy y unas preguntas con hueco en blanco para que escribas tú, a mano, tus propias palabras. Ni una jornada abruma: se hace en el rato del café.

Un pacto que firmas tú

Al empezar hay un pequeño pacto contigo misma para firmar y poner la fecha. No es un contrato de aguantar más; es el permiso, con tu letra, de dejarte descansar.

El Día 27, de frente con lo serio

Un día entero mira sin rodeos cuándo el cansancio ha cruzado a agotamiento (burnout) o a algo más hondo, y por qué pedir ayuda ahí no es rendirse, es cuidarse. Sin dramatizar y sin quitarle importancia.

Sitio para tu letra

No es un libro para leer y guardar. Cada día deja el espacio en blanco a propósito, porque lo que no se escribe se queda en la cabeza y no baja al pecho.

En PDF, tuyo para siempre

Te llega en PDF para leerlo en el móvil, la tablet o imprimirlo y tenerlo en la mesilla. Sin apps, sin cuentas, sin que caduque.

Así es un día dentro del cuaderno

DÍA 7 · UN DÍA CUALQUIERA
  • Una lectura corta, de dos minutos, que no te sermonea.
  • Un solo paso para hoy. Pequeño a propósito: cabe en tu peor día.
  • Espacio para escribirlo a tu mano. Lo tuyo, con tus palabras.

Cómo funcionan los 30 días

Semana 1

Ponerle nombre al agotamiento (y dejar de llamarlo "trajín")

Semana 2

Descansar de verdad: Marta, María y el permiso de sentarte

Semana 3

Decir que no con gracia, sin pedir perdón por respirar

Semana 4

Volver a llenarte para servir desde lo que rebosa

Quién lo escribe

M

Por Maribel Soler

Maribel Soler llevó dieciocho años el economato de Cáritas de su parroquia, contando latas y repartiendo turnos que siempre acababa cubriendo ella. Escribe con la letra pequeña y apretada de quien apunta la compra en el margen del boletín parroquial.

Nuestro trato contigo

  1. No te diremos que en 30 días estarás curada. No funciona así, y lo sabes.
  2. No hay testimonios inventados, ni cuentas atrás falsas, ni «solo quedan 3».
  3. Si abres el cuaderno y no te habla, te devuelvo el importe. Sin preguntas, durante 30 días.
Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Preguntas frecuentes

¿Esto es terapia?
No. Es un cuaderno devocional de 30 días para acompañarte, no un tratamiento ni un sustituto de ayuda profesional. Si el agotamiento se ha vuelto algo más hondo, el propio libro te lo dice y te orienta a pedir ayuda.
Soy de las que no paran ni un minuto, ¿de verdad voy a sacar tiempo para esto?
Son solo diez o quince minutos al día, y está pensado precisamente para quien no tiene margen. No es una tarea más que añadir a la lista: es el único rato del día que es solo tuyo.
¿Me va a hacer sentir más culpable todavía por estar cansada?
Al revés. Aquí no se te dice que descanses "cuando termines", porque esa vida no termina nunca. Se te recuerda que el descanso se recibe, no se gana, y que parar no te hace peor cristiana ni peor madre.
¿Y si mi cansancio ya no es solo cansancio?
Los días 20 y 27 están pensados justo para eso: te ayudan a distinguir el agotamiento normal de un burnout o una depresión, y te dicen con claridad cuándo y a quién pedir ayuda.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para "la que puede con todo" y está vaciada por dentro, con culpa de descansar y miedo de decir que no.

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Este material es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional.

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