Por qué nunca siento que hago suficiente, haga lo que haga
Son las once y cuarto, ya de noche cerrada. Estás tumbada de lado, con el móvil ya en la mesita y la habitación a oscuras, y aun así los ojos se te han quedado abiertos, mirando la nada, repasando el día como quien pasa lista con una linterna. La reunión salió bien, pero te quedaste callada justo en el momento en que podrías haber dicho algo más listo, y esa frase que no dijiste te sigue rondando. La casa está recogida, sí, menos ese cajón de la cocina que lleva una semana hecho un desastre y que cada vez que lo abres te reprocha algo. Le hiciste la cena a los niños, aunque hoy no tuviste paciencia para el cuento de después y se lo notaste en la cara cuando apagaste la luz sin el cuento. Y ahí te quedas, dándole vueltas a lo que faltó, mientras lo que sí hiciste se disuelve como si nunca hubiera pasado, como si se hubiera evaporado nada más soltarlo de las manos.
Si esto te suena, no hace falta que me cuentes más. Lo conozco porque lo vivo. Hay noches en las que reviso mentalmente mi propio día como quien revisa una lista de la compra con el dedo, casilla por casilla, y por más que la lista esté casi entera, solo veo el hueco: el pan que faltó, la llamada que no devolví. Da igual cuántas veces me digan que lo hice bien, da igual que alguien me lo repita mirándome a los ojos. Por dentro hay una voz que ya está preparando el informe de lo que faltó, con su letra pequeña y su tono de funcionaria que no da su brazo a torcer.
No es que seas muy exigente
A esto solemos ponerle una etiqueta rápida, de esas que parecen explicarlo todo sin explicar nada: soy muy exigente conmigo misma, soy perfeccionista, tengo un carácter así, siempre he sido igual. Y puede que algo de verdad haya en eso, pero la etiqueta se queda corta, se queda en la superficie. Lo que hay detrás es una voz muy concreta, con su propio criterio y su propia manera de contar, que lleva la cuenta de todo lo que haces, compara tu día con el que 'deberías' haber tenido, resta puntos por cada cosa a medias, y nunca, nunca te da el aprobado final. Puedes hacer cien cosas bien y una regular, y esa voz se va a quedar con la regular, la va a subrayar en rojo, la va a repetir hasta dormida. Es un termómetro que no marca nunca la temperatura justa, por mucho que subas el fuego, por mucho que te desvivas.
Y lo peor no es la voz en sí, sino que hemos aprendido a confundirla con la verdad sobre nosotras mismas. Como si fuera objetiva, como si tuviera un despacho oficial y un sello. Como si llevara razón por definición, solo por hablar tan fuerte y tan seguido, solo por haber sido la primera en llegar cada noche.
De dónde viene ese termómetro roto
Casi nunca nace de la nada. Suele venir de haber aprendido, en algún momento muy concreto que a lo mejor ni recuerdas con claridad, que el cariño no estaba ahí sin más, esperándote, sino que había que ganárselo. Con la nota buena. Con la habitación ordenada antes de que alguien la mirara. Con no dar problemas, con tragarte el enfado para no incomodar. Con caer bien, con ser la fácil, la que no pesaba. Nadie tiene por qué habérnoslo dicho con esas palabras exactas para que se nos quedara grabado así, tan hondo: el amor es un premio, y los premios hay que merecerlos cada día, sin descanso, sin vacaciones.
Si eso es lo que aprendiste, tiene todo el sentido que ahora, de adulta, sigas funcionando igual: sumando méritos, restando fallos, viviendo pendiente del saldo como quien mira la cuenta bancaria con miedo antes de fin de mes. No es que tengas un carácter difícil ni que estés mal hecha por dentro, aunque algunas noches lo pienses exactamente así. Es una manera de sobrevivir que un día tuvo su lógica, que te sirvió para algo, y que ahora solo te deja agotada, sosteniendo un examen que ya nadie te está poniendo.
No estoy curada de esto, todavía me pillo corrigiendo lo que ya estaba bien. Pero he aprendido a reconocer cuándo es esa voz la que habla, y no la que de verdad me quiere.
Una frase, escrita a mano, antes de dormir
No te voy a pedir que cambies de golpe la forma en que te hablas, porque eso no lo consigue nadie de un día para otro, y menos a base de fuerza de voluntad o de propósitos de lunes. Te voy a pedir algo más pequeño, casi ridículo de tan sencillo: coge un papel esta noche, antes de dormir, busca un boli que escriba bien y no el que se ha quedado sin tinta en el cajón, y escribe a mano una sola cosa que hiciste bien hoy. Una. Sin peros detrás. Sin añadir 'pero podría haber...'. Solo la frase, tal cual, cerrada, como una puerta que por fin encaja en el marco.
Puede que te cueste encontrarla. Puede que la primera reacción, casi automática, sea pensar que no hay nada digno de anotar, que el día ha sido gris y sin mérito. Ahí es exactamente donde está trabajando esa voz que mide: hace que hasta lo bueno se vea insuficiente, le quita brillo antes de que lo veas del todo. Escríbelo igual. Aunque sea pequeño. Aunque sea 'hoy le sonreí a mi hijo cuando estaba cansada' o 'terminé lo que había prometido, aunque llegué tarde' o simplemente 'hoy no me grité por dentro tanto como otros días'.
No es un ejercicio de autoayuda para sentirte mejor un rato, de esos que se olvidan a la mañana siguiente. Es empezar a entrenar el oído para otra voz, la que sí sabe ver lo que hiciste bien sin necesidad de que sea perfecto, la que no necesita el cajón ordenado para reconocerte el mérito.
No te falta disciplina
Quiero que te quedes con esto, porque es lo contrario de lo que sueles pensar en esas noches de repaso: no te falta esfuerzo, ni disciplina, ni ganas de hacerlo mejor. Ya haces de sobra, más de lo que tú misma te reconoces. Lo que falta es otra voz que te reciba al final del día sin pasar lista, sin sacar la calculadora. Una que no necesite el informe completo para decirte que ya vales, que ya eres suficiente, hoy, con lo que hiciste y con lo que no llegaste a hacer también, con el cajón todavía revuelto y el cuento que no llegó a contarse.
Esa voz existe. No siempre se oye a la primera, ni a la segunda, ni siquiera a la décima. Pero se va afinando el oído, un día cada vez, con pasos tan pequeños como el de esta noche: una frase, a mano, sin peros. Mañana veremos otro.
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