Cómo responder cuando alguien te felicita y por dentro piensas "si supiera cómo soy"
"Qué bien te ha quedado." "Eres un solete, de verdad." "No sé cómo lo haces todo." Te lo dicen en la cocina, en el pasillo del trabajo, por wasap con un emoji al final. Y tú sonríes, das las gracias con la voz un poco alta, y por dentro algo dice, casi en el mismo segundo: si supieran cómo soy en realidad.
El cumplido llega, toca la puerta, y se queda fuera, esperando en el felpudo. Como si tuviera que pasar un control de aduanas que nunca aprueba nada, por muy en regla que estén los papeles. A lo mejor hasta lo corriges en voz alta, sin que nadie te lo pida: "bueno, en realidad me quedó torcido por un lado", "qué va, cualquiera lo hace, no tiene mérito". Le quitas mérito antes de que se te pueda quedar dentro, no vaya a ser que lo recibas y luego resulte que no era verdad, que te lo tuvieran que retirar más tarde con una disculpa.
Por qué el cumplido no entra
No es humildad, aunque a veces se disfrace de eso delante de los demás, con esa modestia que hasta parece elegante. Es un filtro que llevas puesto desde hace tiempo, tan pegado a la piel que ya ni lo notas, y ese filtro solo deja pasar lo que confirma lo que ya crees: que no eres suficiente, que en cualquier momento se va a notar, que es cuestión de tiempo.
Así que cuando alguien te dice algo bueno, la voz de dentro busca la grieta enseguida, casi por reflejo. Y si no la encuentra en el cumplido, la busca en ti: "si supiera cómo soy cuando nadie mira", "si supiera lo que me cuesta hacer esto que a otros les sale sin esfuerzo, sin sudar la camisa como yo". Es agotador vivir vigilando la entrada de algo tan sencillo como que te digan que lo has hecho bien. Y no hace falta seguir así, aunque ahora mismo te parezca la única forma que conoces.
Un cumplido no es un juicio sobre si mereces existir
Se te ha enseñado, puede que sin que nadie lo dijera con esas palabras exactas, en ninguna conversación concreta que puedas señalar, que el cariño se gana. Que primero hay que demostrar, y después, si sale bien, quizá te llegue algo de aprobación, a modo de premio de consolación. Por eso un cumplido se siente como un examen aprobado por los pelos, con el corazón todavía acelerado, no como un regalo que te hacen sin más.
Pero un "qué bien te ha quedado" no es un veredicto sobre tu valor entero, con firma y sello: es solo eso, alguien viendo algo bueno en un momento concreto y nombrándolo en voz alta. No tienes que estar a la altura de la frase. Solo tienes que dejarla pasar, dejar que entre y se quede un rato.
Paso práctico uno: un simple "gracias"
La próxima vez que te digan algo bonito, prueba a no añadir nada más, por mucho que la lengua ya esté preparando la coletilla. Ni el "pero", ni el "bueno es que", ni la corrección en voz alta que le quita valor a lo que acabas de oír. Solo un "gracias". Corto, sin adornos, sin explicación de por qué en realidad no era para tanto.
Al principio te va a sonar raro, casi maleducado, como si te estuvieras quedando con algo que no es tuyo, como un ladrón nervioso. No te lo estás quedando: solo lo estás dejando existir un segundo más de lo habitual, un segundo entero, sin arrancárselo de las manos a la otra persona con tu propia corrección.
No tienes que merecer el cumplido para recibirlo. Solo tienes que no cerrarle la puerta.
Paso práctico dos: la lista de lo que sí
Por la noche, antes de acostarte, apunta en un cuaderno aparte -uno solo para esto, que no se mezcle con la lista de la compra ni con las notas del trabajo- la frase buena que te dijeron hoy. No la analices, no la matices, no le busques el "pero es que en realidad" que ya tienes tan entrenado. Solo escríbela tal cual llegó, con las mismas palabras que usó la otra persona.
Llámala la lista de lo que sí. Ábrela los días en que la voz de dentro esté especialmente ruidosa, esos días en que todo lo que ves de ti es lo que falta y el cajón parece más desordenado que nunca. Ahí vas a tener, en tu letra, la prueba de que alguien vio algo bueno y te lo dijo. Y tú lo recibiste, aunque fuera con las manos temblando un poco por dentro. No hace falta escribir mucho: una frase basta, algunos días solo tres palabras.
Cuando el peso de dentro es más que timidez
A veces este filtro que rechaza todo lo bueno viene acompañado de algo más pesado, algo que no se explica solo con timidez: una tristeza que no se mueve por mucho que pase el tiempo, una ansiedad que no baja aunque hagas todo lo que sabes hacer para calmarte. Si es tu caso, estos pasos pequeños ayudan, de verdad ayudan, pero no sustituyen mirarlo de cerca con ayuda profesional. Pedir esa ayuda no es un fallo más que apuntar en la lista de lo que falta: es, precisamente, un acto de cuidarte, quizás el más grande de todos.
Aprender a dejar entrar el cariño que no tienes que ganarte
No se trata de creerte de golpe todo lo bueno que te digan, como si un interruptor se encendiera y ya, y de repente todo cambiara. Se trata de practicar, un cumplido cada vez, que no todo lo que llega tiene que pasar por el control de aduanas que llevas montado dentro desde hace tanto.
Un día cada vez, un "gracias" cada vez, una línea en el cuaderno cada vez. Así, poco a poco, deja de sonar tan raro que alguien vea algo bueno en ti. Y con el tiempo, quizá, hasta empiezas a verlo tú también, antes de que haga falta que te lo digan, antes de que nadie llame a esa puerta.
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