Fe

Digo que sí a todo para que nadie piense que no doy la talla

Suena el teléfono un viernes a las seis de la tarde, justo cuando ya te habías quitado los zapatos y estabas pensando en el fin de semana. Es una petición de última hora, de esas que nadie más quiere coger, que llevan implícito un 'total, tú siempre puedes'. Y antes de que te dé tiempo a pensarlo, antes incluso de que termines de escuchar la frase entera, ya has dicho que sí. Lo notas después, cuando cuelgas y te quedas con el móvil todavía en la mano: ese nudo en el estómago, esa sensación de haber vuelto a hacerlo, de haberte vendido otra vez sin que nadie te lo pidiera con esas palabras.

Si esto te suena, no estás sola, ni mucho menos. Y no, no es que seas «demasiado buena» o que te falte carácter para poner límites, esa explicación que te repites para no mirar más hondo. Es algo más concreto y, en el fondo, más fácil de nombrar de lo que parece.

El sí que sale antes de pensarlo

Fíjate en el orden exacto de lo que pasa, con lupa, como si lo repitieras a cámara lenta. Entre que escuchan la petición y que tú alcanzas a pensar algo, el sí ya salió: se adelanta antes de que hayas podido opinar, antes de mirar tu agenda, antes de preguntarte si de verdad puedes, como si otra persona hubiera contestado por ti desde dentro de tu propia boca.

Eso no es generosidad. La generosidad elige, se toma su tiempo, sopesa. Esto es un reflejo, y los reflejos no nacen de la nada: se entrenan durante años, a base de repetir la misma escena -la petición, el sí, el nudo después- hasta que el cuerpo aprende a saltarse el paso de pensar por completo.

Lo que esconde el sí automático

Debajo de ese sí que sale solo hay un miedo muy concreto, aunque casi nunca lo pongamos en palabras ni siquiera para nosotras mismas: el miedo a que un no descubra algo sobre ti. Que si dices que no, la otra persona vea, por fin, que no das la talla, que no eres tan capaz, tan disponible, tan buena como pensaban hasta ese viernes a las seis.

Por eso el sí no es realmente una respuesta a la petición. Es una respuesta a ese miedo. Dices que sí a la tarea de última hora, al favor, al «¿puedes tú, que a ti se te da bien?» que te lanzan sabiendo que casi nunca dices no, no porque quieras, sino porque un no se siente como una prueba: la prueba de que, en el fondo, no eres suficiente.

Y aquí conviene pararse un momento, porque esto no empezó ayer ni el viernes pasado. Si de pequeña aprendiste que el cariño se ganaba -sacando buenas notas, ayudando sin que lo pidieran, poniendo la mesa antes de que te lo dijeran, no dando problemas-, tiene todo el sentido que de adulta sigas viviendo como si cada no pudiera costarte el cariño de alguien. No es que seas incapaz de poner límites por naturaleza: es una lección aprendida demasiado bien, con demasiados años de práctica detrás.

Por qué decir que sí a todo no te hace más querida

Aquí está lo que casi nadie te dice, y que a lo mejor necesitas oír justo hoy: decir que sí a todo no te acerca más a los demás. Te vacía, poco a poco, como un grifo que gotea sin que nadie lo note hasta que un día no queda nada. Y una persona vacía tiene cada vez menos que dar, aunque siga sonriendo y siga cogiendo el teléfono el viernes a las seis, aunque nadie de fuera note todavía la diferencia.

Además, pasa algo curioso: el sí automático no construye la relación que buscas. Construye una relación donde tú siempre estás disponible y la otra persona nunca tiene que preguntarse si te está pidiendo demasiado, porque tú ya te has encargado de que nunca lo parezca. No te quieren más por decir que sí a todo; simplemente dejan de notar que también tienes un límite, porque tú misma se lo escondiste, viernes tras viernes.

Y lo más triste: cuanto más te alejas de decidir de verdad, más lejos te quedas de ti misma. Ya no sabes muy bien qué querrías responder, porque hace tiempo que dejaste de preguntártelo, porque la pregunta ni siquiera llega a formarse antes de que salga el sí.

La frase puente que te compra tiempo antes del sí

No hace falta empezar diciendo que no a todo, eso sería solo cambiar un extremo por otro, y probablemente te duraría poco. El paso de hoy es mucho más pequeño y mucho más realista: aprender una frase puente, tenerla lista como quien guarda una llave de repuesto.

Esto que lees es una idea de «Suficiente a sus ojos» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.
  • «Déjame que lo piense y te digo.»
  • «Ahora mismo no te puedo contestar, te escribo luego.»
  • «Necesito mirar mi agenda antes de decirte que sí.»

No es una excusa ni una mentira: es un espacio, minúsculo pero real, entre la petición y tu respuesta. Ese espacio es exactamente donde antes no había nada, donde el sí salía solo antes de que pudieras meter ni una palabra. La próxima vez que notes el nudo en el estómago después de haber dicho que sí sin pensar, prueba a parar ahí, aunque sean diez segundos, con el teléfono todavía caliente en la mano, y usar una de esas frases. Nada más. Solo eso.

Con el tiempo, ese espacio pequeño es el que te deja escuchar qué quieres responder de verdad, en lugar de responder solo por miedo, viernes tras viernes, hasta que un día el sí que digas sea de verdad tuyo.

Un no no borra lo que vales

Esto es lo que de verdad importa, aunque cueste creerlo al principio, aunque suene a frase de calendario: un no no te hace menos capaz, menos buena persona ni menos querida. Un no es solo un límite, y un límite no descuenta nada de lo que ya vales, por mucho que la voz de dentro insista en lo contrario.

Lo que te sostiene no es la lista de veces que dijiste que sí. Nunca lo fue, aunque durante años hayas vivido como si lo fuera. Se trata de aprender, un día cada vez, a distinguir entre cuidar a los demás y desaparecer para que nadie note que también tienes un límite. Eso no se cambia en una tarde, pero sí se empieza, y hoy es tan buen día como cualquier otro para la frase puente y para ese espacio pequeño donde, por fin, decides tú.

Si esto te ha tocado, sigue por aquí

Reviso el mensaje cinco veces antes de enviarlo: por qué me pasa esto

Leer ahora →

o quizá: Cómo responder cuando alguien te felicita y por dentro piensas "si supiera cómo soy" · ¿Es normal sentirme agotada de no llegar nunca, aunque haga todo bien?

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la perfeccionista que mide su valor por lo que hace, y está agotada de no llegar nunca.

Llévate la guía gratis de 1 página

Déjame tu email y te la envío ahora mismo. «Un salmo, una respiración, una línea»

Te enviaré la guía y, de vez en cuando, algo que pueda ayudarte. Sin spam; date de baja cuando quieras.

19 €Garantía de 30 días — te devuelvo el importe, sin preguntas
Ver el cuaderno