Vuelvo a la cocina. Toco el mando del gas con dos dedos. Frío, apagado, como hace un minuto. Como hace cinco. Lo sé. Y aun así lo compruebo otra vez.
Es la tercera. Cuento las veces ahora, no sé por qué. Antes no contaba. Antes era una mujer que salía de casa y ya está. Ahora salgo, bajo dos pisos, me paro en el rellano. ¿Lo apagué? Subo. Lo apagué. Bajo otra vez.
No es el gas. El gas me da igual, en el fondo. Es que si no toco algo, si no compruebo algo, el pecho se me cierra y el corazón se me pone a correr como si me persiguieran. Y una parte de mí, muy seria, muy convencida, piensa: esta es. Esta vez sí te mueres. O peor. Esta vez te vuelves loca del todo y no vuelves.
Nadie lo sabe. Mi marido me ve rara y no dice nada. Yo tampoco. ¿Cómo lo dices? «Compruebo el gas tres veces porque creo que me estoy volviendo loca.» No. Eso no se dice en voz alta. Eso te lo tragas y sales a la calle con la cara puesta.
«Compruebo el gas tres veces porque creo que me estoy volviendo loca.» Eso no se dice en voz alta.
Llevo una lista. En el bolso, doblada en cuatro, metida en el bolsillo de la cremallera. La empecé para el médico, para no olvidarme de nada. Hormigueo en las manos. El corazón. La sensación de que el aire no entra. La cabeza como algodón. Los mareos en el súper. Voy apuntando síntomas nuevos con boli, cuando aparecen.
La saco más de lo que debería. En el coche parada en un semáforo. En la sala de espera. La desdoblo, la leo, la vuelvo a doblar. El papel ya está blando de tanto abrirlo, gastado por los pliegues, casi transparente en las esquinas. Como si leerla fuera a explicarme algo. Como si dentro estuviera el nombre de lo que tengo, y solo hubiera que encontrarlo. Otra vez.
Y entonces llegaron los análisis. Los buenos, los completos, los que pedí yo casi suplicando porque estaba segura, segurísima, de que algo se me estaba rompiendo por dentro y nadie lo veía. El médico miró el papel. Miró por encima de las gafas. «Está usted perfecta. Corazón, tiroides, hierro, todo bien. No tiene usted nada.»
Debería haber sido un alivio. No lo fue. Salí de la consulta con las piernas flojas y una cosa fría en el estómago, porque lo entendí de golpe. Si el cuerpo está bien, si todo sale normal, entonces no hay nada que arreglar. No hay pastilla. No hay diagnóstico donde agarrarse. No hay un papel que diga «es esto, tómese esto y se cura». Lo que falla no está en la sangre.
Si todo sale normal, no hay nada que arreglar. No hay un papel donde agarrarse.
Y eso, esa mañana, me dio más miedo que cualquier síntoma de la lista. Porque si no era el corazón, si no era la tiroides, entonces era yo. Mi cabeza. Y contra eso no te dan un análisis. Me senté en el coche del parking un buen rato. Saqué la lista. La miré. Todos esos síntomas, uno debajo de otro, con mi letra temblona. Y por primera vez pensé: ¿y si esto tiene otro nombre, uno que no sale en un análisis de sangre?
No fue una luz. No me curé esa tarde. Pero empecé a tirar de ese hilo. A leer, a preguntar, a entender qué le pasa de verdad al cuerpo cuando se dispara así sin que le persiga nadie. Y resultó que sí tenía nombre. Que le pasa a muchísima gente que también lo calla. Que no era el fin del mundo, sino un cuerpo agotado de estar en guardia, pidiéndome a gritos que lo escuchara.
Ponerle nombre no lo apagó de golpe. Pero le bajó el volumen. Empecé a calmar el cuerpo cuando arrancaba, en vez de pelearme con él. A mirar los pensamientos que me asustaban sin salir corriendo. A comprobar el gas una vez, solo una, y aguantar las ganas de la segunda. Con recaídas, muchas. Temblé otra vez en una boda, meses después. Pero ya sabía qué era, y sabía que yo seguía ahí cuando pasaba.
Lo fui escribiendo a mano, un renglón cada día, un paso pequeño. Sacar el miedo de la cabeza y ponerlo en el papel le quitaba fuerza. Aquella lista de síntomas se fue convirtiendo, poco a poco, en otra cosa. En un mapa de vuelta.
Así que dime una cosa, tú que has llegado hasta aquí leyendo. ¿Cuántas veces has comprobado hoy algo que ya sabías que estaba bien? ¿Y a quién se lo has contado?



