UN RETO DE 30 DÍAS

De pronto el corazón se te dispara sin motivo, te falta el aire, y una parte de ti piensa que te estás muriendo o que vas a perder la cabeza delante de todos. Luego pasa, y te quedas agotada, avergonzada, esperando la próxima vez. Y a nadie se lo cuentas, porque, ¿cómo se explica esto sin que te miren raro?

Para la que vive en alerta, se asusta de sus propias sensaciones y ha llegado a creer, de verdad, que se está volviendo loca.

Ahora mismo estoy tocando el mando del gas por tercera vez. Déjame contarte por qué.

Vuelvo a la cocina. Toco el mando del gas con dos dedos. Frío, apagado, como hace un minuto. Como hace cinco. Lo sé. Y aun así lo compruebo otra vez.

Es la tercera. Cuento las veces ahora, no sé por qué. Antes no contaba. Antes era una mujer que salía de casa y ya está. Ahora salgo, bajo dos pisos, me paro en el rellano. ¿Lo apagué? Subo. Lo apagué. Bajo otra vez.

No es el gas. El gas me da igual, en el fondo. Es que si no toco algo, si no compruebo algo, el pecho se me cierra y el corazón se me pone a correr como si me persiguieran. Y una parte de mí, muy seria, muy convencida, piensa: esta es. Esta vez sí te mueres. O peor. Esta vez te vuelves loca del todo y no vuelves.

Nadie lo sabe. Mi marido me ve rara y no dice nada. Yo tampoco. ¿Cómo lo dices? «Compruebo el gas tres veces porque creo que me estoy volviendo loca.» No. Eso no se dice en voz alta. Eso te lo tragas y sales a la calle con la cara puesta.

«Compruebo el gas tres veces porque creo que me estoy volviendo loca.» Eso no se dice en voz alta.

Llevo una lista. En el bolso, doblada en cuatro, metida en el bolsillo de la cremallera. La empecé para el médico, para no olvidarme de nada. Hormigueo en las manos. El corazón. La sensación de que el aire no entra. La cabeza como algodón. Los mareos en el súper. Voy apuntando síntomas nuevos con boli, cuando aparecen.

La saco más de lo que debería. En el coche parada en un semáforo. En la sala de espera. La desdoblo, la leo, la vuelvo a doblar. El papel ya está blando de tanto abrirlo, gastado por los pliegues, casi transparente en las esquinas. Como si leerla fuera a explicarme algo. Como si dentro estuviera el nombre de lo que tengo, y solo hubiera que encontrarlo. Otra vez.

Y entonces llegaron los análisis. Los buenos, los completos, los que pedí yo casi suplicando porque estaba segura, segurísima, de que algo se me estaba rompiendo por dentro y nadie lo veía. El médico miró el papel. Miró por encima de las gafas. «Está usted perfecta. Corazón, tiroides, hierro, todo bien. No tiene usted nada.»

Debería haber sido un alivio. No lo fue. Salí de la consulta con las piernas flojas y una cosa fría en el estómago, porque lo entendí de golpe. Si el cuerpo está bien, si todo sale normal, entonces no hay nada que arreglar. No hay pastilla. No hay diagnóstico donde agarrarse. No hay un papel que diga «es esto, tómese esto y se cura». Lo que falla no está en la sangre.

Si todo sale normal, no hay nada que arreglar. No hay un papel donde agarrarse.

Y eso, esa mañana, me dio más miedo que cualquier síntoma de la lista. Porque si no era el corazón, si no era la tiroides, entonces era yo. Mi cabeza. Y contra eso no te dan un análisis. Me senté en el coche del parking un buen rato. Saqué la lista. La miré. Todos esos síntomas, uno debajo de otro, con mi letra temblona. Y por primera vez pensé: ¿y si esto tiene otro nombre, uno que no sale en un análisis de sangre?

No fue una luz. No me curé esa tarde. Pero empecé a tirar de ese hilo. A leer, a preguntar, a entender qué le pasa de verdad al cuerpo cuando se dispara así sin que le persiga nadie. Y resultó que sí tenía nombre. Que le pasa a muchísima gente que también lo calla. Que no era el fin del mundo, sino un cuerpo agotado de estar en guardia, pidiéndome a gritos que lo escuchara.

Ponerle nombre no lo apagó de golpe. Pero le bajó el volumen. Empecé a calmar el cuerpo cuando arrancaba, en vez de pelearme con él. A mirar los pensamientos que me asustaban sin salir corriendo. A comprobar el gas una vez, solo una, y aguantar las ganas de la segunda. Con recaídas, muchas. Temblé otra vez en una boda, meses después. Pero ya sabía qué era, y sabía que yo seguía ahí cuando pasaba.

Lo fui escribiendo a mano, un renglón cada día, un paso pequeño. Sacar el miedo de la cabeza y ponerlo en el papel le quitaba fuerza. Aquella lista de síntomas se fue convirtiendo, poco a poco, en otra cosa. En un mapa de vuelta.

Así que dime una cosa, tú que has llegado hasta aquí leyendo. ¿Cuántas veces has comprobado hoy algo que ya sabías que estaba bien? ¿Y a quién se lo has contado?

¿Te suena?

El corazón se te acelera y piensas: me está pasando algo grave.
Vives en guardia, esperando el próximo susto que no avisa.
Te asusta tu propia cabeza: y si me vuelvo loca de verdad.
Sonríes por fuera mientras por dentro todo tiembla.
17 €Creía que me volvía loca
EL CUADERNO

De aquella lista de síntomas nació esto

Cogí lo que me sacó del pozo cuando ningún análisis me daba un nombre, y lo ordené en 30 días. Uno cada día: entender qué le pasa a tu cuerpo cuando se dispara, calmarlo sin pelearte con él, perderle el miedo a los pensamientos que te asustan. No es una consulta. Es la mano que a mí no me dio nadie la mañana que salí del hospital sabiendo que estaba «perfecta» y muerta de miedo.

  • 30 días, uno cada vez, sin agobios.
  • Un paso realista al día y sitio para escribir a mano.
  • Escrito por alguien que lo ha vivido, no un manual frío.

17 euros. Menos que la consulta privada a la que fuiste para que te dijeran, otra vez, que no tienes nada.

✓ Garantía de 30 días — te devuelvo el importe, sin preguntas

Pago seguroDescarga inmediataCuaderno para rellenarGarantía de 30 días

Lo que te llevas

Todo lo que incluye tu cuaderno de 30 días

30 días, uno cada vez

Treinta entradas cortas. Cada día trae una lectura breve que te explica sin sermones qué te está pasando, un paso pequeño para hoy y un hueco en blanco para escribir a mano lo que salga. Diez minutos, no un libro que se te haga cuesta arriba cuando ya vas raspando el fondo.

Un pacto contigo para firmar

En la primera página hay un compromiso para que lo firmes con tu nombre. No conmigo: contigo. Un renglón que dice que vas a intentarlo treinta días aunque haya recaídas, porque las va a haber.

El Día 27, para las malas noches

Una página pensada para cuando el susto vuelva de golpe y creas que has perdido todo lo avanzado. Qué hacer paso a paso, ahí mismo, sin salir corriendo. La que a mí me habría hecho falta tener a mano.

Tu propio cuaderno, a mano

Está hecho para escribirse a boli, no para leerse y ya. El hueco en blanco de cada día es tuyo: ahí sacas el miedo de la cabeza y lo pones en el papel, que es donde pierde volumen.

PDF para imprimir o llevar en el móvil

Te llega en PDF. Lo imprimes y lo tienes en la mesilla, o lo abres en el móvil a las cuatro de la madrugada, que es cuando más falta hace.

Así es un día dentro del cuaderno

DÍA 7 · UN DÍA CUALQUIERA
  • Una lectura corta, de dos minutos, que no te sermonea.
  • Un solo paso para hoy. Pequeño a propósito: cabe en tu peor día.
  • Espacio para escribirlo a tu mano. Lo tuyo, con tus palabras.

Cómo funcionan los 30 días

Semana 1

Ponerle nombre: qué es de verdad y por qué no estás loca

Semana 2

Calmar el cuerpo cuando el corazón se dispara

Semana 3

Perderle el miedo a los pensamientos que te asustan

Semana 4

Dejar de comprobar y volver a fiarte de ti, un renglón cada día

Quién lo escribe

R

Por Rosa Mena

Rosa Mena tuvo su primer ataque a los treinta y ocho, esperando turno en la carnicería del barrio, y estuvo dos años sin poder pisar una gran superficie. Aún guarda aquella lista de síntomas doblada en el cajón de la mesilla, blanda de tanto abrirla.

Nuestro trato contigo

  1. No te diremos que en 30 días estarás curada. No funciona así, y lo sabes.
  2. No hay testimonios inventados, ni cuentas atrás falsas, ni «solo quedan 3».
  3. Si abres el cuaderno y no te habla, te devuelvo el importe. Sin preguntas, durante 30 días.
Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Preguntas frecuentes

¿Esto es terapia?
No. Es el relato honesto de alguien que pasó por lo mismo y encontró la salida, con un paso pequeño cada día. Acompaña, pero no sustituye a un profesional. Si lo tuyo es fuerte, pide ayuda: esto puede caminar a tu lado mientras tanto.
¿Me vais a decir que respire hondo y ya?
No. Nada de frases vacías ni de positividad de escaparate. Vas a entender qué le pasa a tu cuerpo cuando se dispara, a perderle el miedo poco a poco y a fiarte otra vez de ti. Sin prisa y sin sermones.
¿Y si no tengo tiempo ni cabeza para un libro largo?
Por eso es un día cada vez. Diez minutos: una lectura corta, un paso pequeño de hoy y un hueco para escribir a mano. Nada de deberes imposibles cuando ya vas raspando el fondo.
¿De verdad no estoy loca?
No lo estás. Lo que sientes es real, tiene una explicación y le pasa a muchísima gente que también lo calla. Ponerle nombre es el principio de dejar de temerlo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

No estás rota. Estás agotada de tener miedo. Y esto tiene nombre, y tiene salida.

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