Bienestar

Cómo calmar el cuerpo cuando la ansiedad se dispara (paso a paso)

Voy a empezar diciéndote lo que no voy a hacer en este artículo: no te voy a decir que respires hondo y se te pase. Si algo he aprendido, con la voz todavía temblando algunas veces al escribirlo, es que esa frase, dicha así, sin nada más detrás, es casi un insulto para quien está en medio de un pico de ansiedad, con el pecho apretado y las manos frías. Cuando el cuerpo se dispara de verdad, un 'respira hondo' suelto no llega a ningún sitio, se queda flotando en el aire como un consejo de manual que nunca ha vivido esto por dentro. Lo que necesitas no es una frase bonita para colgar en la nevera, son pasos concretos, pequeños, hechos para el momento exacto en que todo se acelera y no encuentras ni el suelo.

Qué le pasa al cuerpo cuando se dispara

En el pico de la ansiedad tu cuerpo se comporta como si hubiera un peligro real delante, aunque estés en el sofá de tu casa con la tele encendida y las zapatillas puestas. El corazón bombea más fuerte para llevar sangre a los músculos, la respiración se acelera para meter más oxígeno, las manos empiezan a sudar o a quedarse frías, y todo tu sistema se pone en modo huida, aunque no haya de qué huir ni adónde correr dentro de tu propio salón. Es una reacción antigua, pensada para un peligro que se puede correr o pelear, no para una discusión con tu jefe por WhatsApp o una cola larga en el súper que se alarga más de la cuenta.

Aquí está la trampa en la que casi todas caemos, yo la primera durante años: pelear contra la sensación. Intentar pararla a la fuerza, decirte 'ya basta, para, ya vale', enfadarte con tu propio cuerpo como si fuera un enemigo que te ha traicionado. Eso, en vez de calmarlo, lo confirma en su alarma: si estás peleando tan fuerte contra algo, es que el peligro debe ser real, razona el cuerpo a su manera. Y el pico se alarga en vez de bajar, se estira minutos que se sienten como horas. No es que hagas algo mal al pelear, es que pelear contra el miedo casi siempre lo alimenta, como echar más leña a un fuego que querías apagar.

Tres pasos para el momento exacto en que se dispara

Cuando lo notes venir, o cuando ya esté encima y el corazón vaya a mil, prueba esto. No hace falta hacerlo perfecto, ni en orden estricto, ni la primera vez que lo intentes, ni siquiera la quinta.

  • Nombra lo que está pasando, en voz baja si puedes o solo en tu cabeza: 'esto es mi cuerpo en alarma, no me estoy muriendo, ya lo conozco'. No para convencerte del todo, solo para no pelear a ciegas.
  • Ancla el cuerpo en algo concreto y físico: los pies bien apoyados en el suelo, las manos sobre tus propias piernas, algo frío entre los dedos si lo tienes cerca, como el canto de la mesa o un vaso de agua. No para distraerte, para recordarle al cuerpo dónde está de verdad, en qué habitación, en qué momento.
  • Espera sin huir del sitio si puedes permitírtelo. No te obligo a quedarte una hora ni a demostrar nada a nadie, ni siquiera a ti misma. Solo dale al cuerpo el tiempo que necesita para bajar, que siempre baja, aunque en ese momento parezca que no va a hacerlo nunca, que se va a quedar así para siempre.

Fíjate en que ninguno de estos tres pasos te pide que dejes de sentir miedo, ni que finjas que no está pasando. Te piden que dejes de pelear contra él mientras está aquí, sentado contigo en el sofá o de pie a tu lado en la cola. Es una diferencia pequeña en las palabras y enorme en lo que se siente por dentro, la diferencia entre ahogarte forcejeando y dejarte flotar hasta que la ola pasa.

No se trata de parar el miedo a la fuerza. Se trata de dejar de pelear con él el tiempo justo para que baje solo, que siempre baja.

Qué hacer justo después, cuando llega el bajón

Casi nadie avisa de esta parte, y es tan dura como el propio pico: cuando la ansiedad baja, no te sientes bien de golpe, ni aliviada del todo. Te sientes agotada, como si hubieras corrido una carrera que nadie vio ni aplaudió, con las piernas flojas y la cabeza espesa. Y por encima del cansancio, casi siempre llega la vergüenza, sobre todo si esto pasó delante de otras personas: en el trabajo, en una cola del banco, en una reunión familiar con el pavo todavía en el horno.

Ese rato de después necesita cuidado, no autocrítica ni repaso de daños. Es buen momento para beber algo, un vaso de agua o una infusión templada, sentarte un minuto en algún sitio tranquilo si lo tienes cerca, y sobre todo para no empezar a repasar mentalmente todo lo que 'hiciste mal' o lo que 'debiste hacer distinto' delante de fulanita. Tu cuerpo acaba de gastar mucha energía protegiéndote de un peligro que no era real, como si hubiera librado una batalla entera en quince minutos, y eso también cansa, aunque no se vea por fuera ni quede ni una marca.

Esto que lees es una idea de «Creía que me volvía loca» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

Si puedes, este es un buen momento para el hueco de escribir a mano del que hablo tanto en este blog. No para analizar lo que pasó con lupa, buscando culpables o causas exactas, solo para soltar en el papel cómo ha sido, con las palabras que salgan, y dejarlo ahí en vez de seguir dándole vueltas mientras haces la cena o intentas dormir mirando el techo.

Esto se entrena, no se resuelve de una vez

Quiero ser sincera contigo en algo: la primera vez que uses estos pasos, es posible que no sientas gran alivio, que te quedes pensando 'esto no funciona'. A mí me pasó, exactamente eso, con la misma decepción. Y no significa que no funcionen, significa que el cuerpo necesita repetición para aprender que este camino nuevo es seguro, igual que necesitó tiempo, meses quizá, para aprender que el peligro estaba en todas partes.

Habrá días en que lo hagas todo bien y aun así el pico dure más de lo que esperabas, más de lo que te gustaría. Habrá recaídas, semanas en las que parecía que ya lo tenías dominado y de repente vuelve con fuerza, sin avisar, como si todo el trabajo se hubiera esfumado de golpe. No es que hayas fallado ni que hayas vuelto al punto de partida. Es parte de cómo funciona esto: un día cada vez, con tropiezos incluidos, no una técnica que se aprende una vez y ya está resuelta para siempre, como montar en bici sin ruedines.

Si hoy has llegado hasta aquí en medio de un pico, o justo después de uno, con las manos todavía algo temblorosas sobre el teclado del móvil, quédate con esto: lo que sientes tiene explicación, estos pasos no son magia pero sí son un lugar donde poner las manos la próxima vez, y no estás haciendo nada mal por necesitar repetirlo muchas veces antes de que empiece a costar menos.

Si esto te ha tocado, sigue por aquí

Se me acelera el corazón de repente y sin motivo: por qué pasa

Leer ahora →

o quizá: ¿Es normal sentir que me voy a morir sin tener nada malo? · Por qué 30 días, un paso cada vez, funciona mejor que "superar la ansiedad ya"

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

No estás rota. Estás agotada de tener miedo. Y esto tiene nombre, y tiene salida.

Llévate la guía gratis de 1 página

Déjame tu email y te la envío ahora mismo. «El check-in de 10 minutos para volver a ti»

Te enviaré la guía y, de vez en cuando, algo que pueda ayudarte. Sin spam; date de baja cuando quieras.

17 €Garantía de 30 días — te devuelvo el importe, sin preguntas
Ver el cuaderno