Bienestar

Creo que me voy a morir, pero el médico dice que estoy bien

Sales de urgencias con el papel doblado en la mano, todavía caliente de la impresora. Ahí pone, en letras claras, que estás bien. Electro normal. Análisis normales. Todo en orden. Y sin embargo, cinco minutos antes, sentada en esa silla de plástico duro de la sala de espera, con la bata puesta y el bolso encima de las rodillas, tenías la certeza absoluta de que te ibas a morir. No un miedo vago, no una preocupación de fondo que se pueda razonar: una certeza, tan real como la silla en la que estabas sentada, tan real como el frío del suelo bajo los pies descalzos. Y ahora, ya en la calle, con el papel en la mano y el aire de la noche en la cara, esa certeza no se ha ido a ningún sitio. Solo se le ha sumado una pregunta nueva y todavía más incómoda.

Si no es el corazón, si no es nada de lo que sale en los análisis, ¿qué es entonces? Esa pregunta puede asustar incluso más que el propio episodio, porque ya no tienes a quién culpar del susto salvo a ti misma. Porque si el cuerpo dice que está bien, empiezas a sospechar de tu propia cabeza. Y ahí es donde aparece el miedo más difícil de nombrar, el que te acompaña de vuelta a casa en el taxi o en el coche de quien haya venido a buscarte: el miedo a que el problema seas tú, a que estés perdiendo el control de algo que no sabes ni cómo se llama.

La contradicción tiene explicación

Quiero decirte algo con calma, porque sé que en ese momento nada suena tranquilizador, ni siquiera un médico amable con bata blanca explicándote que todo está bien: el cuerpo puede activar exactamente las mismas señales que un peligro real —el corazón a mil, la falta de aire, el mareo, el hormigueo en las manos, el nudo en la garganta— sin que haya ningún peligro real delante. No te lo estás inventando, ni estás exagerando, ni estás siendo dramática delante del médico de guardia que ya ha visto veinte casos como el tuyo esta semana: el sistema de alarma del cuerpo simplemente no distingue bien, en ese momento, entre una amenaza que existe de verdad y una que no. Suena la sirena igual de fuerte en los dos casos, con el mismo volumen exacto.

Por eso el médico puede decir, con toda razón y mirando la pantalla del monitor, que tu corazón está sano, y tú puedes seguir sintiendo, con la misma razón desde dentro, que te ibas a morir hace un momento. Las dos cosas son ciertas a la vez. Una cosa no borra la otra, aunque parezcan chocar de frente ahí mismo, en el pasillo de urgencias. El papel del médico dice que el cuerpo no corría peligro. Lo que tú sentiste dice que la alarma se disparó con toda su fuerza, sin avisar. Ninguna de las dos cosas es mentira.

Sentirlo como real no significa que exageres

Esto es importante, así que lo repito de otra manera: sentir con absoluta certeza que te mueres no es lo mismo que estar exagerando ni que estar dramatizando delante de las enfermeras. La sensación es real, el cuerpo la vive como real, aunque no haya un peligro real al otro lado de esa certeza. Nadie que no lo haya sentido puede entender del todo lo convincente que resulta esa certeza mientras está pasando, mientras estás ahí, agarrada al brazo del sillón, contando los segundos. No hace falta que te expliques ni que te disculpes por haber tenido tanto miedo de algo que 'no era nada', ni que le pidas perdón a nadie por haber llamado a una ambulancia o haber despertado a tu pareja a las tres de la mañana. En el momento, era todo.

Un paso de hoy: guardar el papel

Hay algo pequeño que puedes hacer con ese informe del médico, más allá de meterlo en un cajón y olvidarlo entre facturas y recibos. Guárdalo en un sitio donde lo puedas encontrar rápido: la mesita de noche, el bolso de diario, una foto en el móvil si lo prefieres. Y la próxima vez que llegue esa certeza de que algo grave te pasa, en vez de dudar del papel, sácalo y léelo despacio, línea por línea. No para convencerte de golpe de que estás bien —sabes que en ese momento el miedo no atiende a razones tan fácilmente, por mucho papel que le pongas delante—, sino como un ancla que ya existe, algo concreto a lo que agarrarte mientras pasa la ola.

Esto que lees es una idea de «Creía que me volvía loca» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

Ese papel no es la prueba de que 'no tienes nada'. Es la prueba de que tu corazón está sano y de que lo que sientes tiene otro nombre, uno que no es una enfermedad del corazón ni una locura, sino un cuerpo que se dispara de más, una y otra vez, hasta que aprenda otra cosa.

No estás loca. Esto tiene explicación, y tiene salida, un día cada vez.

Si la certeza de morir te acompaña casi todos los días, o si notas que estás dejando de hacer cosas por miedo a que vuelva a pasar —dejar de conducir, dejar de quedar, dejar de quedarte sola en casa—, no lo lleves tú sola: hablarlo con un profesional es un paso más, no una señal de que has fallado en nada.

Yo también salí de una sala de espera con un papel que decía que estaba bien y una sensación por dentro que decía justo lo contrario, con las piernas todavía temblando en el aparcamiento. Tardé en entender que las dos cosas podían ser ciertas a la vez, que no hacía falta elegir entre creer al papel o creer a mi cuerpo. Cuando lo entendí, no dejé de sentir miedo de golpe, ni el corazón dejó de dispararse alguna que otra vez, pero al menos dejé de sentirme loca por sentirlo.

Si esto te ha tocado, sigue por aquí

¿Es normal sentir que me voy a morir sin tener nada malo?

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

No estás rota. Estás agotada de tener miedo. Y esto tiene nombre, y tiene salida.

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