UN RETO DE 30 DÍAS

¿El ruido te agota? ¿Absorbes el humor de todos como una esponja y llegas a casa vaciada sin haber hecho «nada»? ¿Te has pasado la vida oyendo que eres «demasiado sensible», «demasiado intensa», «piel fina»… y te lo has creído?

Para la que lo siente todo con el volumen muy alto y lleva años oyendo que es «una exagerada».

Llevo tapones de oídos en todos los bolsos. Deja que te cuente por qué.

Llevo un par de tapones de espuma en cada bolso que tengo. En el del gimnasio, en el de los recados, en el bueno de las bodas. Naranjas, un poco sucios del roce con las llaves, blanditos si los aprietas entre los dedos antes de meterlos. Los toco sin mirar, como quien comprueba que lleva las llaves, y solo entonces respiro. Ese día, en la cocina de mi cuñada, con catorce personas hablando encima de la tele encendida y el extractor a tope y un niño arrastrando una silla por las baldosas, metí la mano en el bolso, palpé la gomaespuma tibia… y me di cuenta de que llevaba media vida buscando ese gesto a escondidas.

Deja que te cuente cómo llegué a coleccionar tapones.

De pequeña me llamaban «la del drama». Lloraba con los anuncios, notaba cuándo mi madre había discutido antes de que abriera la boca, me quitaba las etiquetas de las camisetas porque me raspaban la nuca como papel de lija fina. «Es que eres muy tuya», «no seas tan intensa», «los demás no se ahogan en un vaso de agua». Y una lo va guardando. Aprendes a sonreír en las cenas ruidosas mientras por dentro cada voz te llega como si te tiraran arroz a la cara, grano a grano.

De adulta le puse la palabra que me habían enseñado: exagerada. Iba a los cumpleaños de los niños de mis sobrinas y volvía a casa como si me hubieran vaciado por dentro, con la piel zumbando, la lengua pastosa, ese cansancio raro de no haber hecho nada. Nada, según los demás. Absorbía el mal humor de la compañera de la mesa de al lado, el olor del ambientador de coche que ponen en los taxis, la luz del súper que parpadea justo por encima de las cajas. Todo entraba y nada tenía filtro.

El sitio donde acababa era el cuarto de la colada. A oscuras, con la puerta entornada, sentada en el suelo entre la ropa sucia que olía a nosotros, con la espalda contra la lavadora quieta. El único rincón de la casa donde no había ni una voz, ni una pantalla, ni una luz. Me quedaba ahí el rato justo hasta que el zumbido de detrás de los ojos aflojaba. Y luego salía y hacía la cena, y si alguien preguntaba decía que buscaba una toalla.

«Es que eres muy tuya. Los demás no se ahogan en un vaso de agua.»

El vuelco no vino de una terapia ni de una revelación bonita. Vino de un enfado. Leí un artículo, de esos que te reenvía una prima con buena intención, que ordenaba en una lista con viñetas todo lo que yo era y lo llamaba «trastorno». Trastorno del procesamiento. Y me hirvió algo por dentro, porque aquello que un señor con bata metía en una casilla clínica yo lo vivía como se vive la piel: no como una avería, sino como la forma que tengo de estar en el mundo. Fina, sí. Que se entera de todo, también. Pero mía.

Ahí se me giró la cabeza. Si no era una avería, no había nada que arreglar. Había, como mucho, algo que aprender a manejar. Empecé por lo tonto: tapones buenos, no los de la farmacia que aplastan el sonido y te dejan oyendo tus propios latidos. Gafas de sol dentro del súper si hacía falta, me diera igual el ridículo. Salir de las comidas quince minutos antes de tener ganas de gritar, no quince después. Avisar en casa: «me voy a la habitación un rato, no es por vosotros». Cosas de andar por casa, ninguna de manual.

No te voy a vender que ahora las cenas ruidosas me resbalan. Sigo llegando vaciada de algunos sitios, sigo teniendo mi cuarto de la colada, aunque ya no me escondo a usarlo. Lo que cambió no es el volumen del mundo, que sigue igual de alto. Cambió que dejé de pedirle perdón al mundo por venir con el oído tan abierto. Y eso, que parece poco, lo cambia casi todo.

El domingo pasado, en otra cocina llena, con el mismo extractor y el mismo niño y la misma tele, metí la mano en el bolso. Palpé la gomaespuma tibia. Me puse los tapones ahí de pie, delante de todos, sin agacharme detrás de una excusa. Mi cuñada me miró. «¿Mucho ruido?», dijo. «Mucho», dije yo. Y me quedé en la cocina, con ellos, oyéndolo todo a un volumen que por fin era el mío.

¿Te suena?

Llegas a una reunión tranquila y sales con el humor de otro pegado a la piel, sin saber cuándo se te contagió.
Alguien te dice «relájate un poco» y tú ya llevas media vida intentando relajarte por dentro.
Un ruido, una luz, una discusión de fondo, y de repente estás agotada sin haber hecho nada.
Te han llamado «exagerada» tantas veces que ya ni te sorprende: te lo dices tú también, antes que nadie.
17 €Cuando todo me afecta demasiado
EL CUADERNO

Los filtros que fui montando, ordenados en 30 días

Todo lo que aprendí a escondidas —los tapones buenos, salir quince minutos antes, avisar en casa sin pedir perdón— lo puse por escrito, un día cada vez, para que otra no tenga que descubrirlo sola en el suelo de su cuarto de la colada.

  • 30 días, uno cada vez, sin agobios.
  • Un paso realista al día y sitio para escribir a mano.
  • Escrito por alguien que lo ha vivido, no un manual frío.

17 € es menos de lo que cuesta una comida familiar de esas de las que sales vaciada; esto te lo llevas para siempre.

✓ Garantía de 30 días — te devuelvo el importe, sin preguntas

Pago seguroDescarga inmediataCuaderno para rellenarGarantía de 30 días

Lo que te llevas

Todo lo que incluye tu cuaderno de 30 días

30 días, uno cada vez

Cada día trae una lectura corta y honesta, un «paso de hoy» (una micro-acción realista, no una hazaña) y unas preguntas con hueco para escribir a mano. Diez o quince minutos, los que tengas.

Tu mapa de filtros

Una página que vas completando a lo largo del cuaderno: qué te satura, qué te recarga y qué portero le pones a cada cosa. Para volver a mirarla el día que se te olvide.

El Día 27, la red de seguridad

Distingue con claridad el rasgo de la alta sensibilidad de una ansiedad o una tristeza que ya piden ayuda, y te dice adónde acudir. Sin dramatizar y sin quitarle hierro.

Sitio para escribir a tu ritmo

No es un libro para leer de un tirón ni un test de personalidad. Es un cuaderno para rellenar tú, a mano, sin público. Lo tuyo se queda en tus páginas.

En PDF, para leer donde estés

Lo descargas al comprarlo y lo abres en el móvil, la tablet o el ordenador; o lo imprimes y escribes encima. Es tuyo para siempre, sin suscripciones ni más pagos.

Así es un día dentro del cuaderno

DÍA 7 · UN DÍA CUALQUIERA
  • Una lectura corta, de dos minutos, que no te sermonea.
  • Un solo paso para hoy. Pequeño a propósito: cabe en tu peor día.
  • Espacio para escribirlo a tu mano. Lo tuyo, con tus palabras.

Cómo funcionan los 30 días

Semana 1

Cómo te llega el mundo: la esponja, el cansancio raro, «no estoy averiada»

Semana 2

Filtros de andar por casa: porteros concretos para lo que entra, nada de «respira hondo»

Semana 3

Recuperarte de la sobrecarga: tu rincón, oír los avisos del cuerpo, elegir menos pero de verdad

Semana 4

Vivir en un mundo ruidoso siendo tú, sin disculparte por sentir y sin blindarte

Quién lo escribe

I

Por Inés Vega

Inés Vega afina pianos de segunda mano en un taller de Gijón; se gana la vida con un oído que de niña le decían que era un defecto. Escribió este cuaderno con lo que fue aprendiendo por su cuenta.

Nuestro trato contigo

  1. No te diremos que en 30 días estarás curada. No funciona así, y lo sabes.
  2. No hay testimonios inventados, ni cuentas atrás falsas, ni «solo quedan 3».
  3. Si abres el cuaderno y no te habla, te devuelvo el importe. Sin preguntas, durante 30 días.
Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Preguntas frecuentes

¿Esto es terapia?
No. Es un cuaderno de acompañamiento, veinte minutos al día contigo misma. Si el Día 27 te señala algo más hondo (ansiedad, tristeza que no se va), te dice adónde acudir. Aquí no se sustituye a un profesional, se te prepara para llegar a uno si hace falta, o para vivir mejor si no.
¿Y si empiezo y lo dejo a la semana, como con todo?
Está pensado para eso mismo. Cada día son diez o quince minutos, uno detrás de otro, sin necesitar el anterior perfecto. Si te saltas un día, retomas al siguiente y sigue funcionando.
¿Voy a dejar de ser tan sensible?
No, y no es el objetivo. La sensibilidad no se quita, se acompaña. Vas a aprender a poner filtros de verdad —nada de «respira hondo»— para que sentirlo todo no te cueste la vida entera.
¿Sirve si mi sensibilidad viene más de ansiedad que de ser «piel fina»?
El Día 27 está justo para eso: distinguir el rasgo de una ansiedad o una tristeza que necesitan ayuda profesional, y decirte dónde pedirla. El cuaderno no diagnostica, pero no te deja sin brújula.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la que lo siente todo con el volumen muy alto y lleva años oyendo que es «una exagerada».

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Este material es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional.

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