«Lo has leído diez veces ya, ¿qué buscas?» Me lo preguntó mi hermana por encima del hombro, en su cocina, mientras yo tenía el móvil en la mano con un mensaje abierto —tres palabras, «quedamos el jueves», sin más— y no supe qué contestarle, porque la verdad (que el tono, que a lo mejor el jueves lo decía con desgana, que quién pone un mensaje sin un emoji si no está un poco molesto) era una respuesta demasiado larga para decirla en voz alta sin que sonara a locura.
Buscaba el tono. Eso buscaba. Un tono que no cabe en la letra, que no estaba, que nunca iba a estar, porque las palabras escritas no traen el tono dentro y yo lo sabía y aun así seguía abriendo la conversación, leyéndola, cerrándola, volviéndola a abrir dos minutos después por si en la relectura aparecía algo que se me había pasado.
Aquel «quedamos el jueves» lo abrí y lo cerré catorce veces. Las conté sin querer, porque el móvil te va marcando la última hora de conexión de la otra persona y yo miraba también eso (si se había conectado, si me había leído y no respondía, qué significaba ese silencio, si era un silencio o solo era una tarde ocupada, pero ocupada ¿en qué?), y en una de esas relecturas el puntito verde de «en línea» se apagó y sentí un vuelco absurdo, como si se hubiera ido sin despedirse de una conversación que ni siquiera estábamos teniendo.
«Lo has leído diez veces ya, ¿qué buscas?»
Por fuera nadie lo notaba. En el trabajo era la sensata, la que no monta líos, la que da el consejo templado; por dentro llevaba desde las nueve de la mañana una reunión que no había convocado nadie, una en la que yo era todos los asistentes —la que acusaba, la que se defendía, la que pedía la palabra para matizar lo que había dicho la anterior, que también era yo— y esa reunión no levantaba la sesión ni para comer.
Lo intenté todo, cada cosa a mi modo torcido. Me mandé no pensar (que es como mandarte no oír el ruido de la nevera: cuanto más lo intentas, más lo oyes). Puse la tele para tapar la cabeza y la cabeza veía la serie por encima y por debajo seguía centrifugando, tranquila, a su ritmo, sin necesitarme. Pregunté. Ay, lo que pregunté: a mi madre, a la del trabajo, a una prima, «¿tú qué crees que quiso decir?», y cada opinión ajena, en vez de cerrarme la duda, me la abría por un lado nuevo que no se me había ocurrido.
Fue la misma prima, semanas después, la que me paró en seco. Yo estaba otra vez con lo del jueves —o con la versión de agosto de lo del jueves, que da igual el mes, el bucle es el mismo con distinto disfraz— y ella dejó la taza en la mesa, despacio, y me dijo: «Es la cuarta vez que me cuentas exactamente esto. Palabra por palabra. Yo te quiero, pero no puedo ser tu segunda cabeza.» No lo dijo con maldad. Lo dijo cansada, que es peor, porque el cansancio de una persona que te quiere no se discute.
No me curó su frase, ojalá. Me hizo algo más pequeño y más útil: me dejó viéndome desde fuera un segundo, viéndome contar por cuarta vez lo mismo esperando un resultado distinto, y en ese segundo entendí que mi cabeza no me estaba protegiendo de nada. Solo giraba. Un motor en punto muerto, quemando gasolina, sin mover el coche ni un metro.
Empecé por lo tonto, porque para lo grande no tenía cuerpo. Le puse nombre al bucle —«ya está aquí el molino»— solo para verlo llegar antes de subirme. Le di una cita: media hora, con una libreta, y lo que quisiera rumiar que esperase a su turno (y casi siempre, para su turno, ya se le habían quitado las ganas). Aprendí una pregunta que corta por la mitad casi cualquier vuelta: «esto que estoy dando por hecho, ¿lo sé o me lo estoy inventando?» Y decidí el dichoso color de pintura tirando una moneda, porque descubrí que decidir sin tenerlo todo atado no es imprudencia; es, sencillamente, cómo se decide casi todo lo que importa.
Sigo teniendo cabeza, gracias a Dios. Todavía hay días que releo, que reconstruyo, que me subo al molino sin darme cuenta hasta que llevo tres vueltas. La diferencia no es que se pare. Es que ahora sé bajarme antes, y sé —esto es lo nuevo— que se puede bajar, que aquel «vale con punto» de otra amiga que me arruinó un fin de semana entero no era mi carácter ni una condena: era un bucle. Y de los bucles, aunque parezca mentira cuando estás dentro, se aprende a bajar.



