Me siento rara, como si nada fuera real: qué es esa sensación de irrealidad
Estás fregando un plato que llevas fregando toda la vida y de pronto no te lo crees. La cocina sigue ahí, el grifo suena, tienes las manos mojadas, pero algo se ha corrido un milímetro y todo parece de mentira. Te miras la mano y piensas: «¿esta mano es mía?». Tu hija te llama desde el salón y su voz llega como filtrada por un cristal, como si viniera de otra habitación de otra casa. Sueltas el plato despacio, te agarras al borde de la encimera y por dentro te dices lo único que sabes decirte en plena madrugada: «ya está, esta vez sí que me estoy volviendo loca».
Quiero que respires antes de seguir leyendo. Lo que acabas de describir sin palabras tiene nombre, tiene explicación y les ocurre a muchísimas personas que después hacen su vida entera con normalidad. No te lo digo para consolarte deprisa. Te lo digo porque es verdad y porque, con la noche cerrada, nadie te lo ha explicado todavía.
Verlo todo como a través de un cristal empañado tiene dos nombres feos y una explicación amable
Cuando el mundo de fuera se vuelve raro, lejano, como pintado o como visto en una pantalla, eso se llama desrealización. Cuando la que se vuelve rara eres tú —te miras las manos y no las reconoces, te oyes hablar y parece que habla otra, te sientes flotando fuera de tu propio cuerpo— eso se llama despersonalización. Casi siempre vienen juntas y casi siempre aparecen cuando la ansiedad lleva un rato alta, aunque tú no notes la ansiedad por ninguna parte.
Los nombres asustan, lo sé. Suenan a diagnóstico grave, a algo que has leído en internet a la una de la mañana junto a otras palabras que no querías leer. Pero fíjate en lo que hacen de verdad estas dos cosas: son la manera que tiene tu cerebro de bajar el volumen del mundo cuando cree que hay demasiado peligro. Funcionan como un mecanismo de protección, y no como una avería. Como cuando te dan una noticia muy dura y dices «no me lo puedo creer, es como si no fuera real»: tu cabeza pone una distancia para que el golpe no entre entero de golpe. La ansiedad hace exactamente eso, solo que sin noticia y en el momento más inoportuno.
Por qué justo cuando estás a salvo tu cabeza te desconecta
Aquí está la trampa que más te confunde. La sensación de irrealidad no suele venir en mitad de una discusión ni cuando de verdad pasa algo. Viene fregando, en el sofá, esperando en la cola del super, tumbada en la cama a punto de dormirte. En los ratos tranquilos. Y eso te desconcierta todavía más, porque piensas: «si no estoy nerviosa, ¿por qué me siento así?, esto tiene que ser otra cosa, esto tiene que ser de la cabeza».
Lo que pasa es que tu cuerpo lleva semanas o meses en alerta, con el motor revolucionado aunque tú ya ni lo notes. Cuando por fin bajas el ritmo, el sistema nervioso, que se ha acostumbrado a la tensión, se descoloca con la calma y saca este síntoma raro. Es como el zumbido que sigues oyendo en los oídos cuando se apaga por fin la música muy alta. El silencio no es el problema; el problema era el volumen de antes.
No te desconectas porque estés perdiendo la cabeza. Te desconectas porque tu cabeza lleva demasiado tiempo intentando sujetarlo todo.
La pregunta que de verdad te tortura: «¿y si esto no vuelve nunca a la normalidad?»
Seamos honestas, porque mereces que lo sea. Lo que más miedo da de la sensación de irrealidad no es la sensación en sí, sino la interpretación que le pones encima. Es ese pensamiento pegajoso de «si sigo notándome así, es que me estoy yendo, es que voy a perder el contacto con la realidad y ya no voy a volver». Y cuanto más te vigilas para comprobar si sigues rara, más rara te notas, porque estar pendiente de tus propias sensaciones las agranda. Te conviertes en tu propia lupa.
Fíjate en un detalle que lo cambia todo: el hecho de que puedas preguntarte con angustia «¿me estoy volviendo loca?» es justamente la prueba de que no. Quien de verdad pierde el juicio no se lo cuestiona, no sufre por conservar la cordura, no busca de madrugada la manera de volver a sentirse normal. Tú sí. Tú estás aquí, leyendo, con miedo, queriendo entenderte. Esa lucha tuya por seguir siendo tú es la señal más clara de que sigues entera.
Cosas que te pasan con la desrealización y que casi nadie te cuenta
Te dejo aquí algunas cosas concretas que suelen acompañar a esta sensación, para que las reconozcas y dejen de darte tanto susto por sorpresa:
- Aparece y se va sola, aunque tú no hagas nada especial. Puede durar unos segundos o un rato largo, pero no se queda para siempre, por mucho que ahora mismo parezca que sí.
- Empeora si te miras por dentro sin parar y afloja cuando enganchas la atención en algo de fuera: el agua fría en las manos, un olor fuerte, tocar una tela con textura, nombrar en voz baja cinco cosas que veas.
- Suele ir peor con el cansancio, las noches sin dormir, la cafeína y quedarte encerrada dándole vueltas. No porque seas débil, sino porque el cuerpo agotado tira más de este recurso.
- No te vuelve rara delante de los demás. Puedes estar sintiéndolo con toda su fuerza y la persona de al lado no nota absolutamente nada. Por fuera estás normal, aunque por dentro sea una tormenta.
- No significa que haya una enfermedad grave escondida que el médico no te ha encontrado. Que las pruebas salgan bien no es que se les escape nada: es que están mirando en el sitio correcto.
Qué puedes hacer con las manos cuando el mundo se vuelve de mentira
No voy a pedirte que te relajes, porque a estas alturas esa palabra ya te suena a burla. Lo que mejor funciona con la irrealidad no es calmarse por dentro, es volver al cuerpo por fuera. La sensación te saca de tu cuerpo, así que el camino de vuelta es meterte otra vez en él por la puerta de los sentidos.
Métete un cubito de hielo en la mano y aguántalo hasta que el frío te moleste. Pisa fuerte el suelo con los dos pies y siente que te sostiene. Bebe agua muy fría a sorbos y nota cómo baja. Huele algo intenso: café, una cáscara de naranja, un poco de menta. No es magia y tampoco la borra en un instante, pero le da a tu cabeza un anclaje real al que agarrarse, y esa cuerda vale mucho cuando ya casi amanece. La idea no es pelear con la sensación para echarla; se trata de dejar de vigilarla y darle a tu atención otro sitio donde posarse.
No tienes que convencerte de que el mundo es real. Solo tienes que tocarlo hasta que tus manos se acuerden.
Esta noche solo necesitas una cosa
Si esta madrugada no puedes hacer nada más, hazte solo un favor: no te creas el titular que tu miedo intenta ponerte encima. La frase «me estoy volviendo loca» no equivale a un diagnóstico; es un síntoma más de la ansiedad, tan síntoma como las taquicardias o el nudo en el estómago. Es la ansiedad hablando con tu voz para asustarte, y no hace falta que le contestes.
La sensación de irrealidad es de las que más se calman cuando entiendes de dónde viene y dejas de vigilarla como si fuera a arrastrarte. Cuesta creerlo la primera vez que la sientes, pero la gente que ha pasado por esto vuelve a fregar sus platos, a oír bien a sus hijos, a sentirse otra vez ella dentro de su propia piel. No de golpe ni por arte de magia, sino poco a poco, un día menos rara que el anterior. Tú también estás en ese camino, aunque esta noche te parezca imposible. Descansa lo que puedas. Mañana seguimos, un paso cada vez.
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