Me jubilé y echo de menos a mis compañeros de trabajo: por qué el móvil se quedó callado
«Esto no se pierde, ¿eh? Que tú y yo seguimos igual, faltaría más.»
Me lo dijo Marisa con la mano en mi brazo, el último día, en la comida de despedida, cuando ya iban por el segundo café y alguien hacía fotos al otro lado de la mesa. Y yo la creí. Claro que la creí. Marisa y yo habíamos compartido treinta años de mañanas, de cafés de máquina y de cumpleaños celebrados con una tarta comprada a medias. ¿Cómo no la iba a creer? Se me hizo un nudo de los buenos, asentí sin poder decir mucho, y me fui a casa pensando que, pasara lo que pasara con el resto, al menos a la gente me la llevaba puesta.
Han pasado casi seis meses. El chat del trabajo, ese que antes no paraba de sonar y que a veces hasta silenciaba para poder comer tranquila, sigue en mi móvil, en el mismo sitio de siempre. Pero yo ya casi no aparezco. Escribí un par de veces al principio: un buenos días, una foto de la playa en septiembre, un «¿cómo va todo por ahí?». Me contestaron con cariño, con un par de caritas y un «se te echa de menos, guapa», y luego la conversación siguió sin mí, hablando de cosas de dentro que yo ya no tenía manera de entender. El «ya quedamos para un café» lo dijeron varios. No llegó ninguno.
El grupo sigue sonando; yo ya no estoy dentro
Lo miro más de lo que me gustaría reconocer. Abro el grupo y ahí están los últimos mensajes, casi todos suyos, sobre una reunión y un jefe nuevo que yo no conozco. De vez en cuando pongo un «jajaja» o un pulgar hacia arriba para seguir estando, para que no parezca que me he ido del todo. Y en cuanto lo mando me arrepiento un poco, porque sé que ese pulgar es lo único que puedo aportar ya: no estuve en la reunión, no conozco al jefe nuevo, no me toca pelear ninguna vacación de agosto. Me he quedado del otro lado del cristal, mirando una vida que hasta hace nada era la mía y en la que ahora soy, como mucho, una invitada que escribe de tanto en tanto.
Cuando lo cuento, la gente que me quiere lo arregla en una frase. Mi hermana: «pero si tú te querías jubilar, Ángela». Mi marido, sin levantar la vista del periódico: «pues los llamas tú y punto, no esperes a que te llamen». Y los dos tienen razón sobre el papel, y los dos se quedan a un palmo de lo que me pasa. Porque no echo de menos el trabajo. Echo de menos que alguien me diera los buenos días sabiendo mi nombre, el comentario por lo bajo en mitad de una reunión aburrida, que se dieran cuenta si un día venía con otra cara. Echo de menos ser de dentro.
Un duelo que nadie te deja llamar duelo
Tardé en entender por qué me costaba tanto hasta nombrarlo. Y es que esto tiene nombre, aunque no lo diga casi nadie: es un duelo desautorizado, el que ocurre cuando pierdes algo de verdad pero nadie a tu alrededor lo cuenta como una pérdida, porque no ha habido entierro ni flores ni una silla vacía que los demás puedan ver. Como no se ha muerto nadie, nadie te da permiso para estar de luto. Así que lo llevas doble: la pérdida por un lado y, por otro, la vergüenza de estar triste por algo que se supone que no da derecho a tristeza. «Con lo a gusto que se está sin madrugar», me dicen. Y me callo, porque explicarlo parece de desagradecida.
Pero perdí una tribu entera. No a una persona: a un pueblo pequeño de cuarenta que me veía cada día, que sabía si estaba resfriada, que me guardaba el sitio bueno en la sala. Un mundo que se levantaba conmigo a la misma hora y que, sin darme yo cuenta, me sostenía mucho más de lo que jamás le pedí. Eso no se sustituye apuntándose a un cursillo de cerámica.
Reviso el grupo de madrugada como si fuera a cambiar
Hay noches en las que, en vez de dormir, vuelvo a abrir el grupo y releo lo mismo que ya he leído de día. Busco si dije algo raro, si el último «se te echa de menos» sonaba de verdad o de compromiso, si tendría que haber contestado antes, o menos, o de otra manera. Escribo un mensaje largo explicándome, lo leo entero, y lo borro antes de mandarlo. Eso también tiene nombre: rumiación, la cabeza dándole vueltas a una incertidumbre que no depende de mí —si les importo o no— como si de tanto mirarla fuera a resolverse. No se resuelve. Solo me deja más despierta y con la sensación de estar mendigando un hueco en un sitio que ya no es mío.
La mayoría de aquello lo sostenía la oficina, no nosotras
Me costó tragar una cosa, y la digo por si a ti te ronda y no te atreves a pensarla: buena parte de aquellas amistades las sostenía el edificio. El café diario y el estar los dos ahí a primera hora con el mismo problema delante. Quita el sitio y muchas se deshinchan, no porque tú valieras poco, sino porque eran de contexto, de esas que viven dentro de unas paredes y no fuera. Duele reconocerlo. Pero dentro de esas cuarenta hay dos o tres que no eran de la oficina: eran mías, habrían pasado igual en cualquier otro sitio. El error está en tratar a esas dos igual que al grupo entero, en pedirle al montón de cuarenta un cariño que solo me van a dar las dos.
Así que dejé de mirar el grupo esperando que me rescatara. En vez de mandar otro «buenos días» a la masa, cogí a Marisa por separado —no al grupo, a ella— y en lugar de esperar a su «ya quedamos» le puse una fecha: «¿un café el jueves, tú y yo, sin más gente?». Es más incómodo que quejarse del silencio, lo sé. Pedir de una en una, con nombre y con día, expone bastante más que lamentarse de que nadie llama. Y al grupo grande lo fui soltando, no de un portazo, solo dejando de exigirle lo que nunca me iba a dar, que es también otra manera de despedirme de él.
Ahora bien, si el silencio de después de jubilarte se te ha ido convirtiendo en no salir, en no coger el teléfono para nadie, en semanas sin ganas de nada y sin poder dormir, entonces ya no es solo que eches de menos a tus compañeros: eso merece que se lo cuentes a tu médico o a un profesional, y no que lo aguantes tú sola a base de madrugadas. Echar de menos a la gente es sano y se afloja despacio; hundirse del todo es otra cosa, y esa no hay que atravesarla en soledad.
Marisa me contestó a los diez minutos: «uy, sí, el jueves, qué ganas». No sé si ese café arreglará gran cosa, ni si seguiremos viéndonos dentro de un año. Pero esta vez no lo dejé colgando de un «ya quedaremos» dicho entre platos. Dejé el móvil boca abajo sobre la mesa, sin volver a abrir el grupo, y me fui a hacer la compra pensando, por primera vez en meses, en un jueves concreto y no en todo lo que ya no vuelve.
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