El reloj sigue en su caja. Es bonito, de esos con la esfera azul y la correa que huele a piel nueva, y viene con una tarjeta firmada por cuarenta personas que ya no me llaman. Lo saqué el primer día, lo miré, y lo volví a guardar. No sabía qué hora marcar en un reloj cuando ya no tienes ningún sitio al que llegar puntual.
Durante treinta y un años dirigí un departamento. No lo digo para presumir; lo digo porque era, literalmente, lo que yo era. Coordinaba a doce personas, resolvía lo que se atascaba, firmaba lo que había que firmar. Cuando alguien preguntaba a qué me dedicaba, contestaba en dos segundos y con la barbilla alta. Tenía un despacho con mi nombre en la puerta y un cajón que solo abría yo.
La comida de despedida fue emotiva. Hubo discursos, un ramo enorme, aplausos. «Ahora a disfrutar, Elvira», me decían, y yo asentía como si supiera de qué hablaban. Volví a casa con el ramo en el regazo del taxi, y me acuerdo de pensar que las flores, en una semana, estarían muertas.
El lunes me desperté a las siete menos cuarto, como toda la vida. Y ahí empezó lo raro. No es que hubiera un golpe, un llanto, una escena. Es que no había nada. Preparé café. Me lo bebí frío porque me quedé mirando por la ventana sin acordarme de que lo tenía en la mano. A las doce seguía en bata. Mi marido pasó por el salón, me dio un beso en la cabeza y siguió a lo suyo, y yo pensé, con una claridad que dolía: en esta casa nadie me necesita a las doce de la mañana.
Me pasé la vida siendo la que resolvía. Y de pronto no había nada que resolver, ni nadie que me lo pidiera.
Los primeros meses hice lo que se supone que hay que hacer. Ordené armarios que ya estaban ordenados. Me apunté a un cursillo de pintura y lo dejé a la tercera clase. Cocinaba platos elaborados para dos personas que comían en veinte minutos. Llamaba a mi hija más de la cuenta, hasta que noté en su voz esa prisa educada, y aprendí a espaciar las llamadas.
Lo que más me costó reconocer fue la envidia. Envidia de la gente con prisa. Veía a las madres corriendo a por los niños, a los hombres con el maletín metiéndose en el metro, y sentía algo agrio, porque ellos tenían adónde ir y a mí me sobraba el día entero como una tela que no sabes dónde colgar.
Seguía diciendo «el equipo» en presente. «Se lo comentaré al equipo». «Eso el equipo lo lleva enseguida». Y luego me acordaba de que ya no había equipo, de que el equipo ahora lo llevaba otra, más joven, en mi antiguo despacho, y de que probablemente lo llevaba muy bien sin mí. Esa parte fue la que peor tragué: que el mundo siguió, y siguió sin que se notara mi ausencia.
No voy a contarte que una mañana me levanté iluminada. No fue así. Fue mucho más tonto. Una vecina del cuarto me paró en el portal quejándose de que nadie se aclaraba con los recibos de la comunidad, un lío de números que llevaba meses sin cuadrar. Y yo, por pura costumbre, por aburrimiento, por meter las manos en algo, le dije que me diera los papeles, que yo les echaba un ojo.
Me pasé la tarde con una hoja de cálculo y una calculadora, y cuando le devolví las cuentas cuadradas al céntimo, ella me miró como me miraban antes en el trabajo. «Elvira, es que tú de esto sabes un montón.» Y algo dentro de mí, que llevaba meses apagado, hizo un ruidito. No era el trabajo. No era mi despacho. Pero era servir para algo, y resultó que eso no me lo quitaron con el ramo.
Ahora llevo las cuentas de la comunidad y de otras dos del barrio. No es mi antiguo cargo, ni de lejos, y hay días en que echo de menos aquello con un pinchazo limpio. Pero he entendido una cosa: yo no era el puesto. El puesto era una manera de poner fuera lo que llevaba dentro. Y lo de dentro no se jubila.
Este cuaderno lo escribí a mano, en los días de bata a mediodía, para ir apuntando cómo salía de ellos. No es una fórmula, porque no la tengo. Es lo que fui aprendiendo, un día detrás de otro, cuando descubrí que el hueco no había que llenarlo a la fuerza: había que aprender a caminarlo.
Y si estás echando la cuenta como la echaba yo, con miedo, hazla del otro lado. Una jubilación media dura veinte años o más. Son casi siete mil días. No es un final que hay que aguantar. Es más tiempo del que yo tuve para criar a mi hija. Yo llevo dos años de esos siete mil. Y ahora, por fin, sé qué hacer con un martes.



