Bienestar

Me jubilé y ya no sé quién soy: por qué te pasa esto

Son las nueve y media de la mañana y no tienes que estar en ningún sitio. Te plantas delante del espejo del baño, todavía con el pijama puesto, el cepillo de dientes a medio camino, y te quedas mirando a esa mujer sin saber muy bien qué estás buscando en su cara. No es vanidad ni curiosidad lo que te tiene ahí parada, cepillo en mano, agua corriendo de fondo: es que llevas un rato preguntándote quién es exactamente la que te devuelve la mirada. Y si alguna vez lo has soltado en voz baja, para ti misma, sin que nadie te oyera, un "yo ya no soy nada" que se te escapó doblando ropa o esperando a que hierva el agua, quiero que sepas algo antes de seguir leyendo: no estás exagerando. No es un bajón tonto de un martes cualquiera.

A mí me pasó delante del armario. Un martes por la mañana, con la puerta abierta de par en par, buscando algo que ponerme para ningún sitio en concreto. Recuerdo perfectamente el gesto: la mano recorriendo las perchas de izquierda a derecha, deteniéndose en una camisa, descartándola, deteniéndose en otra. Tenía la ropa de siempre, colgada exactamente donde la había dejado meses atrás. Tenía las manos de siempre, las mismas manos que llevaban treinta años abrochando botones antes de salir por la puerta a una hora fija. Y sin embargo sentía que me faltaba algo tan básico como el nombre propio. No buscaba una prenda, buscaba saber para quién me estaba vistiendo, para qué ocasión, con qué versión de mí misma.

No es el horario lo que se fue

Cuando alguien se jubila, casi todo el mundo a su alrededor da por hecho que lo que pierde es un horario. Que ahora tiene más tiempo, más margen, más domingo todos los días de la semana. Y sí, eso es verdad, nadie lo va a negar. Pero es la parte pequeña de la verdad, la que se ve desde fuera y por eso es la que todos comentan primero, como si perder un horario fuera lo único que hay que llorar.

Lo que realmente se va es la identidad entera que construiste alrededor de ese trabajo, ladrillo a ladrillo, durante décadas: el nombre de tu profesión que decías sin pensar cuando te preguntaban a qué te dedicabas, el lugar exacto donde eras necesaria un lunes a las nueve, el ritmo que te decía a qué hora levantarte y para qué merecía la pena hacerlo. Ese trabajo no solo ocupó tus horas. Contestó, sin que se lo pidieras nunca de forma explícita, a la pregunta más difícil de todas: quién eras tú.

Por eso cuando desaparece no se siente como unas vacaciones largas y merecidas. Se siente como un vacío con forma de persona. Tu forma exacta, con tus contornos, ocupando el sitio donde antes estabas tú entera.

"Yo ya no soy nada."

Esa frase no es una exageración ni un ataque de autocompasión, por mucho que te suene a las dos cosas cuando te la oyes decir. Es una descripción bastante exacta de lo que ocurre cuando el rol que te sostuvo durante treinta o cuarenta años se apaga de un día para otro, sin transición real, sin ceremonia de verdad más allá de una comida de despedida y un regalo que ya guardaste en un cajón y que ahora ni siquiera miras.

"Quedarse sin vida" no es lo mismo que "quedarse sin horario"

Mi hermana me dijo una frase que no se me ha olvidado, y creo que no se me va a olvidar nunca. Yo le contaba, quejándome a medias, un poco avergonzada incluso de quejarme, que no sabía qué hacer con las tardes. Que se me hacían largas de una manera que no tenía sentido. Y ella, sin dramatismo, mientras me servía café, me contestó: "¿Y si no es que te hayas quedado sin horario, Ángela, sino que te has quedado sin vida, la que tenías, y todavía no hay otra puesta?".

Me sentó como un jarro de agua fría, la típica frase que te deja un rato en silencio removiendo la cuchara sin necesidad. Pero tenía razón, y de las que duelen. Confundí durante meses el problema. Pensaba que si organizaba bien las mañanas, si me apuntaba a un par de cosas, si llenaba la agenda hasta los márgenes, se me pasaría solo, como quien cura un resfriado con paciencia. Y lo que en realidad tenía delante, sin nombrarlo, era un duelo.

Nadie te avisa de que jubilarse es perder algo, aunque no se haya muerto nadie ni haya funeral ni nadie te traiga flores. Se pierde una identidad entera, con su rutina, su gente, su sentido de ser útil cada mañana al levantarte. Y los duelos no se resuelven llenando la agenda de cosas que suenan bien sobre el papel. Se atraviesan, despacio, a su ritmo, no al que a ti te gustaría.

El primer paso de hoy

No te voy a pedir que hoy decidas quién eres ahora. Sería pedirte demasiado, y demasiado pronto, como pedirle a alguien que corra antes de que le suelten la escayola. Te voy a pedir algo mucho más pequeño y, curiosamente, más útil: coge una hoja de papel, a mano, no en el móvil, y escribe qué hacías cuando "eras alguien" en el trabajo.

No hace falta que sea grandioso. No es para un currículum ni para impresionar a nadie que lo vaya a leer. Escribe lo concreto: qué resolvías cada día sin darle importancia, a quién ayudabas aunque fuera de forma discreta y sin que nadie te lo agradeciera en voz alta, qué se te daba bien sin que nadie te lo tuviera que decir, qué momento del día te hacía sentir que estabas exactamente donde tenías que estar. No lo juzgues mientras lo escribes. No taches nada por parecerte pequeño, ni tampoco por parecerte demasiado. Solo nómbralo, tal cual viene.

Esto que lees es una idea de «Me jubilé y dejé de saber quién soy» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.
  • Qué tarea hacías que se te daba bien de forma natural
  • A quién ayudabas, aunque fuera de forma discreta
  • Qué momento del día te hacía sentir útil
  • Qué echas de menos exactamente, no en general

Este ejercicio no busca que añores el pasado ni que te convenzas de que todo tiempo pasado fue mejor, porque tampoco es verdad y tú lo sabes. Busca algo más sencillo y más de fondo: darle nombre a lo que se fue, para que deje de ser una sombra sin forma que te sigue por la casa y empiece a ser algo que puedes por fin mirar de frente, con luz.

Nombrarlo es el primer paso

No puedes construir nada nuevo sobre un vacío que ni siquiera te has permitido mirar de cerca. Antes de preguntarte qué te ilusiona ahora, antes de imaginar siquiera un segundo acto con nombre y apellidos, hace falta pasar por aquí: reconocer que lo que sientes tiene nombre, que es un duelo de verdad, y que un duelo no se resuelve fingiendo que no existe delante de los demás ni tampoco se resuelve de un lunes para otro por mucha voluntad que le pongas.

Si la tristeza de estos días se alarga mucho más de lo que esperas, o te desborda de una forma que ya no puedes manejar tú sola, no lo conviertas en una prueba de carácter que hay que aprobar en silencio. Pide ayuda a un profesional. No es un fallo, es cuidarte como te mereces.

Por ahora, con la hoja y el bolígrafo delante y nadie mirándote, basta con esto: mirar de frente a quien fuiste, sin prisa por decidir todavía quién eres. Eso, aunque no lo parezca desde donde estás sentada ahora mismo, ya es empezar.

Si esto te ha tocado, sigue por aquí

Me da vergüenza decir que la jubilación me tiene triste

Leer ahora →

o quizá: ¿Es normal sentir que ya no sirvo para nada al jubilarme? · Me levanto sin rumbo desde que me jubilé y el día se me hace eterno

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

No es el final. Es el capítulo que eliges tú.

Llévate la guía gratis de 1 página

Déjame tu email y te la envío ahora mismo. «El check-in de 10 minutos para volver a ti»

Te enviaré la guía y, de vez en cuando, algo que pueda ayudarte. Sin spam; date de baja cuando quieras.

17 €Garantía de 30 días — te devuelvo el importe, sin preguntas
Ver el cuaderno