Bienestar

¿Por qué me siento tan perdido tras jubilarme si "lo tengo todo"?

Casa pagada. Hijos criados y bien encaminados. Salud razonable para la edad. Una pensión que llega puntual el día uno de cada mes. Y aun así te despiertas con un peso en el pecho que no sabes dónde colocar, que no encaja en ningún cajón de los que tienes ya organizados. Si estás buscando esto es porque a ti también te ha pasado exactamente esto: te preguntas qué te falta, repasas mentalmente la lista de lo que tienes, cuentas con los dedos si hace falta, y la lista no cuadra ni de lejos con lo que sientes por dentro cada mañana.

Voy a responderte de entrada, sin rodeos ni suavizantes: no te pasa nada raro. No es ingratitud hacia lo que tienes, no es un carácter difícil de contentar, no es que seas de las que nunca están conformes con nada. Te sientes perdida porque perdiste algo real y tangible, aunque nadie a tu alrededor lo llame pérdida delante de ti, ni te compre una tarta por ello.

Lo material y lo que de verdad falta

La confusión viene de ahí exactamente: medimos la jubilación con la regla equivocada, la que usamos para medir casi todo lo demás en la vida adulta. Miramos si falta dinero, si falta salud, si falta compañía en casa, y como no falta nada de eso, concluimos, casi con alivio forzado, que el malestar no tiene derecho a existir. Pero lo que se fue no es una cosa que se pueda tachar de una lista de la compra igual que se tacha la leche o el pan. Es una identidad entera: la persona que eras de ocho a tres, o de nueve a seis, durante treinta o cuarenta años seguidos. Esa persona tenía una función clara, un lugar propio, una manera de ser reconocida por los demás con solo decir en qué trabajaba, sin necesidad de explicar nada más.

Cuando esa función se apaga de golpe un viernes cualquiera, con una comida de despedida y un aplauso educado, no se apaga solo el horario. Se apaga la respuesta automática a "¿y tú a qué te dedicas?", se apaga la sensación de ser necesaria en algún sitio a una hora fija cada día, se apaga ese ratito de charla con quien fuera que compartías el café a media mañana, sin darle mayor importancia entonces. Nada de eso aparecía nunca en ninguna nómina, y por eso nadie te avisó, ni de lejos, de que también lo perderías todo junto.

"Lo tengo todo, ¿por qué no estoy bien?"

Me lo he preguntado yo también, casi con las mismas palabras exactas, mirando la nevera llena un martes a las cuatro de la tarde, sin hambre ni ganas de nada. Y la respuesta seca, sin adornos, es esta: tener la vida resuelta no es lo mismo que tener un sitio en el mundo. Se puede tener lo primero de sobra y echar en falta lo segundo con la misma intensidad. No es contradictorio, aunque lo parezca cuando lo piensas de golpe.

El consejo que no ayuda

Seguro que alguien, con toda la buena intención del mundo, ya te ha soltado la frase: "disfruta, ahora te toca vivir". Y seguro que, al oírla, algo por dentro se te ha encogido un poco más, en vez de aliviarse como se supone que debería. Tiene todo el sentido que te pase así. Es un consejo que da por hecho que el problema es no saber qué hacer con el tiempo libre que sobra, cuando el problema real, el de fondo, es otro bien distinto: no saber quién eres ahora que la etiqueta de siempre ya no vale para nada.

Disfrutar no se decreta por mucho que alguien te lo pida con cariño. Y menos aún se decreta sobre un duelo que todavía no ha sido nombrado como tal ni reconocido delante de nadie. Pedirte que disfrutes antes de haber llorado lo que se fue es como pedirle a una herida que cicatrice antes de que nadie se haya molestado en mirarla de cerca. Por eso ese consejo, aunque venga envuelto en cariño sincero, no cura nada en absoluto: solo añade la sensación amarga de estar fallando también en esto, encima de todo lo demás.

Un primer paso, no una solución

No te voy a proponer una lista de aficiones nuevas ni un plan de bienestar de la tarde a la mañana, de esos que prometen demasiado. Te propongo algo más pequeño y, creo de verdad, más honesto: permitirte estar perdida sin pedir perdón por ello a nadie, ni siquiera a ti misma.

Prueba a decirte, aunque sea solo para ti, en voz baja o solo pensado, una frase parecida a esta: "estoy perdida y no pasa nada por estarlo hoy". No hace falta que se la digas a nadie más todavía, si no te sientes con fuerzas para eso. Basta con que dejes de exigirte estar "genial" delante del espejo cuando por dentro no lo estás ni de lejos. Ese pequeño permiso, aunque parezca poca cosa dicho así, es lo que te libera de fingir un rato al día, aunque sea solo un rato.

Esto que lees es una idea de «Me jubilé y dejé de saber quién soy» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.
  • Deja de comparar tu malestar con lo que tienes, como si una cosa anulara la otra
  • No busques todavía la actividad que te va a devolver la ilusión: hoy no toca eso
  • Anota en una frase corta qué es lo que más echas de menos, sin adornarlo

Si escribes esa frase a mano, mejor que en el móvil, sin comparación posible. Ir despacio con el bolígrafo obliga a decir la verdad, la verdad de verdad, no la respuesta bonita que sueltas en la cola del súper cuando alguien te pregunta qué tal todo por educación pura.

Primero el duelo, después la ilusión

El orden importa aquí, y es justo el que solemos saltarnos con más prisa: primero se atraviesa el duelo de quien fuiste, con calma, sin acortarlo, y solo después, ya con el terreno más despejado, empieza a asomar la ilusión por quien eres ahora. No al revés, por mucho que nos gustaría acelerar el proceso. Intentar sentir ilusión sin haber cerrado antes lo anterior es como intentar plantar algo sobre un suelo que todavía no se ha removido ni un poco: no agarra nada, por buena semilla que sea.

Así que si hoy sigues sin saber qué contestar cuando te preguntan a qué te dedicas, o si la casa llena de todo lo necesario se te queda pequeña por dentro sin que sepas explicar por qué, no es que algo vaya mal en ti. Es que estás en la parte del camino donde toca reconocer lo que se fue, antes de poder construir lo que viene después. Y eso, aunque no lo parezca hoy mirándolo de cerca, ya es empezar de verdad.

Si en algún momento esta tristeza se alarga más de lo que puedes sostener sola, o te desborda por dentro más de lo manejable, no lo cargues tú sola sin ayuda: pide ayuda a un profesional, que precisamente para eso está, para acompañarte cuando el peso pesa demasiado.

Si esto te ha tocado, sigue por aquí

Me levanto sin rumbo desde que me jubilé y el día se me hace eterno

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

No es el final. Es el capítulo que eliges tú.

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