Fe

"Si tuvieras más fe no te preocuparías tanto": lo que me dijeron y no pude olvidar

Te lo dijeron en un tono suave, casi cariñoso, de los que duelen más precisamente porque no venían con mala intención. Puede que fuera tu madre, con esa media sonrisa de quien cree estar ayudando. Puede que fuera alguien del grupo de oración, mientras todos asentían. Puede que fuera el pastor, delante de todos, hablando en general sin saber que te estaba hablando a ti, justo a ti, sentada en la tercera fila con las manos apretadas sobre el bolso. "Si tuvieras más fe no te preocuparías tanto." Y tú sonreíste, dijiste que sí, que tenía razón, que ibas a intentarlo. Y esa noche, y muchas después, esa frase se quedó a vivir contigo, instalada como un huésped que nunca pediste. No como un consejo. Como una acusación que repites tú sola cuando nadie más la dice, en la ducha, en el coche, a las tres de la madrugada.

Ha pasado el tiempo —meses, quizá años— y sigue ahí. Te preocupas por tu hijo, por el dinero que no llega a fin de mes, por una prueba médica cuyo resultado tarda en llegar, por algo que dijiste mal hace una semana y que probablemente nadie recuerda salvo tú, y antes de sentir la preocupación en sí, sientes otra cosa encima, más pesada todavía: la vergüenza de estar preocupándote. Como si el problema no fuera lo que te quita el sueño, sino que te quite el sueño estando tú una persona de fe, una persona que se supone que ya debería tenerlo superado. Dos cargas en vez de una, apiladas la una sobre la otra.

La culpa que no se ve

Esa frase deja una culpa silenciosa, de las que no se cuentan porque dan vergüenza contarlas, de las que se llevan por dentro con la misma disciplina con la que se lleva un secreto. Es la culpa de pensar que tu preocupación mide tu fe, como si hubiera una báscula invisible en algún rincón del cielo y cada noche en vela fuera un suspenso más que apuntar. Nadie te lo dice así de claro, con esas palabras exactas, pero tú lo traduces así en tu cabeza: "si de verdad confiara, no me pasaría esto". Y entonces no solo te preocupas. Te preocupas y además te examinas. Te preocupas y además te condenas por preocuparte, en un bucle que no lleva a ningún sitio bueno.

Yo también me quedé con frases así, guardadas como piedras en el bolsillo. Y durante un tiempo hice justo lo que parecía que tocaba hacer: fingir que no me preocupaba, para que nadie pensara que me faltaba fe. Sonreía en la iglesia con la mandíbula apretada hasta que me dolía al final del día. Decía "estoy bien" con la cabeza dando vueltas por dentro como una lavadora en centrifugado. No arreglaba nada, solo lo escondía mejor, cada vez mejor, hasta que ni yo misma sabía distinguir cuándo estaba bien de verdad y cuándo solo actuaba estarlo.

La fe y la preocupación no se excluyen

Aquí va lo que necesito que te lleves de este texto, despacio, sin que suene a sermón ni a otra frase más para guardarte en el bolsillo: la fe y la preocupación pueden convivir en la misma persona, en el mismo día, incluso en la misma hora, en el mismo minuto en que estás orando y a la vez calculando cuánto queda de sueldo hasta fin de mes. No son opuestos que se anulan como la luz y la oscuridad. Se parecen más a dos manos: una que sostiene lo que crees, firme, y otra que todavía tiembla con lo que temes, sin que eso sea ninguna traición. Puedes tener las dos manos abiertas a la vez. No hace falta que una gane a la otra para que seas una persona de fe de verdad, de las que valen, no de folleto.

Pensar que la fe debería anestesiar la preocupación es pedirle a la fe algo que no promete, como pedirle a un paraguas que pare el viento. La fe no dice "no vas a sentir miedo". Dice más bien "no estás sola sintiéndolo". Es otra cosa completamente distinta. Es una compañía en medio del temor, no una vacuna contra él. Y las personas que más fe parecen tener, las que tú admiras desde el banco de atrás, las que llevan el ministerio de alabanza o dirigen el grupo pequeño, muchas veces también se despiertan a las tres de la madrugada con su propia lista. Solo que no lo cuentan, igual que tú no lo contabas hasta ahora.

Un paso pequeño para esta frase concreta

No hace falta que discutas con quien te lo dijo, ni que le expliques nada, ni que busques el momento perfecto para sacarlo en una conversación incómoda. Esto es más para ti que para nadie más. Coge un papel, esta misma tarde o esta noche, en la cocina o en la cama con la lámpara pequeña encendida, y escribe arriba la frase exacta que te dijeron. Tal cual la recuerdas, con esas palabras concretas, sin suavizarla ni tampoco exagerarla.

Y debajo, escribe a mano una respuesta honesta, tuya, que te la digas a ti misma la próxima vez que la frase vuelva a aparecer en tu cabeza sin avisar. No tiene que ser una respuesta perfecta ni teológica, ni algo que un pastor firmaría. Puede ser algo tan sencillo como: "me preocupo y sigo creyendo, las dos cosas son verdad a la vez". O: "preocuparme no borra lo que confío, solo dice que soy humana, y humana está bien". Escribirlo a mano, no pensarlo solo en la cabeza donde se te escapa entre los dedos, ayuda a que esa respuesta pese algo real la próxima vez que la necesites, en vez de quedarse flotando como una idea bonita que se te olvida justo en el momento en que más falta hace.

Esto que lees es una idea de «Cuando la preocupación no suelta» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.
Preocuparme no mide cuánta fe tengo. Solo dice que estoy viva y que me importa lo que quiero.

Guarda ese papel donde lo veas: en la libreta de la mesilla, doblado dentro de la Biblia, en el cajón donde tienes tus cosas de la mañana. La próxima vez que alguien suelte esa frase en una comida familiar o en el pasillo de la iglesia, o que te la sueltes tú sola a las tres de la madrugada con esa voz que ya conoces, no tienes que convencer a nadie ni defenderte en voz alta. Solo léela. Dale a esa vieja acusación la respuesta que ya escribiste, con tu letra, cuando estabas tranquila y podías pensar con más calma que en medio de la noche, con la cabeza despejada y el corazón menos a la defensiva.

Si alguna vez la preocupación se te hace tan grande que sientes que no puedes con ella tú sola, o que roza algo más serio que ya no se soluciona con una frase escrita, no hay nada de malo en pedir ayuda profesional además de la oración: una cosa no quita la otra, y cuidarte así también es un acto de fe, quizá de los más valientes que puedas hacer.

Cerrar sin culpa

Preocuparse no mide cuánta fe tienes. No hay báscula, no hay examen, no hay nadie en el cielo contando tus noches en vela para darte una nota al final del trimestre. Lo que mide tu fe, si es que hay que medir algo, es que sigues volviendo, una y otra vez, a orar y a confiar aunque la preocupación reaparezca a las pocas horas de haberla soltado, aunque parezca que no avanzas nada. Eso no es fracaso. Eso es justamente lo que se entrena, un poco cada día, sin prisa y sin vergüenza, como se entrena cualquier cosa que de verdad importa en una vida.

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la mujer de fe que reza, cree, y aun así se despierta a las tres de la madrugada con la cabeza dándole vueltas.

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