Fe

Por qué sonreír en la iglesia mientras por dentro todo tiembla no funciona

Entras, saludas, alguien te pregunta qué tal y dices "bien, gracias a Dios", con la cara que toca, la que llevas practicando desde hace tiempo sin ni siquiera notarlo ya. Cantas, con la letra que te sabes de memoria. Levantas las manos si hace falta levantarlas, en el momento justo en que todos las levantan. Y por dentro hay algo que no ha parado de dar vueltas desde las tres de la madrugada, algo que sigue ahí mientras suena el último acorde del himno.

Si esto te suena, no eres la única que lo hace, ni de lejos. Y quiero decírtelo sin rodeos, porque a esto le hemos puesto un nombre que no le corresponde, un nombre que hace daño sin que nadie se dé cuenta: ser "buena cristiana" es sonreír pase lo que pase por dentro, aguantar el tipo cueste lo que cueste. Como si la fe se midiera en la cara que pones el domingo entre las nueve y las diez de la mañana.

El mito que nadie dijo en voz alta

Nadie te lo enseñó con esas palabras exactas, en ninguna clase ni en ningún libro. Pero lo aprendiste igual, viendo qué caras se recibían bien en el pasillo y cuáles incomodaban a la gente, cuáles hacían que se apartaran un poco. Aprendiste que preocuparte en voz alta era, de alguna manera, un poco de vergüenza, algo que se decía bajito o no se decía. Como si contar que no duermes fuera admitir que confías menos de lo que deberías, menos que la de al lado que siempre parece tenerlo todo bajo control.

Y entonces aprendiste a hacer lo que hace mucha gente en tu misma situación: guardarlo. Sonreír por fuera, apretar por dentro hasta que duele la mandíbula al final del día. Cargar la lista de preocupaciones a la iglesia como quien carga un bolso muy pesado pero lo lleva con la espalda recta para que no se note el peso ni un poco. Eso no es fe. Eso es actuación, un papel que interpretas cada domingo. Y cansa mucho más que la sinceridad, aunque al principio parezca al revés, aunque parezca más seguro.

Lo que le pasa al cuerpo cuando calla

El cuerpo no sabe fingir tan bien como la cara. Puedes sonreír en el pasillo de la iglesia, saludar a todo el mundo con calidez, y aun así llevar la mandíbula apretada sin darte cuenta, como si estuvieras masticando algo que no está ahí, algo invisible que no se va. Puedes cantar el último himno con los ojos cerrados y notar, al mismo tiempo, que el sueño de esta semana ha sido a trozos, nunca entero, nunca profundo del todo, aunque nadie a tu alrededor lo note.

El cuerpo pasa la factura en silencio, sin avisar antes. No hace ruido, no da un discurso ni te manda una señal clara que puedas leer de un vistazo. Simplemente se cansa un poco más cada día, se te cierra un poco más el pecho cada semana que pasa, y tú sigues sonriendo porque es lo que toca, porque es lo que se espera de ti. Y aquí no hay ningún fracaso tuyo: no se te ocurrió esconderlo por debilidad ni por cobardía, se te ocurrió porque parecía lo correcto, lo que se espera de alguien que cree de verdad, lo que viste hacer a las demás desde que eras pequeña.

Nadie puede acompañarte en lo que no cuentas.

Por qué esconderlo alarga el problema

Aquí está el corazón del asunto, y quiero decírtelo con calma, sin dramatismo pero sin suavizarlo tampoco: lo que escondes no desaparece, ni se hace más pequeño por estar callado, solo se queda sin compañía. Y la preocupación sin compañía crece más despacio hacia fuera, donde nadie la ve, pero más rápido hacia dentro, donde solo tú la sientes.

Piensa en cualquier persona que de verdad te haya ayudado alguna vez con algo difícil, en un momento concreto que recuerdes bien. Seguramente no fue porque adivinó lo que te pasaba con solo mirarte. Fue porque tú se lo dijiste, con la cara mala, con la voz temblando quizá, con la verdad por delante sin adornos. Nadie entra a ayudarte en un cuarto cuya puerta mantienes cerrada con llave y una sonrisa pintada encima, por muy bien pintada que esté esa sonrisa. Esconder la preocupación no la reduce ni un gramo, solo la deja sola contigo, encerrada en la misma habitación que tú.

La alternativa no es anunciarlo a todos

Y aquí quiero pararme, porque no quiero que pienses que la solución es levantarte un domingo y contarle a la congregación entera lo que te preocupa, con micrófono y todo. No hace falta ese paso, ni de lejos, y para muchas de nosotras ni siquiera sería sano darlo, ni serviría de nada bueno.

Esto que lees es una idea de «Cuando la preocupación no suelta» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

La alternativa es mucho más pequeña, casi tan pequeña que parece insuficiente: una sola persona. Puede ser tu marido, una amiga del grupo pequeño en la que confías desde hace años, tu madre si la relación lo permite. Alguien a quien puedas decirle, en voz baja, quizá tomando un café: "no estoy durmiendo bien, llevo unas semanas dándole vueltas a lo mismo". Nada más que eso, sin necesidad de explicar cada detalle. No necesitas resolverlo delante de esa persona, ni que te dé una respuesta o una solución, solo que deje de ser un secreto que cargas tú sola en la oscuridad.

  • Elige una persona, no un grupo entero
  • Dile la frase más simple que se te ocurra, sin explicarlo todo
  • No busques que te arregle nada, solo que lo sepa
  • Repite esto cada vez que haga falta, no es un trámite de una sola vez

La fe no exige actuar bien

Si tuviera que dejarte una sola idea de todo este texto, sería esta: la fe no te pide que actúes bien delante de los demás, que interpretes el papel de creyente serena. Te pide algo más sencillo y más difícil a la vez: ser honesta delante de Dios primero, antes que delante de nadie más. Y Dios ya sabe que no duermes, ya sabe que aprietas la mandíbula en el pasillo, ya sabe lo que llevas escondiendo desde hace semanas o meses. No hay sorpresa que darle, ni actuación que mantener delante de Él.

Así que la próxima vez que sonrías en la iglesia con la lista dando vueltas por dentro, prueba a hacer algo distinto antes de salir de casa, aunque sean solo dos minutos: dile a Dios, en voz baja o en un papel doblado en el bolso, lo que de verdad te preocupa esa mañana. Sin adornar, sin la versión de folleto que sueles contar, solo lo real, tal cual pesa. Y luego, si puedes, si te atreves, dile lo mismo a una sola persona más.

Si en algún momento sientes que esto va más allá de la preocupación de siempre —que no es solo cansancio acumulado, que hay algo que te supera y no puedes con ello sola por mucho que lo intentes—, pedir ayuda profesional no es falta de fe, es sabiduría, y de la buena.

Si esto te ha tocado, sigue por aquí

"Si tuvieras más fe no te preocuparías tanto": lo que me dijeron y no pude olvidar

Leer ahora →

o quizá: Cómo orar por la preocupación sin que vuelva a las pocas horas · Por qué escribir a mano 30 días ayuda cuando la preocupación no suelta

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la mujer de fe que reza, cree, y aun así se despierta a las tres de la madrugada con la cabeza dándole vueltas.

Llévate la guía gratis de 1 página

Déjame tu email y te la envío ahora mismo. «Un salmo, una respiración, una línea»

Te enviaré la guía y, de vez en cuando, algo que pueda ayudarte. Sin spam; date de baja cuando quieras.

19 €Garantía de 30 días — te devuelvo el importe, sin preguntas
Ver el cuaderno