—Mamá, ¿por qué respiras así?
Mi hija tenía seis años y estaba peinando a una muñeca en el sofá, sin levantar la vista. Yo secaba los platos. No sabía que respiraba de ninguna manera. Me quedé con el paño en la mano, escuchándome: cogía aire arriba, en el pecho, corto, como quien sube una cuesta parada en la cocina. ¿Desde cuándo? No supe contestarle. Le dije que estaba bien, que a veces mamá bosteza raro. Ella siguió peinando. Yo me guardé la pregunta para las tres de la madrugada, que era la hora en que se me juntaban todas.
Porque de día se llevaba. De día había desayunos, coles, recibos, la analítica de mi madre pendiente de mirar. La preocupación cabía entre las cosas. Era de noche cuando se ponía a hablar sola. Me acostaba, juntaba las manos, lo entregaba todo muy formal —Señor, en tus manos—, apagaba la luz. Y a las tres estaba despierta recogiéndolo, cosa por cosa, como quien vacía el bolso en la cama para comprobar que no ha perdido las llaves.
En la mesilla tenía una libreta. La empecé para eso: para sacarme de la cabeza lo que daba vueltas, a ver si escrito pesaba menos. Al principio funcionaba. Luego se me llenó de rayas. Una raya por cada miedo que me despertaba y apuntaba a oscuras, sin encender, para no despertar a mi marido. Aprendí a escribir sin ver. Una noche pasé el dedo por el margen y noté los surcos que había dejado el boli apretado, uno debajo de otro, muchos, como los años que marca un árbol por dentro. Los conté con la yema. No los voy a decir. Los suficientes para entender que aquello no era una mala racha.
Una raya por cada miedo que apuntaba a oscuras, sin encender la luz, para no despertar a nadie.
Durante mucho tiempo pensé que se arreglaba con más. Más oración. Levantarme antes. Otro grupo, otro devocional, más versículos subrayados. Si me preocupaba, es que no confiaba. Y si no confiaba, algo en mi fe iba mal. Nadie me lo dijo así de claro; la voz ya la tenía puesta yo. ¿Y si de verdad era eso? ¿Y si toda esa gente que dormía de un tirón tenía la fe que a mí me faltaba? Rezaba pidiendo que se me quitara la costumbre de preocuparme. Como si preocuparse fuera un pecado que confesar.
El cuerpo, mientras, iba pasando la cuenta callado. Dormía a trozos. Me despertaba con la mandíbula agarrotada de apretar los dientes en sueños. Dejé de llamar a las amigas: no tenía nada ligero que contar y quedar para no soltarlo me daba una pereza que no sabía explicar. En misa cantaba con todos y por dentro seguía la lista corriendo debajo, como una emisora de fondo que no se apaga.
Fue en misa, precisamente. Un domingo cualquiera, de pie, en el credo. De golpe el corazón se me puso a correr solo, fuerte, desbocado, sin que pasara nada. Me agarré al banco de delante. Pensé que me caía. Pensé —lo pensé de verdad— que me moría ahí mismo, entre los cantos, y que a mi hija la iban a sacar de la mano de aquella iglesia. No me morí. Se me pasó en dos minutos que fueron largos. Salí al aire con las piernas de trapo. Y por primera vez en años no me pregunté si tenía bastante fe. Me pregunté otra cosa: ¿qué le estoy haciendo a mi cuerpo?
No se lo conté a nadie ese día. Me senté esa noche con la libreta y, en vez de apuntar un miedo más, escribí una frase entera, con la luz encendida: no puedo seguir así. La miré. No era una oración. Era la verdad. Y resulta que la verdad, escrita despacio y a la luz, abultaba menos que cien rayas a oscuras.
Ahí empezó otra cosa. No un método milagroso. Diez minutos por la mañana, antes de que la casa se despertara. La misma libreta, la luz sí. Un versículo en castellano de toda la vida, no para taparme la boca sino para hacerme compañía. Una pregunta honesta. Y soltar por escrito lo que daba vueltas, con permiso para volver a cogerlo mañana. Porque volvía. Vaya si volvía. Había semanas enteras en que me despertaba a las tres como si no hubiera aprendido nada. Lo que cambió fue que dejé de tomármelo como un suspenso. Entregar y recoger, y volver a entregar: descubrí que no era mi fallo. Era el gesto. Se hace muchas veces o no se hace.
Dejé de rezar para que se me quitara la preocupación. Empecé a rezar para no quedarme sola con ella.
La culpa fue lo primero que se quedó en la mesilla. Y una mañana caí en que ya no era la única despierta a esa hora. ¿Cuántas seréis? Mujeres que creéis, que rezáis de rodillas, y que aun así os levantáis con el pecho apretado y esa voz encima diciendo que os falta fe. ¿Cuántas apuntáis vuestras propias rayas a oscuras para no despertar a nadie con lo que os pesa?



