Fe

¿Es normal preocuparme tanto si tengo fe?

Sí. Es normal. Y no, no significa que tu fe sea pequeña ni que estés haciendo algo mal, por mucho que lleves tiempo temiendo justo esa respuesta. Lo digo así de directo, sin rodeos ni suavizantes, porque sé que llevas tiempo dándole vueltas a esa pregunta en silencio, quizás después de una noche entera despierta contando las horas que faltaban para el despertador, preguntándote si el problema eres tú, si a ti te falta algo que a las demás no.

Confiar no es lo mismo que no sentir nada

Alguien, en algún momento —una tía, un predicador, un libro devocional bienintencionado—, te hizo creer que tener fe de verdad significaba estar en paz todo el tiempo, con una calma de anuncio de yogur. Que si confías, no te tiembla la voz al hablar de tu hijo. Que si crees, duermes tranquila toda la noche sin despertarte ni una vez. Y cuando la realidad no se parece en nada a eso, cuando te despiertas a las tres con el corazón acelerado por algo tan tonto como una factura, la conclusión que sacas es la peor posible: que te falta algo por dentro que las demás sí tienen.

Pero la fe no es anestesia. No apaga lo que sientes ni te vuelve de piedra por dentro. Puedes confiar de verdad, con todo tu corazón, con años de oración detrás, y aun así notar el estómago encogido cuando el teléfono suena a una hora rara y ves el nombre de tu madre en la pantalla. Puedes creer y, al mismo tiempo, no poder dejar de pensar en la operación de mañana mientras finges leer un libro. ¿Contradicción? No, simplemente eres una persona que siente y que cree, las dos cosas a la vez, sin que una le quite sitio a la otra, como pueden convivir dos manos en el mismo cuerpo.

No eres la única despierta a esa hora

Piensa en la gente que conoces, la que va a la misma iglesia que tú cada domingo, la que reza contigo en el grupo los miércoles con los ojos cerrados y la voz firme. Piensa en la que parece más tranquila, más entera, la que siempre tiene una palabra de ánimo para las demás. Es muy probable que también ella haya tenido su lista de las tres de la madrugada, su propia mancha en el techo que repasa entera. Que también ella haya sonreído en el pasillo mientras algo por dentro no paraba de dar vueltas, exactamente igual que tú. Simplemente no lo cuenta, igual que tú no lo cuentas, y así las dos os creéis, sin saberlo, que sois las únicas.

Preocuparse no es una marca que te distingue de las creyentes «de verdad», de las que parecen haberlo resuelto todo. Es algo que le pasa a casi todo el mundo que tiene algo —a alguien, a algo, a una vida entera— que le importa de verdad, que no le da igual cómo salga. Cuanto más quieres, más terreno tiene la preocupación para aparecer, porque la preocupación crece justo donde hay amor, no donde hay indiferencia. En ese sentido, preocuparte por tus hijos, por tu salud, por el dinero de este mes que no llega, no es un síntoma de poca fe: es un síntoma de que te importa, y de que eres capaz de querer con toda el alma.

Acompañar la preocupación, no esconderla

El problema no es que te preocupes. El problema es cuando además de preocuparte tienes que fingir que no, poner la cara que toca, para que nadie piense mal de tu fe. Ahí es donde se te acumula el doble peso: el de la preocupación en sí, que ya pesa bastante, y el de la vergüenza de sentirla, que a veces pesa todavía más.

Esto que lees es una idea de «Cuando la preocupación no suelta» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

Prueba a soltar esa segunda carga primero, que es la más fácil de soltar aunque no lo parezca. La próxima vez que te sorprendas preocupada en mitad de la oración o en mitad de la misa, con la mente en otro sitio mientras todos cantan a tu alrededor, en vez de reñirte por ello, intenta simplemente nombrarlo por dentro: «esto también es parte de confiar, no lo contrario». No hace falta esconderlo delante de Dios —Él ya lo sabe antes de que lo digas, ya conocía tu noche antes de que amaneciera—, y tampoco hace falta esconderlo delante de una sola persona de confianza, si la tienes cerca y te atreves a nombrarla.

La preocupación no mide cuánta fe tienes. Mide cuánto te importa lo que estás cuidando.

Así que si esta noche vuelves a despertarte con la lista dando vueltas, la misma de siempre o alguna nueva que se ha colado, no lo tomes como la prueba de que fallaste en algo. Tómalo como lo que es: una mente cargada, no una fe pequeña. Y si algún día notas que esa preocupación ya no es solo una mente cargada, sino algo que te impide funcionar de verdad o te lleva a pensamientos de hacerte daño, ese es el momento de pedir ayuda profesional, sin que eso reste ni un gramo a lo que crees ni a lo lejos que has llegado.

Un paso al día, sin prisa, es suficiente para empezar a acompañar esto de otra manera —no para dejar de sentirlo de golpe, como si existiera un interruptor mágico, sino para dejar de esconderlo, que ya es mucho.

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la mujer de fe que reza, cree, y aun así se despierta a las tres de la madrugada con la cabeza dándole vueltas.

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