¿Por qué me da miedo quedarme sola desde que tengo ansiedad?
No es que te dé miedo estar sola, el silencio en sí, la casa vacía de por sí. Es que te da miedo que pase algo, ahí, en ese silencio, y que no haya nadie para sujetarte, para llamar, para decirte que va a pasar. Es distinto, aunque desde fuera parezca lo mismo, aunque quien te quiere no entienda bien la diferencia cuando se lo intentas explicar. Y si últimamente no soportas quedarte en casa sin nadie más, o llamas a alguien para que se quede un rato solo por si acaso, inventando una excusa cualquiera para que no note lo mucho que lo necesitas, quiero que sepas que eso tiene una explicación muy concreta, y no tiene nada que ver con ser dependiente ni débil.
De dónde viene este miedo en realidad
Este miedo casi nunca nace de la nada, de un día para otro sin motivo. Nace de haber vivido un susto real en el cuerpo, uno de esos en los que el corazón se disparó, te faltó el aire, y por un momento pensaste que algo muy grave te estaba pasando, ahí mismo, sin nadie que lo supiera todavía. Y en ese momento, estar acompañada fue lo que te ayudó a aguantarlo: alguien que te miró a los ojos, que te dijo que estaba ahí, que llamó si hizo falta llamar, que te trajo un vaso de agua sin que se lo pidieras.
El cuerpo aprende rápido, y aprende con mucha lógica aunque duela después. Si estar acompañada te ayudó a sobrevivir el susto, tu cabeza guarda esa asociación con fuerza: sola, es peligroso; acompañada, es seguro. No es un pensamiento que elijas tú, sentada a razonarlo con calma, sino una conclusión que tu sistema de alarma saca solo, sin pedirte permiso, para protegerte de que se repita lo que ya viviste una vez.
Por eso no es un capricho ni una manía tuya, ni una forma de llamar la atención como a veces te acusan o te acusas tú misma, sino una forma de protegerte que, sin embargo, tiene un coste si se queda instalada demasiado tiempo, si se convierte en la norma en vez de en la excepción.
El coste de necesitar compañía todo el rato
El coste es doble, y los dos duelen a su manera. Para ti, porque la vida se va encogiendo: dejas de hacer planes que impliquen estar sola un rato, empiezas a organizar el día entero alrededor de que siempre haya alguien cerca, calculando horarios y turnos como si montaras un puzle, y eso cansa, porque vivir pendiente de no quedarte sola es en sí mismo agotador, una tarea de fondo que nunca se apaga del todo.
Y para quien te acompaña, porque también se cansa, aunque te quiera con toda el alma y jamás te lo eche en cara del todo. Nadie puede estar disponible siempre, cancelando sus propios planes o acortando sus salidas, y cuando lo intenta durante meses, empieza a notarse: en el tono un poco más seco, en los silencios que se alargan, en el «otra vez no puedo quedarme» dicho ya sin la misma paciencia de antes. No deja de quererte por eso: la carga de ser la única red de seguridad de otra persona pesa, y pesa mucho, aunque nadie lo diga en voz alta.
No es exactamente miedo a estar sola, sino miedo a que pase algo y no haya nadie.
Un paso pequeño para empezar
No hace falta forzar la soledad de golpe, ni quedarte encerrada en casa sola una tarde entera para «demostrarte» algo a ti misma o a los demás. Eso casi siempre sale mal y solo confirma el miedo con más fuerza que antes. Lo que funciona mejor es probar ratos cortos, con red de apoyo cerca pero no encima, no pegada a tu lado en el sofá.
Por ejemplo: quedarte veinte minutos sola en casa mientras la persona que suele acompañarte baja a hacer un recado cerca, al súper de la esquina o a sacar la basura despacio, con el móvil a mano, sabiendo que puedes llamarla si lo necesitas, pero sin que esté físicamente ahí, en la habitación de al lado. Veinte minutos, no una tarde entera ni una prueba de resistencia. Si aparece el miedo a mitad de ese rato, con el corazón acelerándose un poco, no es que hayas fallado: es que el cuerpo está probando algo nuevo, y probar algo nuevo incomoda al principio, casi siempre.
La próxima vez, un poco más: veinticinco minutos, media hora. Y la siguiente, un poco más todavía. No hay prisa ninguna, ni una meta que cumplir para una fecha concreta. Lo importante no es la duración exacta, es que tu cuerpo empiece a aprender, poco a poco, con cada repetición, que estar sola un rato no significa que vaya a pasar algo grave sin que nadie lo vea ni lo remedie.
Volver a fiarte de tu propio cuerpo
El miedo a la soledad no se afloja forzándote a estar sola de golpe, de un tirón heroico que además de asustarte confirma que el miedo tenía razón. Se afloja cuando vuelves a fiarte, despacio, de tu propio cuerpo: de que puede sostenerte incluso cuando no hay nadie mirando, cuando no hay nadie en la habitación de al lado. Eso no pasa en un día, y puede que haya ratos, incluso semanas, en los que el miedo vuelva sin avisar. No pasa nada. Cada vez que lo intentas, aunque salga a medias, aunque tengas que llamar a mitad de los veinte minutos, le estás enseñando a tu cuerpo algo que antes no sabía: que también sola, sigues estando bien.
Si esto te ha tocado, sigue por aquí

