Por qué 30 días, un paso al día, funciona para el duelo de jubilarte
Cuando me jubilé, alguien bien intencionado, con toda la fe del mundo puesta en mí, me dijo que me tomara "un tiempo para pensar" y que seguro que en un par de semanas ya tenía claro qué quería hacer con mi vida a partir de entonces. Lo intenté, con ganas de verdad. Cogí un cuaderno bonito que tenía guardado sin estrenar, me senté un sábado por la mañana con un café todavía caliente al lado, y me quedé mirando la página en blanco durante una hora entera sin escribir nada que no fuera mentira o un cliché sacado de alguna revista. Ese fin de semana de reflexión prometido no llegó a ningún sitio, y yo me sentí todavía más perdida al final que al principio, como si encima de no saber quién era ahora, tampoco supiera reflexionar sobre ello como es debido, como si eso también fuera un examen que estaba suspendiendo.
El problema no era yo, aunque en su momento estuve convencida de que sí. El problema era la idea entera de que un duelo así se resuelve en un rato largo de pensar fuerte, con un cuaderno bonito y buena voluntad. No se resuelve así, nunca. Se atraviesa, despacio, y eso lleva tiempo de verdad, del mismo modo que llevaría tiempo si hubiera muerto alguien cercano, aunque aquí, técnicamente, no haya muerto nadie y a nadie a tu alrededor le parezca que tengas derecho a llamarlo duelo con esa palabra tan seria.
Las dos trampas que un paso al día evita
Cuando quieres resolver esto de una vez, de un tirón, sueles caer en una de dos trampas muy distintas entre sí. La primera es la parálisis: te sientas a pensar en "qué quiero hacer con el resto de mi vida", así, en mayúsculas, y la pregunta es tan grande, tan desmesurada, que no consigues moverte ni un centímetro, así que no haces nada de nada, y los días pasan iguales unos a otros, vacíos, uno detrás de otro sin ninguna diferencia.
La segunda trampa es justo la contraria: el atracón de actividades. Te apuntas a todo lo que encuentras la primera semana, clases, actividades, quedadas con gente que apenas conoces, como quien intenta llenar un agujero hondo a paladas y sin mirar. Y al cabo de poco tiempo estás agotada, sin ilusión ninguna por ninguna de esas cosas que sonaban tan bien al principio, y encima con la sensación amarga de haber fracasado también en esto, después de haberlo intentado con todas tus fuerzas.
Un paso pequeño al día no te deja caer en ninguna de las dos trampas. Es lo bastante manejable como para no paralizarte del todo —hoy solo tienes que hacer esto, una cosa, nada más— y lo bastante contenido como para no agotarte de golpe ni quemarte a las tres semanas. Es la medida justa, el punto exacto, para ir avanzando sin rendirte por el camino ni quemarte antes de tiempo.
Lo que cambió cuando dejé de darle vueltas y agarré el bolígrafo
Durante meses pensé las cosas dando vueltas y vueltas en la cabeza mientras tendía la ropa o fregaba los platos con el agua corriendo, y siempre llegaba a la misma respuesta cómoda, la de siempre: "estoy bien, esto es normal, ya se me pasará solo con el tiempo". Es lo que le decía a mi hermana cuando me preguntaba con cara de preocupación. Es lo que me decía a mí misma delante del espejo, casi como un mantra.
El día que probé a escribirlo a mano de verdad, en vez de solo pensarlo mientras hacía otra cosa, me costó más de diez minutos terminar una sola frase que fuera honesta del todo. Y lo que salió al final, después de tachar varias veces, no fue "estoy bien". Fue algo bastante más parecido a "no sé quién soy si no soy la que trabaja", escrito con una letra que casi ni reconocía como mía de lo despacio que iba. Escribir a mano no deja escurrir el bulto tan fácilmente como pensar de pasada. Obliga a ir despacio, a buscar la palabra exacta entre varias que se parecen, y en ese ir despacio, casi a la fuerza, aparece la verdad en vez de la respuesta bonita que le sueltas a quien te pregunta por pura educación en el ascensor.
Por qué treinta días, y no menos
Podría parecer que con una semana bastaría de sobra, que en siete días ya se coge el ritmo. No basta, ni de lejos, y lo sé bien porque lo intenté con esa misma esperanza. La primera semana solo alcanza para nombrar lo que se ha perdido, apenas para eso, y con eso todavía no hay ilusión ninguna asomando, solo el duelo en carne viva, todavía sin cicatrizar ni un poco. Hacen falta más días, bastantes más, para que, poco a poco, sin forzarla ni empujarla, empiece a asomar una curiosidad pequeña por algo nuevo que antes ni te planteabas. Y hacen falta más días todavía, sumados a los anteriores, para empezar a darle forma propia a las mañanas y a las tardes, algo que no se improvisa en un fin de semana ni se decide de un tirón un lunes cualquiera por la mañana con el café a medias.
Treinta días no son una promesa de que al final del camino vayas a sentirte estupendamente, con todo resuelto y un lazo puesto encima. No lo son, y quien te prometa eso, con la mejor intención o sin ella, te está mintiendo un poco. Son el tiempo mínimo y honesto que hace falta para dejar de fingir que estás genial delante de todos, empezar a nombrar lo que de verdad sientes por dentro sin vergüenza, y dejar que la ilusión llegue por su cuenta, a su ritmo propio, sin que tengas que forzarla el primer lunes de tu nueva vida como si fuera obligatorio sentirla ya.
El objetivo de estos treinta días no es llegar al final del camino y estar bien del todo, sin fisuras. Ojalá fuera tan sencillo como suena. El objetivo es mucho más modesto, y creo de verdad que mucho más real y alcanzable: haber empezado, un día cada vez, sin saltarte ninguno, a construir un día que ya sea tuyo de verdad. Uno solo, para empezar. Y a partir de ahí, otro más. Si en algún momento la tristeza se alarga más de lo que puedes sostener tú sola, o te desborda por completo, ese es el momento de buscar a un profesional que te acompañe de cerca en esto; un cuaderno ayuda a empezar el camino, y ayuda de verdad, pero no sustituye ese acompañamiento cuando hace falta.
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