Por qué "hacerte fuerte" no te hace menos sensible (y te agota más)
Te lo has propuesto tantas veces que ya ni las cuentas con los dedos. Ir a más planes para acostumbrarte de una vez por todas. Quedarte en la fiesta media hora más aunque la cabeza ya te esté pitando y la música te retumbe en el pecho. Decirte «venga, esto no es para tanto» delante del ruido, de la gente, del caos de la sala, a ver si a base de repetirlo cien veces se te queda pegado, como quien coge callo en la mano de tanto usar la misma herramienta.
Y a lo mejor un día hasta lo conseguiste, o eso creíste. Aguantaste toda la noche. Sonreíste hasta el final, hasta el último abrazo de despedida en la puerta. Volviste a casa de una pieza, por fuera, con la sonrisa todavía puesta en el ascensor. Por dentro, otra historia muy distinta, que nadie vio.
El mito que casi todas hemos probado
Hay una idea que circula mucho, en revistas y en la boca de gente bien intencionada, y que probablemente te han dicho o te has dicho tú misma delante del espejo: que si te expones más al ruido, si te obligas a estar en más sitios cargados de gente, si dejas de «hacer tanto drama» por una luz o una discusión de fondo en un bar, con el tiempo te vas a curtir, como el cuero. Que la sensibilidad es como un músculo blando que se endurece a fuerza de darle golpes, entrenamiento tras entrenamiento.
Lo entiendo, de verdad, porque yo también lo he probado con toda la fe del mundo. Es una idea que promete algo muy tentador: dejar de sentirlo todo tan fuerte de una vez, dejar de ser la que se agota primero en cada plan, la que necesita salir antes que el resto, la que pide que bajen el volumen de la música. Promete encajar sin fricción, sin roce, como una pieza que por fin cabe donde antes no cabía.
El problema es que no funciona así, por mucho que uno insista. Tu sistema nervioso no es un callo que se forma con la fricción repetida. Es más bien como un oído muy fino de músico: no se vuelve sordo a base de ir a más conciertos, se vuelve más sensible al ruido con el tiempo, no menos, por mucho que te empeñes en lo contrario.
La factura que pasa sin que la veas venir
Cuando te obligas a aguantar más de lo que tu cuerpo te está pidiendo a gritos, no desaparece nada de lo que sientes, por mucho que lo ignores. Se acumula, en silencio, en un rincón. Y esa acumulación tiene formas muy concretas, muy físicas, aunque no las relaciones al principio con el ruido de ayer o la reunión de la semana pasada, porque parecen cosas sueltas:
- La mandíbula apretada que notas al despertar, sin saber desde cuándo la aprietas por la noche
- El sueño que ya no descansa igual, aunque duermas las mismas horas de siempre
- Las ganas de decir que no a planes que antes sí te apetecían de verdad
- Esa sensación de estar irritable por cosas pequeñas, como si el cuerpo llevara ya la mecha muy corta
Nadie te dice, en ningún sitio, que esto también es parte de la factura por endurecerte. Que «hacerte fuerte» a base de aguantar no te sale gratis, nunca sale gratis. Que cada vez que te forzaste a quedarte cuando el cuerpo pedía irse a casa, pagaste algo por dentro, aunque no lo vieras reflejado el mismo día, sino tres días después, en forma de mandíbula apretada al despertar.
Alguien que se obligaba a demostrar que podía
Conozco el caso de alguien —podría ser cualquiera de nosotras, cualquiera que lea esto ahora mismo— que durante años se apuntó a todos los planes que le proponían, sin excepción, sin filtrar ninguno. Cenas largas hasta las tantas, cumpleaños con música alta y luces de discoteca, reuniones familiares de las que se sale con dolor de cabeza y el estómago revuelto. No porque le apeteciera especialmente ninguno de esos planes, sino porque no ir se sentía como darle la razón a los que la habían llamado «rara» o «exagerada» toda la vida, desde el colegio.
Iba a demostrar que podía, esa era la misión secreta detrás de cada «sí» a un plan. Y aguantaba, sí, aguantaba hasta el final casi siempre. Pero llegaba a casa y se metía en la cama a las nueve de la noche sin fuerzas ni para hablar con nadie, ni para quitarse el maquillaje. Empezó a rechazar quedadas con las amigas que sí le importaban de verdad, las de siempre, porque ya no le quedaba nada dentro para dar. Ese fue el coste real de todo aquello: no se hizo más fuerte con los años, se quedó sin reservas para lo que de verdad quería vivir.
La meta nunca fue sentir menos. Fue dejar de pagar tan caro por sentir tanto.
La alternativa que sí funciona
Si endurecerte no es el camino, como ya hemos visto, ¿cuál es entonces? No es tampoco encerrarte en casa y evitar el mundo entero, aunque algún día lo necesites de verdad y esté bien permitírtelo sin culpa. Es algo más de andar por casa, más modesto: aprender a filtrar lo que entra, en vez de intentar que entre todo de golpe y luego aguantar el golpe como se pueda.
Filtrar es elegir con qué llegas a un sitio y con qué te vas de él. Es decidir de antemano cuánto tiempo puedes dar sin vaciarte del todo, antes incluso de llegar a la puerta. Es permitirte salir diez minutos antes sin dar mil explicaciones a nadie. Es notar que un ruido concreto —no todos los ruidos del mundo, ese en particular, el de la batidora, el del tráfico, el que sea— es el que más te cuesta, y hacer algo pequeño al respecto la próxima vez que aparezca.
Nada de técnica grandiosa ni de método con nombre propio: es un cambio de pregunta, nada más. En vez de «¿cómo aguanto más?», empezar a preguntarte «¿qué necesito filtrar para poder quedarme lo que quiero quedarme, sin que me cueste tres días recuperarme después?».
Nombrar lo que aguantaste, sin juzgarte
Piensa en el último plan que aguantaste «para demostrar que podías», el más reciente que se te venga a la cabeza. Escríbelo si te ayuda, a mano, en un papel cualquiera, sin darle más vueltas de las necesarias: qué aguantaste exactamente, y qué te costó después, en los días siguientes. Ese simple gesto de nombrarlo, sin juzgarte por ello, ya es completamente distinto de intentar endurecerte otra vez.
No tienes que sentir menos para estar bien, esa no es la meta ni lo será nunca. Tienes que dejar de pagar un precio tan alto por sentir tanto como sientes. Y eso, aunque no lo parezca al principio, cuando todavía suena raro, es mucho más realista y mucho más sostenible que cualquier promesa de volverte a prueba de todo.
Si esto te ha tocado, sigue por aquí

