Fe

Me despierto todas las noches a las 3 de la madrugada pensando

Las 3:04. Lo sabes sin mirar el móvil, porque tu cuerpo ya se ha aprendido esa hora de memoria. El techo, otra vez, con esa mancha de humedad que de día ni ves y de noche se convierte en un mapa que repasas entero. Y la lista, que no la has llamado tú, pero ahí está, puntual, como si te hubiera esperado despierta: la conversación pendiente, la factura que vence el día 5, el hijo que no contestó al mensaje de las nueve, la frase que dijiste mal el martes y que nadie más recuerda menos tú. El móvil en la mesilla, boca abajo, tentador y peligroso a la vez, porque mirarlo a esa hora nunca ha arreglado nada y aun así alargas la mano.

El pecho apretado, como si alguien hubiera puesto una piedra encima mientras dormías sin que te dieras cuenta. Cuentas hacia atrás las horas que te quedan hasta que suene el despertador —cuatro, si te duermes ya mismo; tres y media, si sigues así diez minutos más— y ese cálculo, lejos de calmarte, te despierta todavía más. Y esa sensación tan concreta de estar completamente sola con todo eso, aunque haya alguien respirando a tu lado, dándote la espalda, ajeno por completo a la lista que tú sostienes en la oscuridad.

Si esto te suena a tu propia noche, quiero que sepas algo antes de seguir leyendo: no te está pasando porque hagas algo mal. No es que te falte disciplina para dormir, ni fe para confiar, ni la fuerza de voluntad que sí parece tener la persona de al lado. Es un patrón. Uno que se repite porque en algún momento se instaló, noche tras noche, sin que nadie te preguntara si querías aprenderlo. Y los patrones, aunque duelan, se pueden entender. Y lo que se entiende, con paciencia, se puede empezar a cambiar.

Por qué la mente recoge de noche lo que soltó de día

Durante el día hay ruido: el trabajo, la casa, la gente, la lista de la compra, el grupo del cole que no para de sonar. Ese ruido tapa, sin que te des cuenta, todo lo que llevas dentro sin resolver. Puedes pasar una tarde entera resolviendo cosas para todo el mundo —una llamada, una cita, una comida que preparar— y no notar ni un segundo el peso que llevas encima, porque no hay hueco para notarlo. Pero de noche, cuando por fin todo se calla y la casa respira distinto, no hay nada que lo tape. Y entonces sube. No porque la noche traiga problemas nuevos, sino porque por fin hay silencio para escuchar los que ya estaban ahí desde por la mañana, haciendo cola, esperando su turno pacientemente.

Es exactamente igual que cuando friegas un plato y ya está limpio, reluciente incluso, pero el agua sigue corriendo un rato más porque el grifo no lo has cerrado del todo. La preocupación sigue corriendo por costumbre, no porque haga falta ya. Tu mente aprendió, en algún momento —quizá hace años, quizá en una época dura que ya ni recuerdas bien—, que revisar la lista de noche era su manera de intentar cuidarte, de no dejar ningún cabo suelto mientras todo lo demás dormía. Solo que ya no cuida. Solo cansa, y te deja la mañana siguiente con los ojos hinchados y la sensación de haber corrido una carrera que nadie vio.

El pequeño reproche que aparece después

Y encima, después del despertar, llega la vocecita: "debería poder dormir tranquila si de verdad confío". Como si el insomnio fuera un examen de fe que estás suspendiendo cada noche a las tres, con testigo incluido: tú misma, jueza y acusada a la vez, sin nadie más en la sala.

Quiero quitarle ese peso ahora mismo, porque no es justo y porque no es verdad. Confiar no es lo mismo que no sentir. Puedes creer con todo tu corazón —y sé que crees, si no, no estarías leyendo esto a estas horas buscando una respuesta— y aun así tener una mente que, de madrugada, no ha aprendido todavía a soltar. Eso no te hace menos creyente. Te hace alguien cansada que necesita una herramienta nueva, no un sermón nuevo. Y las herramientas se aprenden despacio, con las manos, no de un día para otro.

Lo que puedes hacer esta misma noche

Antes de acostarte, deja un papel y un boli en la mesilla, al lado del móvil o en su lugar, si te atreves a dejar el móvil un poco más lejos. Nada elaborado: una libreta cualquiera, de esas que sobran en un cajón, un boli que escriba bien a oscuras sin que tengas que darle vueltas. Esta noche, si te despiertas y la lista vuelve, no la repases en la cabeza dando vueltas, contando ovejas que se convierten en preocupaciones. Enciende la luz pequeña, coge el boli, y escribe cada cosa según va apareciendo, tal cual llega, sin pulirla. Una debajo de otra. Sin ordenarlas, sin arreglarlas, solo sacarlas de dentro y ponerlas fuera.

  • Escribe la palabra o la frase exacta que te preocupa, aunque suene tonta a esa hora
  • No intentes resolver nada en ese momento, solo anotarlo
  • Cuando sientas que ya está fuera, apaga la luz otra vez
Esto que lees es una idea de «Cuando la preocupación no suelta» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

Lo escrito abulta menos que lo que da vueltas dentro de la cabeza. No es magia, es simplemente que una lista en papel tiene un principio y un final —cabe en media hoja, se puede contar con los dedos— y tu cabeza, dando vueltas sola en la oscuridad, no tiene ni principio ni final: solo vuelve, y vuelve, y vuelve.

No se trata de vencer la noche una vez y ya está resuelto para siempre.

Puede que mañana vuelvas a despertarte a la misma hora. Y puede que pasado mañana también, con otra preocupación distinta o la misma disfrazada. Eso no significa que el papel y el boli no sirvan: significa que esto es una práctica, no un truco de una sola vez que se te olvida en cuanto funciona. Como aprender a nadar, no como sacarse un carné. Cada noche que escribes en vez de rumiar es un paso, aunque el paso siguiente vuelva a hacer falta al día siguiente, y al otro, y al otro.

Y si alguna vez esa preocupación de madrugada se vuelve algo más grande —si notas que no puedes parar, que te desborda de verdad, que ya no es una lista sino un peso que te sigue todo el día sin soltarte, o que te da miedo estar a solas con tus pensamientos—, no lo cargues callada: pide ayuda profesional. Eso también es cuidarte, no un fallo tuyo.

Por ahora, esta noche, solo el papel y el boli sobre la mesilla, al alcance de la mano. Un paso cada vez, aunque el siguiente tenga que darse mañana otra vez.

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¿Por qué mi cabeza no para ni cuando estoy orando?

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o quizá: Le entrego mi preocupación a Dios, pero la recojo al día siguiente · Cómo dejar de darle vueltas a lo mismo antes de dormir

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la mujer de fe que reza, cree, y aun así se despierta a las tres de la madrugada con la cabeza dándole vueltas.

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