Fe

Cómo poner límites sin sentir que eres peor cristiana o peor madre

Te piden un favor más, una tarea más, un turno más, con esa voz de "solo esta vez" que ya has oído tantas veces que casi te la sabes de memoria. Y antes de que termine la frase ya estás diciendo que sí, con la sonrisa puesta y la agenda mental haciendo hueco donde ya no cabía nada. Luego, en el coche o en la cocina, con las manos en el fregadero y la cabeza en otra parte, te preguntas por qué has vuelto a aceptar algo que no querías, y detrás viene un pensamiento que pesa más que el cansancio: si un día digo que no, ¿en qué clase de madre, de hija, de cristiana me convierto?

Ese nudo no es tuyo solamente. Lo llevan muchas mujeres que aprendieron, sin que nadie se lo dijera con esas palabras, que servir sin parar es la prueba del amor, y que un límite es la primera grieta de un fallo mayor. No es verdad, pero se siente como si lo fuera, y eso pesa igual, aunque sepas de sobra que no debería.

El límite no es un rechazo a la persona

Aquí está la confusión que hay que deshacer primero, despacio: decir que no a una tarea concreta no es decir que no a quien te la pide. Puedes querer muchísimo a tu madre y no poder llevarla al médico este jueves, porque ese jueves tú tienes tu propia cita que llevas aplazando meses. Puedes amar a tus hijos y no tener fuerzas para hacer la tarta del cole esta semana, y comprarla en la pastelería sin que eso diga nada de cuánto los quieres. Puedes servir de corazón en tu iglesia y necesitar un domingo libre al mes para simplemente estar sentada en el banco sin ninguna tarea entre manos.

El límite pone una frontera alrededor de una tarea, de un momento, de una capacidad que hoy no tienes. No pone una frontera alrededor del cariño. Cuando lo confundimos, cada no se vive como una traición, y entonces preferimos seguir agotadas antes que sentirnos así de mal persona. Pero se puede separar una cosa de la otra, aunque al principio cueste creerlo, como cuesta creer que se puede tener frío sin dejar de querer a alguien que te haya abierto la ventana.

Una frase corta, sin cinco excusas detrás

Cuando decimos que no, solemos rodearlo de justificaciones: es que tengo esto, y también lo otro, y encima llevo toda la semana así, y de verdad que si pudiera lo haría, sabes que sí. Cuantas más excusas damos, más parece que nos estamos disculpando por existir, y además dejamos la puerta abierta para que insistan un poco más —"bueno, pero aunque sea un ratito"— y acabemos cediendo igual, con el doble de cansancio por haber discutido primero.

Prueba con una frase corta, sin cadena de motivos: "Esta vez no voy a poder, pero gracias por pensar en mí". O simplemente: "Hoy no llego, lo siento". No hace falta convencer a nadie de que tu no es legítimo. Lo es, aunque no lo argumentes durante dos minutos delante de la nevera.

  • "No voy a poder esta vez, pero cuenta conmigo la próxima."
  • "Hoy no llego, de verdad."
  • "Esto no lo puedo asumir ahora mismo."
  • "Necesito decir que no a esto, aunque me cueste."

Cuando llega la primera reacción

Casi siempre, el primer no que dices no se recibe bien del todo. Puede venir un silencio incómodo al otro lado del teléfono, una cara larga en la puerta, un "vaya, pensé que podía contar contigo" dicho con ese tono que se te queda clavado un rato, o el chantaje suave de quien está acostumbrado a que siempre digas que sí sin rechistar. Ese momento es el más difícil, porque ahí es donde solemos rendirnos y decir "bueno, vale, lo hago", solo para que la incomodidad desaparezca cuanto antes.

Esto que lees es una idea de «Venid a mí los cansados» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

Sostener el límite no significa discutir ni defenderte con más argumentos, como si tuvieras que ganar un juicio. Significa quedarte en tu no, con calma, aunque la otra persona no se lo tome bien enseguida. "Entiendo que te venga mal, pero esta vez no puedo" es suficiente. La incomodidad del otro no es una señal de que te has equivocado, es solo la señal de que estás cambiando algo que llevaba tiempo funcionando de otra manera, y todo cambio, por pequeño que sea, incomoda un poco al principio.

Poner un límite no te hace peor cristiana. Te hace alguien que ya no puede servir desde lo que se raspa, y quiere volver a servir desde lo que rebosa.

Lo pequeño también cuenta

No hace falta empezar rechazando lo más grande ni lo más temido. Puedes practicar con un límite chico: no contestar un mensaje a las diez de la noche aunque veas el doble check subir, no ofrecerte la primera cuando piden voluntarias para la próxima actividad, no llevar tú sola la merienda del grupo esta vez, aunque las demás miren un poco raro al principio. Un límite pequeño y sostenido enseña más que uno enorme que luego no aguantas ni un día.

Al final de cada día, en vez de repasar todo lo que te faltó por hacer —esa lista que nunca se acaba del todo—, prueba a mirar qué límite sí sostuviste, aunque fuera diminuto. Escríbelo, aunque sea una línea: hoy no me ofrecí para esto, hoy dije que no llegaba. Ese pequeño registro, hecho a mano, va cambiando poco a poco la idea de que servir sin parar es la única forma de amar. No lo es. Y aprenderlo no ocurre de golpe: ocurre un límite, y luego otro, y luego el que viene después, con la misma paciencia con la que se aprende cualquier cosa que de verdad importa.

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para "la que puede con todo" y está vaciada por dentro, con culpa de descansar y miedo de decir que no.

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