Fe

Por qué esconder el cansancio detrás de una sonrisa no funciona

Llevas la sonrisa puesta antes de que te pregunten, ajustada ya en la cara como quien se pone el cinturón antes de que el coche se mueva. Entras por la puerta, saludas, preguntan "¿qué tal todo?" y ya tienes la respuesta lista en la boca, como quien lleva las llaves en el bolsillo de siempre y las encuentra sin mirar: "bien, aquí, tirando". Ni te lo piensas. Y por dentro, mientras lo dices, sabes perfectamente que no es verdad, con esa certeza tranquila de quien ya ha dicho la misma mentira tantas veces que ni le hace ruido.

Nadie te enseñó a mentir. Te enseñaron, sin decírtelo con esas palabras, que aguantar con buena cara es lo que se espera de la que puede con todo. De la que sostiene. De la que no da guerra. Y una aprende rápido que decir "la verdad, fatal" incomoda, alarga la conversación más de lo que nadie tenía tiempo para darle, pone caras raras, y a veces hasta parece que le estás pasando tu carga a quien solo preguntaba por cortesía mientras esperaba el ascensor.

Así que sonríes. Y funciona, durante un tiempo. La gente sigue su camino tranquila, tú sigues cumpliendo, nadie se preocupa por ti ni pierde ni un minuto pensando que algo pueda ir mal. Parece que has resuelto algo, que has encontrado el truco.

Lo que la sonrisa no hace

Aquí está el mito, dicho tal cual, para mirarlo de frente: si aguanto con buena cara, el cansancio se lleva mejor. Y no es verdad. Fingir no reduce el agotamiento ni un gramo, por mucho que durante un rato lo parezca. Lo único que hace es esconderlo: de los demás, primero, y de una misma, después, que es lo más caro de todo.

Porque el cuerpo no sabe que estás actuando. El cuerpo sigue cargando exactamente el mismo peso mientras la cara dice lo contrario, sonriendo en el espejo del ascensor como si nada. Es como planchar una camisa arrugada por fuera y dejar la humedad dentro, esa humedad que no se ve pero que sigue ahí: por fuera queda perfecta, la tela lisa y sin una arruga, pero esa humedad sigue haciendo lo suyo, y un día vuelve a salir la arruga, más fea que antes, justo en el peor momento, cuando menos lo esperas.

Y lo sabes, si lo piensas dos segundos mientras friegas los platos en silencio: no has descansado nada por sonreír. Has aplazado. Que no es lo mismo.

El coste de guardarlo todo

Lo peor no es sostener la sonrisa un rato. Es que la sonrisa tiene una fecha de caducidad que nadie te avisa, y cuando llega, suele romperse con quien menos se lo merece. Con el marido que solo preguntó si había pan en la nevera. Con el hijo que dejó los zapatos en medio del pasillo, como siempre, exactamente en el mismo sitio de todos los días. Con una tontería tan pequeña que ni tú misma entiendes por qué te ha hecho estallar así, gritando por algo que en cualquier otro momento ni habrías notado.

Ese día no eres más débil que otros. Simplemente ya no queda sitio donde meter una gota más.

Y luego viene la culpa encima de la culpa: no solo estabas agotada, ahora también te sientes fatal por haberle gritado al que menos culpa tenía, al que solo quería un poco de pan para la cena. Y para tapar esa culpa, ¿qué haces? Otra sonrisa, un poco más forzada que la anterior, un poco más de cartón. El círculo sigue, vuelta tras vuelta, cada vez un poco más ajustado.

La alternativa no es un drama, es una frase pequeña

Aquí es donde muchas se asustan, porque piensan que la alternativa a fingir es montar un número: sentarse a la familia en el salón, anunciar que una ya no puede más con la voz temblando, pedir que todo cambie de golpe desde mañana mismo. Y como eso da vértigo solo de imaginarlo, prefieren seguir sonriendo un poco más, aguantar una semana más, un mes más.

Pero no hace falta nada de eso. La alternativa a la actuación no tiene por qué ser el derrumbe. Puede ser una frase pequeña y honesta, dicha a tiempo, a alguien de confianza, mientras tomáis un café o mientras esperáis juntas en la puerta del cole: "la verdad, hoy estoy cansada de una manera rara". Nada más. Sin explicación de veinte minutos, sin justificarlo con una lista de motivos, sin pedir perdón por sentirlo.

Esto que lees es una idea de «Venid a mí los cansados» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.
  • No hace falta que sea dramático para que cuente.
  • No hace falta esperar al día en que ya no puedas más.
  • No hace falta decírselo a todo el mundo, basta con una persona.
  • No hace falta tener la solución, solo nombrar lo que hay.

Y si alguna vez notas que ese cansancio raro empieza a mezclarse con algo más oscuro, con ganas de desaparecer o con un vacío que no se mueve por más que descanses, por más noches que duermas del tirón, eso ya no es solo cansancio: ahí hace falta pedir ayuda profesional, sin esperar más, sin vergüenza ninguna.

Lo pequeño y diario es lo que de verdad alivia

La honestidad que descansa no tiene nada que ver con la confesión grande de una vez al año, esa que una se guarda para cuando ya no puede más y todo sale de golpe, desordenado y con lágrimas. Es la pequeñita, la de cada día, la que dices en voz baja antes de que se acumule tanto que ya no sepas ni por dónde empezar a contarlo.

Por eso ayuda tener un rato del día, aunque sean diez o quince minutos, donde no haga falta actuar para nadie, ni siquiera para ti misma. Donde puedas escribir a mano, sin público, lo que de verdad ha sido el día, sin la versión de "bien, tirando" que le das a todo el mundo. El papel no te va a poner cara rara ni te va a preguntar por qué lloras mientras escribes. Solo recoge lo que sueltas, sin juzgarlo, sin devolverte nada raro.

No se trata de dejar de sonreír nunca más, ni de convertirte en alguien que cuenta su vida a cualquiera que pregunte por cortesía. Se trata de dejar de usar la sonrisa como escondite. Un día cada vez, una verdad pequeña cada vez, es lo que de verdad te va aligerando la carga. No la actuación de fortaleza.

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para "la que puede con todo" y está vaciada por dentro, con culpa de descansar y miedo de decir que no.

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