Digo "estoy bien" y por dentro ya no queda nada
Son las ocho y diez de la mañana y llevas ya tres cafés a medio terminar repartidos por la casa. Alguien te pregunta "¿cómo estás?" en el pasillo, en el grupo de la iglesia, en la cola del cole con la mochila de tu hijo colgando de un hombro. Y tu boca contesta sola, antes de que tú decidas nada: "bien, bien, aquí andamos". La sonrisa ya está puesta, como quien se pone los pendientes por la mañana sin mirarse al espejo, con el gesto automático de quien lo ha hecho diez mil veces. Y por dentro, en ese mismo segundo, no queda nada. Ni una gota. Es como abrir el grifo de la cocina y que solo salga aire, ese ruido hueco que ya conoces de memoria.
Si esto te suena a ti, quiero que sepas una cosa antes de seguir leyendo: no estás fingiendo por mala persona, ni por floja, ni por poca fe. Llevas tanto tiempo sosteniendo que ya no sabes hacer otra cosa con la pregunta "¿cómo estás?" salvo devolverla envuelta en papel de regalo. Y lo curioso es que a veces ni siquiera te das cuenta de que mientes: la palabra "bien" sale antes de que tu cabeza termine de procesar la pregunta, como un reflejo, como cuando el médico te golpea la rodilla y la pierna salta sola.
Por qué contestamos "bien" aunque no lo estemos
A las que sostenemos a todos nos pasa una cosa muy concreta: tenemos miedo de preocupar. Miedo de que si decimos la verdad, la otra persona se asuste, se sienta responsable, o peor, que empiece a mirarnos distinto, como si de repente fuéramos menos capaces. Piénsalo: la última vez que alguien te contestó "la verdad, fatal" en una conversación de pasillo, ¿qué hiciste tú? Probablemente te quedaste descolocada, sin saber bien qué responder, y quizá hasta pensaste "vaya, no me lo esperaba de ella". Es exactamente eso lo que tememos provocar. Y como no queremos cargar a nadie con lo nuestro —bastante tienen ya todos con lo suyo—, elegimos la versión corta: "bien". Es una forma de cuidar hacia fuera. Lo que pasa es que, hecho todos los días, durante meses, esa forma de cuidar hacia fuera te va dejando a ti sin nadie que cuide hacia dentro.
Hay otra cosa detrás, y esta pesa más: la idea de que decir "estoy agotada" es como confesar que no se puede con todo. Y si una es la que puede con todo, la que se ofrece la primera, la que nunca falla, admitir cansancio se siente casi como una traición a una misma. Lo que pasa es que llevas mucho tiempo cargando el papel de "la fuerte" y ya no sabes quitártelo ni para respirar. Es como esos zapatos que llevas tanto tiempo puestos que ya no recuerdas cómo se camina descalza, y la sola idea te da un poco de vértigo.
Cansancio normal y agotamiento que ya lleva tiempo
El cansancio normal se cura con una noche de sueño, con un domingo tranquilo, con que alguien te diga "ya sigo yo". Se nota en el cuerpo, pero se va. Lo que tú describes es distinto: es ese vacío que no se llena ni durmiendo diez horas, esa sensación de estar sonriendo desde un sitio hueco, de hacer todo lo de siempre —la compra, la cena, los deberes revisados, el beso de buenas noches— pero como automatizada, sin ti dentro, como si vieras la escena un poco desde fuera, un poco desde arriba. Eso no es un mal día. Eso es agotamiento que lleva tiempo acumulándose, capa sobre capa, sin que nadie —ni tú misma— le pusiera nombre a tiempo.
No hace falta que le pongas una etiqueta grande ahora mismo. Solo quiero que te permitas notar la diferencia: una cosa es estar cansada porque el día ha sido largo, y otra muy distinta es notar que por dentro ya no queda nada que dar, aunque por fuera sigas dando, sirviendo la cena, firmando la agenda, contestando el wasap del grupo con un emoji de sonrisa que ya ni sientes.
Decir la verdad a medias no es rendirse. Es la primera grieta por donde empieza a entrar el aire.
Lo que puedes hacer hoy, nada más
No te voy a pedir que hoy mismo cuentes toda la verdad a todo el mundo. Eso sería pedirte un salto que todavía no tienes fuerzas para dar, y no es de eso de lo que se trata. Te voy a pedir algo mucho más pequeño y mucho más manejable: elige una sola persona. Una. Puede ser tu hermana, puede ser esa amiga con la que ya no hace falta fingir tanto, puede ser incluso una compañera del trabajo con la que apenas has cruzado dos frases esta semana. Y en vez de contestar "bien, bien", contesta "regular, la verdad". Nada más. No hace falta explicación, ni detalle, ni justificación. Solo esa media verdad, dicha en voz baja, a una sola persona, hoy.
- Elige a alguien con quien no tengas que dar explicaciones largas.
- Dilo sin adornos: "regular, la verdad" es suficiente.
- No añadas un "pero bueno, tirando" detrás para suavizarlo.
- Si te tiembla la voz al decirlo, está bien. Es la máscara empezando a moverse.
Puede que esa persona no sepa qué contestar. Puede que se quede un poco cortada, que diga "ay, ¿qué te pasa?" con cara de no saber muy bien qué hacer con esa respuesta que no esperaba. No pasa nada. Tú no lo has dicho para que arreglen nada. Lo has dicho para empezar a ser honesta contigo, aunque sea con una persona y con cuatro palabras. Y esa primera vez, por pequeña que parezca, deja una marca: la próxima será un poco menos difícil.
Un rato donde no hace falta fingir
Hay algo que he aprendido después de muchos años sosteniendo casa, servicio y sonrisa a la vez: hace falta un espacio, aunque sea pequeñito, donde no tengas que contestar "bien" a nadie. Ni siquiera a Dios, que ya sabe cómo estás de verdad antes de que abras la boca, y que no necesita tu versión editada de los hechos. Por eso, en el camino de los treinta días, cada día empieza con diez o quince minutos donde la única pregunta que importa es la que te haces tú, con el boli en la mano, sin la sonrisa puesta, sin nadie esperando en la puerta. No es mucho tiempo. Pero es tuyo, y en ese ratito nadie espera que contestes "bien" si no lo estás. Y a veces, ese es justo el primer respiro que llevabas meses sin darte, ese primer trago de aire fresco después de mucho tiempo con la ventana cerrada.
Si esto te ha tocado, sigue por aquí

