No puedo elegir ni el color de una pintura sin darle mil vueltas
Llevas cuarenta minutos delante de la estantería de pinturas, con el cuello un poco rígido de tanto ladear la cabeza comparando muestras. Has hecho fotos a seis botes distintos, las has comparado en el móvil con la luz del pasillo de la tienda, que no se parece en nada a la luz de tu salón, le has preguntado a alguien por videollamada qué le parece «el segundo, no, espera, el de más a la derecha», y sigues sin saber cuál llevarte. Al final sales de la tienda con las manos vacías, agotada, con esa sensación pesada en los hombros como si hubieras cargado cajas toda la tarde. Y lo único que has hecho es mirar colores durante tres cuartos de hora.
Si esto te suena, ya sabes de lo que hablo. No es solo la pintura: es el mantel que llevas semanas mirando en tres pestañas del navegador, el regalo de cumpleaños que aplazas hasta el último día, la fecha para la cita del médico que no terminas de marcar en el calendario, el asunto del correo que llevas escribiendo y borrando desde hace diez minutos porque ninguna frase te suena bien del todo. Cualquier decisión pequeña se convierte en una obra de ingeniería con planos y todo.
No es la pintura
Aquí va lo primero que quiero que te lleves, y quiero decírtelo sin rodeos: no te pasa esto porque seas indecisa, ni porque «no sepas lo que quieres», que es la frase que probablemente te han dicho alguna vez, quizá con la mejor intención, y que probablemente te ha dolido más de lo que dejaste ver. Te pasa porque, en algún punto, decidir se volvió sinónimo de arriesgarte a equivocarte, y equivocarte se volvió sinónimo de algo demasiado grande para permitírtelo, aunque hablemos de una pared de tu propio salón.
Fíjate en la trampa: la cabeza no te dice «tengo miedo a fallar». Te dice «es que no sé cuál me gusta más». Y tú la crees, porque suena razonable, suena a estar siendo cuidadosa, casi una virtud. Pero si de verdad fuera solo gusto, habrías elegido en dos minutos, con el primer bote que te gustó al entrar. El problema no es el color. El problema es todo lo que tu cabeza ha colgado detrás de ese color, como adornos en un árbol que ya no aguanta más peso: si me equivoco quedará fatal, si me equivoco habré tirado el dinero, si me equivoco alguien lo notará y pensará que no tengo criterio.
Eso no es indecisión, sino miedo a equivocarte, vestido con la ropa de la indecisión para que parezca más manejable, más de andar por casa.
A quién le pasa esto de verdad
Y aquí quiero pararme un momento, porque esta es la parte que más me interesa que te quede clara: esto no le pasa a la persona torpe, ni a la que no tiene buen gusto, ni a la que no sabe lo que quiere. Le pasa, casi siempre, a la persona a la que más le importa hacer las cosas bien. La que cuida los detalles hasta el final. La que piensa en cómo va a sentar en los demás, en si va a durar, en si mereció la pena el esfuerzo y el dinero. Le pasa a la que se toma en serio hasta el color de una pared que solo va a ver ella la mayoría de los días.
Así que si llevas media hora delante de esos botes de pintura, con el móvil cargado de fotos casi idénticas, no es un fallo tuyo. Es una virtud tuya que se ha ido de vueltas y ahora te está costando más de lo que aporta. Cuidar los detalles está bien, incluso es admirable. Lo que ya no funciona es que cuidar un detalle pequeño te deje sin energía para el resto del día, para las cosas que de verdad importaban.
Elige solo el color de la pintura
No te voy a pedir que dejes de darle importancia a las cosas, ni que te vuelvas de repente una persona despreocupada que elige a la ligera. Eso no eres tú y probablemente no lo serás mañana ni pasado. Lo que sí te propongo es algo mucho más pequeño y mucho más concreto, algo que puedas probar hoy mismo con el bote de pintura o con cualquier otra cosa parecida.
Hoy, elige una sola decisión pequeña —puede ser literalmente qué color pintar algo, o puede ser cualquier otra cosa de poco peso que llevas aplazando en un rincón de la cabeza— y ponle un límite de tiempo antes de empezar a mirar. No «voy a decidir rápido», que es una intención sin forma, sin dientes. Un número: diez minutos, un cronómetro si hace falta, el del móvil mismo. Y una condición más: mira solo dos o tres opciones, no seis, no veinte muestras alineadas en la encimera. Cuantas más opciones te des, más terreno le das al miedo para esconderse entre ellas.
- Escribe el límite de tiempo antes de mirar nada, no a mitad de camino cuando ya estás dudando
- Reduce las opciones a dos o tres desde el principio, antes de que la cabeza pida una cuarta
- Cuando suene el cronómetro, eliges con lo que tienes, aunque la cabeza pida un minuto más, uno solo
- Anota en un papel, aunque sea una frase, qué elegiste y que ya está decidido, con fecha si quieres
Ese último punto no es un capricho de más. Escribirlo, aunque sea una línea con boli en el reverso del ticket, hace algo curioso: saca la decisión de la cabeza, donde puede seguir dando vueltas indefinidamente sin que nadie la pare, y la deja fuera, en un sitio donde ya no hace falta vigilarla día y noche. El bucle en la cabeza parece enorme, del tamaño de la habitación. En el papel ocupa tres líneas, y ya está.
Lo que viene después de decidir
Te aviso de una cosa, porque prefiero que lo sepas antes de que te pille por sorpresa esta misma tarde: el «y si me equivoco» no desaparece en el momento de decidir. Muchas veces aparece justo después, cuando ya has pagado la pintura en caja y vas de camino a casa, o cuando ya has enviado el correo y no hay botón para deshacerlo. Eso no significa que hayas hecho algo mal ni que el método no sirva. Significa que tu cabeza está haciendo lo que sabe hacer, que es buscar el fallo debajo de cada piedra. No hace falta que le sigas la conversación hasta el final.
Equivocarse en algo pequeño no es la catástrofe que la cabeza anuncia con tanta seguridad.
Si eliges el color equivocado, lo repintas un sábado cualquiera. Si el correo no sonó como querías, mandas otro aclarando en dos líneas. Casi ninguna decisión pequeña es tan irreversible como la cabeza la presenta en el momento de decidirla, con esa voz tan convincente. Eso también se aprende, y se aprende decidiendo, no esperando a sentirte segura del todo, porque esa seguridad completa no suele llegar antes de decidir, por mucho que la esperes. Llega después, con la práctica de haber decidido y comprobar, con tus propios ojos, que no pasó nada tan grave.
No se trata de que mañana elijas todo en diez segundos y sin pensarlo, de la noche a la mañana convertida en otra persona. Se trata de que hoy, en una sola cosa pequeña, te des permiso para decidir con menos que la información perfecta, y de que compruebes con tus propios ojos que el mundo sigue de pie después. Un color de pared a la vez, y ya.
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