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¿Por qué me cuesta más los domingos y las fechas señaladas?

Llega el sábado por la noche y ya lo notas en el estómago, ese nudo que se instala antes incluso de que hayas pensado conscientemente en el día siguiente. No sabes explicarlo del todo, pero algo se aprieta ya mientras friegas los platos de la cena, antes incluso de que suene el despertador del domingo. Y si no es el domingo, es su cumpleaños marcado sin querer todavía en el calendario de la cocina, o el aniversario de la boda que antes celebrabais con una cena fuera, o esa fecha concreta que antes era solo una fecha entre otras y ahora es una losa que ves acercarse semanas antes.

La respuesta directa es esta: no es que vayas para atrás en el duelo, ni que de repente estés peor que la semana pasada, ni que hayas perdido terreno que ya tenías ganado. Es que los rituales y las rutinas que compartías con esa persona concentran más memoria que un martes cualquiera, mucha más, y por eso pesan distinto, con un peso específico que un día normal no tiene.

Los días compartidos guardan más recuerdo, no más retroceso

Piensa en cuántas veces se repitió ese domingo a lo largo de los años, cientos de veces, quizá miles: la misma misa a la misma hora, el mismo banco, la misma comida después con el mismo mantel, la misma sobremesa con el café y la charla que ya sabíais de memoria los dos, esa que repetíais casi con las mismas palabras cada semana sin cansaros. Un ritual repetido durante años se convierte en un contenedor lleno hasta arriba de presencia, de gestos, de frases dichas mil veces. Cuando esa persona falta, el contenedor sigue ahí, con la misma forma exacta, el mismo horario, el mismo mantel en el cajón, pero ahora vacío en el sitio exacto donde antes estaba ella.

Un martes cualquiera no tenía esa forma tan marcada, era un día más entre los cinco laborables, sin ritual fijo. Por eso puede que un martes lo lleves con cierta calma, casi de forma automática, y el domingo, sin previo aviso aparente, te derrumbe de golpe en mitad de la misa. El domingo te enseña, sin anestesia, todo lo que el resto de la semana logra disimular un poco entre tareas y prisas.

Lo mismo pasa con las fechas señaladas: cumpleaños, aniversarios, la Navidad con toda su parafernalia de luces y comidas, el día en que se conocieron y que contabais siempre igual, con las mismas anécdotas. No son solo números en un calendario de pared. Son días que durante años tuvieron un contenido concreto, con sus rituales propios, y ese contenido ahora se ha quedado sin la persona que lo llenaba de sentido.

El banco vacío en la iglesia

Puede que te pase en la misa del domingo, en ese momento muy concreto: todos de pie, cantando hacia el altar con los cancioneros abiertos, y tú con el rabillo del ojo puesto en el espacio de al lado, ese hueco exacto donde antes estaba su hombro, su voz desafinando un poco el mismo himno de siempre, la mano que buscaba la tuya en el saludo de la paz sin que hiciera falta ni mirarse. No hace falta dramatizar esto ni convertirlo en un drama distinto cada semana, como si cada domingo tuviera que reinventar la pena. Es, simplemente, el patrón: los domingos duelen más porque los domingos eran de los dos, construidos juntos domingo a domingo durante años.

Un plan pequeño para el día que ya sabes que viene

Si ya sabes que el domingo aprieta, o que se acerca una fecha señalada que llevas semanas viendo venir en el calendario, tienes algo que no siempre tenemos en el duelo, que suele llegar por sorpresa y sin avisar: aviso previo. Y eso se puede usar a tu favor, en vez de dejar que la fecha simplemente te caiga encima.

Esto que lees es una idea de «Sostenida en el valle» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.
  • Decide antes del sábado con quién quieres sentarte el domingo, en vez de improvisarlo en la puerta de la iglesia
  • Ten pensado un plan pequeño para después de la misa, aunque sea tan sencillo como una llamada a alguien que sepa qué día es
  • Si se acerca una fecha señalada, reserva diez minutos antes de que llegue para escribir qué esperas sentir, en vez de que te pille de sorpresa

No se trata de blindarte contra el dolor, porque eso no está en tu mano ni falta que lo esté, ni serviría de nada intentarlo. Se trata de no enfrentar ese día encima de la sorpresa, con las manos completamente vacías y sin ni una sola idea de qué hacer cuando llegue el bajón.

Anticipar no es pesimismo, es cuidado

A veces da un poco de reparo prepararse para un día triste, como si al anticiparlo lo estuvieras invocando, o como si al hacer un plan estuvieras rindiéndote de antemano y aceptando que sí, va a ser un día horrible. No va por ahí, en absoluto. Anticipar un domingo difícil es lo mismo que llevar paraguas cuando el cielo está cargado de nubes negras: no significa que quieras que llueva, ni que estés deseando mojarte, significa que te conoces, que sabes cómo funciona tu propio cuerpo ante ciertas fechas, y que te cuidas en consecuencia.

El domingo que viene puede seguir doliendo, y probablemente lo hará durante bastante tiempo todavía. Puede que el banco de al lado siga vacío durante mucho tiempo, quizá más del que a ti te gustaría. Pero puedes llegar a ese día con un plan pequeño en el bolsillo, con un nombre decidido de antemano para sentarte a tu lado, en vez de con las manos vacías y la sorpresa entera cayéndote encima otra vez, como la primera semana.

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la mujer creyente que ha perdido a quien era media casa, y a la que le repiten "ya está en un lugar mejor" cuando lo que necesita es que alguien se quede.

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