Lo primero que toqué esa mañana fue tu almohada. Sigue en tu lado, con la funda que te gustaba, la de rayas finas, y todavía guarda esa forma tuya de dormir de costado, hundida justo donde apoyabas la cabeza. Llevo meses sin moverla. La ahueco por la noche, como si fueras a volver del baño y a tumbarte, y por la mañana la dejo igual, porque moverla sería aceptar una cosa que las manos aún no aceptan aunque la cabeza ya la sepa.
Cuarenta y un años durmiendo del mismo lado. Uno no se da cuenta de la cantidad de gestos pequeños que hacen falta para estar casada hasta que el otro se va y todos esos gestos se quedan colgando en el aire, sin nadie que los recoja. La luz que apagabas tú. La ventana que cerrabas tú. El «buenas noches» que decías tú y que yo, algunas noches, todavía contesto en voz baja a un lado de la cama que ya no responde.
Del entierro me lo organizaron todo. Las flores, los cantos, quién leía la primera lectura, dónde había que firmar y a qué hora. Fue todo muy digno, muy en su sitio. Y luego se fueron todos a sus casas, cerraron la puerta, y a mí se me quedó el lunes entero por delante sin instrucciones. Y el martes. Y una tarde de esas en que la casa se pone tan callada que enciendo la radio no por escucharla, sino por oír una voz humana que no sea la mía repitiéndose por dentro.
Me explicaron el cielo con mucho detalle. Nadie me explicó el martes.
La gente venía con buena intención, no lo dudo. Pero traían todos la misma frase, como si se la fueran pasando de mano en mano en el portal: «ya descansa», «está en un lugar mejor», «Dios sabrá por qué». Y yo asentía con la cabeza y ponía una cara de estar de acuerdo, y por dentro te hablaba a ti, que eres el único con quien sé hablar de verdad, y te decía: pues yo estoy en el peor de los lugares, y aquí no sube nadie a explicarme cómo se sale.
Aprendí a contestar «voy tirando» sin que me temblara la boca. Lo decía en la pescadería, lo decía en misa, lo decía por teléfono a los hijos, que bastante tienen con lo suyo. El llorar lo dejaba para el coche, con el motor apagado en el garaje, y para esas horas de la madrugada en que la almohada de al lado sigue intacta y una ya no sabe si reza o solo respira fuerte para no romperse.
Los cepillos de dientes seguían los dos en el mismo vaso del baño. El mío gastado, el tuyo con las cerdas todavía firmes porque tú lo cambiabas más a menudo que yo, siempre fuiste más ordenado. Pasó un mes y ahí seguían. Pasaron dos. Una tarde, limpiando el espejo, me quedé con el trapo parado mirando el tuyo, y pensé que llevabas tres meses sin usarlo y que yo lo seguía enjuagando por costumbre cuando lavaba el mío. Alargué la mano para tirarlo a la basura. Y no pude. La mano se quedó a medio camino, temblando, como si tirar un cepillo de plástico fuera a borrarte del todo. Lo devolví al vaso. Y me senté en el borde de la bañera a llorar por una tontería de las que no se cuentan a nadie, porque quién entiende que una mujer hecha y derecha se venga abajo por un cepillo de dientes.
Y recé, claro que recé, siempre he rezado. Pero una noche abrí la boca para orar y lo que salió no fue una oración bonita. Fue rabia. Te lo juro que le levanté la voz a Dios en mitad del salón, a oscuras, y le pregunté dónde estaba, por qué a nosotros, por qué ahora que ya tocaba descansar juntos. Se lo grité de verdad, con las palabras feas que una guarda. Y me callé de golpe, esperando el castigo, esperando que se me cayera encima el techo o que se me secara por dentro la fe. Y no pasó nada. El salón siguió igual. Dios siguió ahí. No se marchó porque yo le gritara. Y en ese no pasar nada, por primera vez en meses, respiré hondo hasta abajo.
Empecé a escribir esa misma semana. No un diario de esos con letra bonita. Frases sueltas de noche, en un cuaderno de rayas que tenía por casa. Un salmo que me venía a la memoria. Una pregunta a la que nadie iba a contestar. Un «hoy he comido sentada» o un «hoy no he podido». Descubrí que darte a ti las buenas noches por escrito también me valía, y que darle a Dios el enfado por escrito seguía siendo rezar, aunque no se pareciera en nada a las oraciones de la parroquia.
No te voy a adornar el final, que ya somos mayores para cuentos. Hubo semanas de vaciar un cajón tuyo y semanas de volver a poner dos tazas sin darme cuenta. Un día comía a la mesa y al siguiente cenaba de pie mirando por la ventana. Aprendí a no ponerme fecha para «estar bien», porque el duelo no lleva calendario y quien te dice que ya deberías haberlo superado es que nunca ha mirado un vaso con dos cepillos.
Un martes cualquiera, sin ceremonia, cogí tu cepillo del vaso y lo tiré a la basura. Me quedé quieta un momento esperando el derrumbe. Y el baño siguió siendo el baño, y yo seguí siendo yo, y tú seguiste queriéndome desde donde estés. No se cayó el mundo. Solo quedó un cepillo en el vaso, el mío, y una mujer que aún cree y que aún llora, y que por fin ha entendido que las dos cosas caben en la misma casa.



