Fe

Por qué esconder el dolor en la iglesia no te ayuda a sanar

Llegas al aparcamiento de la iglesia y, antes de abrir la puerta del coche, haces algo que ya se te ha vuelto automático, un gesto que ni siquiera decides ya: respiras hondo, te miras un segundo en el retrovisor y te ordenas la cara. No el pelo, que ya está puesto desde casa. La cara. Que no se note. Que hoy tampoco se note, aunque por dentro lleves toda la semana cayéndote.

Entras, saludas con la mano en el hombro de quien te encuentras, sonríes donde toca sonreír, cantas con la boca aunque la voz no te salga entera, aunque se te quiebre en la segunda estrofa y disimules con una tos. Y cuando alguien te pregunta cómo llevas la semana, con esa pregunta que hacen sin esperar en realidad una respuesta larga, dices "voy tirando" con un tono tan firme, tan bien ensayado, que hasta tú casi te lo crees mientras lo dices.

El mito que nadie dice en voz alta pero todas hemos oído

Hay una idea que circula sin que nadie la firme, sin que nadie la diga con esas palabras exactas desde el púlpito, pero que pesa igual que si estuviera escrita en piedra: que una mujer de fe fuerte no muestra su dolor en público, que lo lleva dentro con dignidad. Que llorar delante de otros es, de alguna manera, no confiar del todo en Dios, como si las lágrimas fueran una falta de confianza. Que si de verdad crees, se te tiene que notar en la cara de paz, en la sonrisa serena, en la voz que no tiembla.

Suena piadoso. Suena incluso bonito, dicho así, envuelto en buenas intenciones. Pero es un mito, y como todos los mitos que se disfrazan de virtud, hace daño despacio, sin ruido, sin que te des cuenta de cuándo empezó a pesarte tanto ni de cuándo dejaste de poder quitártelo de encima.

Porque tu fe no se resquebraja porque llores en un banco de iglesia, ni porque se te note en la cara que has pasado la noche sin dormir. Lo que pasa es que llevas semanas, o meses, cargando dos cosas a la vez: la pérdida, que ya es bastante ella sola para cualquier persona, y la actuación de que la pérdida no te está partiendo por dentro. Y la actuación, con el tiempo, cansa más que la pérdida misma.

El coste real de guardarlo todo para el coche

Guardas el llanto para el coche, en el trayecto de vuelta a casa, con las manos en el volante y nadie mirando, dejando que las lágrimas caigan sin limpiártelas hasta el semáforo. O para las tres de la madrugada, cuando la casa está en silencio y no hay nadie a quien explicarle nada ni que te vea la cara descompuesta. Son los únicos sitios donde te permites deshacerte un rato, a solas, sin testigos.

Y quizá piensas que eso es manejarlo bien, que llorar a solas es lo maduro, lo discreto, lo que no incomoda a nadie a tu alrededor. Pero fíjate bien en lo que realmente estás haciendo: estás doblando la carga, no aliviándola en absoluto. Durante el día sostienes el peso de la pena y además el peso de que nadie lo note, que es un peso aparte, uno que se suma al primero. Y de noche, cuando por fin sueltas, lo sueltas sola, sin una mano cerca que te sujete, sin que nadie te diga "aquí estoy" mientras tiemblas en la oscuridad.

Eso no es fortaleza, por mucho que lo parezca desde fuera. Es una carga repartida en dos turnos, el de día y el de la madrugada, ninguno de los cuales tiene compañía.

El lamento tiene sitio en la fe. Esconderlo no la protege, solo te deja sola con él.

Lo que sí ayuda: que una persona vea la verdad, no toda la sala

No hace falta que anuncies tu duelo desde el atril, ni que le cuentes a cada persona que te saluda en la entrada cómo estás de verdad, con detalle. Eso sería agotador de otra manera, otra forma de actuación distinta pero igual de cansada, y tampoco es lo que necesitas ni lo que nadie te está pidiendo.

Lo que ayuda es más pequeño y más concreto: que una sola persona, alguien en quien confíes de verdad, alguien que ya te haya demostrado que sabe estar sin juzgar, vea lo que hay debajo del "voy tirando". No toda la congregación. Una.

Puede ser esa mujer que se sienta cerca y que ya te ha mirado con algo parecido a la comprensión, sin necesidad de palabras. Puede ser quien te llama entre semana sin que se lo pidas, solo para ver cómo estás de verdad. No necesitas encontrar la frase perfecta para abrirte con ella, ni prepararla de antemano. Basta con decir la verdad sencilla, tal cual: "la verdad es que hoy no estoy bien, y necesitaba decírselo a alguien antes de que se me hiciera un nudo más grande".

Esto que lees es una idea de «Sostenida en el valle» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.
  • Piensa en una sola persona de tu iglesia o tu círculo cercano en la que confíes de verdad
  • Esta semana, dile la verdad simple una vez, sin necesidad de explicarlo todo de golpe
  • Deja que la cara puesta del domingo siga existiendo para el resto de la sala, si eso te da sostén

No se trata de derrumbar la cara puesta delante de todos, ni de dejar de sonreír en el pasillo si eso es lo que necesitas para pasar el día. Se trata de que, al menos con una persona, no tengas que ponerla, de que exista un solo sitio donde puedas bajar la guardia entera.

Y si notas que ese guardar el llanto se ha vuelto un pozo del que no logras salir por más que lo intentas sola, o que la tristeza ya no se mueve ni un poco con los días por muchas semanas que pasen, ese es justamente el momento de pedir también ayuda profesional, además de la de tu comunidad de fe. No es señal de que te falte fe: es señal de que te estás cuidando bien, con toda la seriedad que mereces.

La fe no se mide en cuánto logras disimular

Nadie va a darte una medalla por haber cantado con la voz firme un domingo en el que por dentro te estabas cayendo a pedazos. Esa actuación no suma a tu fe ni la certifica delante de nadie, ni delante de Dios ni delante de la congregación. Dios no lleva ese marcador, no apunta cuántos domingos aguantaste sin llorar.

La fe no se mide en cuánto logras disimular. Se sostiene, más bien, en los ratos en que dejas que alguien vea el sitio vacío junto a ti y aun así te quedas en el banco sin salir corriendo. En que sigues yendo, domingo tras domingo, aunque no cantes entero ninguno de ellos. En que le dices a una persona la verdad, aunque tiemble la voz al decirla y se te corte a media frase.

Hoy no tienes que arreglar nada de golpe, ni cambiar de la noche a la mañana cómo llevas esto. Solo elige a esa una persona, piensa en su nombre concreto ahora mismo. Y la próxima vez que te pregunten cómo llevas la semana, prueba a contestar un poco más cerca de la verdad, aunque sea solo con ella.

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la mujer creyente que ha perdido a quien era media casa, y a la que le repiten "ya está en un lugar mejor" cuando lo que necesita es que alguien se quede.

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