Bienestar

Miro a otras parejas y me pregunto cuándo se apagó la nuestra

Estás en una terraza, con el café ya frío porque llevas un rato sin tocarlo, o en la cola del supermercado con el carro medio lleno, o simplemente mirando por la ventana de una cafetería mientras esperas a que te llamen para el pedido, y los ves: una pareja que se ríe de algo tonto, ella le quita una miga de pan de la comisura del labio sin ni siquiera mirar lo que hace, con la mano ya entrenada para ese gesto, él le dice algo al oído y los dos vuelven a reírse, más bajito esta vez, como si el chiste fuera solo suyo. Y a ti se te encoge algo por dentro. No es un pensamiento largo, es más rápido que eso: un pinchazo, casi físico, en el pecho o en la garganta, de esos que te hacen tragar saliva sin querer. Y detrás del pinchazo, la pregunta que no pediste, que llega sola: ¿cuándo se apagó la nuestra?

Si te ha pasado, quiero decirte primero que no eres una persona mezquina por sentirlo. Sé que a veces, justo después del pinchazo, viene la vergüenza: "qué envidiosa soy", "qué feo pensar esto de otra pareja que ni conozco de nada, que a lo mejor tiene sus propios problemas que yo no veo desde aquí". Pero no es envidia, o no solo eso. Es un aviso. El cuerpo te está señalando algo que echas de menos, algo que fue tuyo y que quieres de vuelta. Nada de maldad hacia ellos: nostalgia de vosotros, de un vosotros que existió y que crees, ahí sentada con el café frío, que ya no existe.

Por qué duele tanto una imagen tan pequeña

Lo que ves en esa terraza dura tres segundos, cuatro como mucho. Una miga de pan, una risa, una mano que roza un hombro sin querer decir nada más que "estoy aquí, contigo, y no me cuesta nada estarlo". Y sin embargo te deja tocada el resto de la tarde, te acompaña mientras haces la compra, mientras conduces de vuelta a casa. Yo creo que duele tanto porque es exactamente lo que ya no tenéis, y no hace falta que sea grande para notarlo: no echas de menos un viaje a la playa ni una declaración de amor de película con violines, echas de menos la miga de pan. Lo mínimo. Lo de andar por casa. Y eso, precisamente por ser tan pequeño, es lo que más cuesta pedir en voz alta, porque suena a nada y sin embargo lo es todo.

A mí me pasó delante de una pareja que ni siquiera recuerdo bien, en un bar con demasiada gente y demasiado ruido de fondo, uno de esos sitios donde hay que gritar para pedir una caña. Ellos hablaban bajito, con las cabezas casi juntas, ajenos al ruido de alrededor como si tuvieran su propia burbuja de silencio, y yo estaba sentada enfrente de mi propia pareja mirando la carta como si tuviera algo importante que decidir, cuando en realidad ya sabía que iba a pedir lo de siempre. No estábamos mal, si alguien nos hubiera preguntado habríamos dicho que todo iba bien. Llevábamos meses sin acercar las cabezas para nada, ni para un chiste, ni para nada.

El apagón no llega de golpe, por eso no puedes señalar el día

Una de las cosas que más desconcierta de este pinchazo es que, cuando intentas explicarlo, cuando te sientas a pensar de verdad qué pasó, no encuentras el momento exacto. No hubo una pelea que lo cambiara todo, no hubo un portazo que recuerdes con fecha y hora, no hay una fecha en el calendario que puedas rodear con un círculo y decir "aquí empezó, este día concreto". Y eso hace que te sientas un poco loca, o que dudes de si de verdad ha pasado algo o te lo estás inventando por aburrimiento, por comparar de más.

No te lo estás inventando. Lo que pasa es que estas cosas no llegan como un portazo, llegan como una gotera. Una noche te acuestas diez minutos antes que él o ella porque estás cansada y ya no esperas a que llegue. Otra noche los dos miráis el móvil en la cama en vez de hablar, uno mirando vídeos y el otro contestando correos, y no pasa nada, es solo una noche. Y luego otra. Y luego se convierte en costumbre, y la costumbre en silencio, y el silencio, sin que nadie lo decida, en distancia. Nadie lo hizo mal. Nadie fue el culpable. Simplemente el goteo, gota a gota, fue vaciando algo que antes estaba lleno hasta arriba.

No fue un portazo, fue una gotera: se coló despacio, sin ruido, por una rendija que nadie vigilaba. Y por eso no hay un día para señalar, ni nadie a quien culpar.

Un paso pequeño para hoy: anotar, no comparar

La próxima vez que te pase —y probablemente te va a volver a pasar, porque el mundo está lleno de terrazas y de parejas riéndose, es casi imposible evitarlo del todo— prueba a hacer algo distinto con ese pinchazo. En vez de quedarte comparando ("ellos se ríen, nosotros no", "a ellos se les nota, a nosotros no se nos nota nada, ni de lejos"), gira la mirada hacia dentro un segundo, aunque te cueste, aunque lo primero que te salga sea seguir mirando hacia fuera. Y busca, en los últimos días, un momento propio, por diminuto que sea, en el que sí hubo algo parecido al cariño.

Esto que lees es una idea de «Dejamos de discutir, de tocarnos, de todo» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

No busques un gesto de película. Puede ser que te sujetara la puerta sin pensar, sin ni siquiera darse cuenta de que lo hacía. Que te preguntara si habías comido bien, aunque fuera un mensaje corto entre dos reuniones. Que os cruzarais una mirada de las de antes, aunque solo durara un segundo, delante de la tele, mientras ponían los anuncios. Anótalo, aunque sea mentalmente, aunque sea en una nota del móvil o, mejor todavía, a mano en una libreta que puedas hojear después. No para demostrarte que todo va bien —puede que no vaya del todo bien, y no pasa nada por admitirlo—, sino para no dejar que la comparación con esa pareja de la terraza sea lo único que tengas sobre la mesa hoy.

  • Un gesto sin palabras que sí llegó a pasar esta semana, por mínimo que fuera.
  • Un momento en el que os mirasteis sin que nadie lo forzara ni lo planeara.
  • Una frase corta que dijiste o que te dijeron y que, si lo piensas con calma, tenía algo de ternura dentro.

La pregunta que de verdad importa

Con el tiempo he aprendido a cambiar la pregunta. No es "qué le pasa a esa pareja que se ríe tanto en la terraza de al lado", ni siquiera "qué nos pasó a nosotros", que es una pregunta que puede darte vueltas durante años sin llevarte a ninguna parte. Es más sencilla y más incómoda a la vez: qué quiero recuperar yo. No lo que cree la gente que debería tener una pareja, no lo que parece desde fuera en una terraza cualquiera un domingo por la mañana. Lo que tú, concretamente, echas de menos: una mano en la espalda al pasar por la cocina, una conversación que no sea sobre horarios ni sobre quién recoge a quién, una risa compartida que no dure tres segundos sino que se quede un rato, que os deje sin aliento de reíros.

Esa pregunta no se responde de golpe, ni en una tarde, y no pasa nada. Hoy solo hace falta que la dejes ahí, sin cerrarla con prisa, sin forzar una respuesta que todavía no tienes, y que la próxima vez que el pinchazo aparezca —porque va a volver a aparecer, en otra terraza, en otra cola de supermercado— sepas que no te está señalando a esa pareja de la mesa de al lado. Te está señalando a ti.

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

El silencio también se puede romper. Y se puede romper con cariño.

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