Me preocupo por cosas que aún no han pasado
Estás doblando una camiseta pequeña, de esas que te caben en una mano. Y de pronto, sin que hiciera falta pedírtelo, tu cabeza ya está en la consulta del médico dentro de tres años, con un resultado que no existe, oyendo unas palabras que nadie ha dicho todavía. Sueltas la camiseta. El corazón te va deprisa por algo que no ha ocurrido. Ni va a ocurrir, probablemente. Pero ahí estás tú, viviéndolo entero, con lujo de detalles, mientras la lavadora sigue girando en el fondo como si el mundo no se estuviera cayendo.
Se llama «y si…». Y no llega solo. El «y si…» siempre trae maleta. «¿Y si le pasa algo al niño?» «¿Y si no llega el dinero a fin de mes?» «¿Y si eso que noté la otra noche es algo grave?» Empiezas por una preocupación pequeña y de repente estás en el peor final posible, uno que has montado tú misma, ladrillo a ladrillo, sin darte cuenta de que estás construyendo una casa donde nadie vive.
Tu cuerpo no distingue entre lo que pasa y lo que imaginas
Esto es lo que casi nadie te explica, y por eso te sientes tan cansada: cuando te imaginas la desgracia con detalle, tu cuerpo se lo cree. El pecho se aprieta igual, las manos sudan igual, se te va el aire igual que si estuviera ocurriendo de verdad. No estás exagerando, y desde luego no eres ninguna floja: estás sufriendo un dolor real por un suceso irreal. Sufres la enfermedad que tu hijo no tiene. Lloras el entierro al que nadie ha ido. Pagas por adelantado una factura que quizá no llegue nunca.
Y aquí está la trampa más silenciosa de todas: hay una parte de ti, escondida y muy callada, que cree que preocuparse sirve para algo. Que si lo piensas mucho, si le das mil vueltas, si lo tienes todo previsto, de alguna manera lo estás evitando. Como si tu angustia fuera un peaje que pagas para que la desgracia no venga. Pero no funciona así. La preocupación no protege a nadie, no es ningún seguro. Solo te roba a ti el día de hoy, que sí es real, para pagar por un mañana que a lo mejor ni existe.
Jesús ya sabía de qué pie cojeamos
Me consuela pensar que esto no es un defecto moderno, cosa de móviles y prisas. Es tan viejo como el corazón humano. Por eso Jesús, que nos conocía por dentro, no nos regañó por preocuparnos. Nos habló con una ternura que a mí me desarma cada vez que la leo:
«Así que no os preocupéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su propio afán. Cada día tiene ya bastante con sus propios problemas.» (Mateo 6:34)
Fíjate que no dice «no tengáis problemas». Dice que cada día ya trae los suyos, y que con esos basta. No te pide que vivas sin dificultades, que sería mentira. Te pide algo mucho más amable: que no cargues hoy con el peso de mañana. Que no lleves en la espalda una mochila que aún no te toca. El maná del desierto, ¿te acuerdas?, caía cada mañana y solo daba para ese día. El que intentaba guardar de más, se le echaba a perder. Dios no nos da provisión para las catástrofes imaginadas. Nos da fuerza para la jornada de hoy. Y punto.
El «y si…» que sí puedes plantar cara
No pretendo pedirte que dejes de pensar. Eso es como decirle a alguien «no pienses en un elefante». Pero sí he aprendido, a base de tropezar, que al «y si…» se le puede contestar. No pelearte con él a gritos, sino ponerle delante otra pregunta. Cuando notes que la cabeza se te va corriendo hacia el peor final, prueba a frenar en seco y decirte por dentro, casi en voz baja:
- «¿Esto está pasando ahora, o me lo estoy imaginando?» Nombrarlo ya le quita fuerza. Lo imaginado, cuando lo llamas por su nombre, se hace más pequeño.
- «¿Y si sale bien?» El «y si…» no tiene la exclusiva del futuro. Si tu cabeza sabe inventar desgracias, también sabe imaginar mañanas amables. Dale permiso.
- «Si eso llegara a pasar de verdad, ¿estaría yo sola?» Y ahí te acuerdas de que no. Que Dios no te ha prometido un camino sin baches, pero sí ha prometido no soltarte la mano en ninguno.
- «¿Qué puedo hacer hoy, con lo que tengo hoy?» A veces la respuesta es una llamada, una cita que pedir, una cuenta que revisar. Y a veces la respuesta es, sencillamente, nada. Solo respirar y dejar el mañana donde está: mañana.
No es magia, y conviene decirlo. La primera vez que lo hagas, el «y si…» volverá a los cinco minutos, con más ganas. Es normal. Llevas años entrenando ese músculo del miedo; el otro, el de la confianza, apenas está empezando a despertar. Ten paciencia contigo. La misma que Dios tiene.
Poner nombre a lo que temes, delante de Dios
Hay una cosa que me ha ayudado más que cualquier consejo, y es de las que solo se aprenden a solas. Cuando el «y si…» aprieta, en vez de dar vueltas por dentro en ese idioma nublado de la angustia, lo digo. Lo digo de verdad, con palabras, aunque sea susurrando en la cocina mientras friego. «Señor, tengo miedo de que le pase algo al niño. Ya está. Lo he dicho.» Y algo pasa cuando lo sacas de la cabeza y lo pones sobre la mesa, delante de Dios. El monstruo que vivía en la penumbra, a la luz, resulta que era un temor. Grande, sí. Real, para ti. Pero seguía siendo un temor, y no una sentencia.
Pablo lo sabía cuando escribió aquello de «por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios». No dice «no sintáis nada». Dice «que se conozcan». Sácalas. Ponlas en Sus manos, una a una, con nombre y apellido. No para que Dios se entere, que ya lo sabe todo, sino para que te enteres tú de que no estás cargándolas sola.
Vivir hoy es un acto de fe
A lo mejor te suena raro, pero quedarte en el hoy —doblar esa camiseta pequeña sin viajar a ningún futuro terrible— es de las cosas más creyentes que puedes hacer. Porque es fiarte. Es decirle a Dios, con los gestos y no solo con la boca: «El mañana es tuyo. Yo me quedo aquí, en lo que tengo, que es este día que me has dado.»
No te prometo que el «y si…» no vuelva a asomar. Volverá, seguramente esta misma semana. Pero cada vez que lo reconozcas, que lo nombres, que le contestes y lo dejes en manos más grandes que las tuyas, le estás quitando un poco de terreno. Un poco. Y muchos «pocos», con el tiempo, hacen una casa distinta. Una donde sí se puede vivir. Empieza por hoy. Solo por hoy. El mañana, cuando llegue de verdad, traerá también Su gracia para él.
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