Mente

Me despierto con la mandíbula dolorida y no sé por qué la aprieto tanto

Son las siete y diecisiete de la mañana y todavía no has abierto del todo los ojos, pero ya lo notas: la mandíbula rígida, agarrotada, como si hubieras pasado la noche masticando piedras en vez de durmiendo. Abres y cierras la boca despacio, buscando aflojarla, y oyes ese chasquido pequeño en la articulación, ese clic que ya te resulta tan familiar como el despertador. Y piensas otra vez lo mismo que llevas meses pensando cada mañana: '¿pero qué me pasa?'. Los hombros los tienes casi pegados a las orejas, como si alguien te los hubiera atornillado ahí mientras dormías. El cuello no gira bien hasta media mañana, cuando por fin el café y el movimiento aflojan algo. Y dormir, lo que se dice descansar de verdad, hace tiempo que no duermes así, aunque pases ocho horas en la cama.

Si esto te suena, si te has visto reflejada en ese chasquido de la mandíbula al despertar, quiero decirte algo antes de seguir: no te estás volviendo rara, ni es que tengas mala postura para dormir, ni es solo que trabajes demasiado estas semanas. Puede ser todo eso también, sí, y no te lo voy a negar. Pero muchas veces, muchísimas, hay algo más debajo de todo eso.

El cuerpo guarda lo que la boca no dice

Cuando la rabia no encuentra salida en palabras, no se evapora en el aire como si nada. Tiene que ir a alguna parte, y suele elegir los sitios donde el cuerpo aprieta sin que tú se lo pidas ni te des cuenta: la mandíbula, los hombros, esa zona de detrás de los ojos que a veces te late sin motivo aparente. Es como si el cuerpo dijera, a su manera, lo que tú te callaste durante el día, solo que en un idioma de músculo tenso en vez de en un idioma de frases dichas en voz alta.

Piénsalo así, repasando un día cualquiera de esta semana. Durante el día dijiste 'no pasa nada' tres o cuatro veces sin ni siquiera pararte a comprobar si era verdad. Aguantaste el comentario del compañero sobre tu forma de trabajar, la broma pesada del cuñado en la comida, la carga extra que te tocó sin que nadie preguntara antes si podías con ella. Todo eso lo tragaste con una sonrisa razonable y educada, porque montar un lío por eso hubiera sido, pensaste, demasiado. Pero esa rabia pequeña, sin sitio donde salir durante el día, no desaparece cuando apagas la luz de la mesilla. Se va a la mandíbula. Se aprieta ahí, en silencio absoluto, mientras tú duermes, o intentas dormir sin conseguirlo del todo.

Por eso a veces te despiertas más cansada de lo que te acostaste, y eso desconcierta más que cualquier otra cosa. No has descansado en realidad: has pasado la noche entera apretando los dientes contra algo que ni siquiera nombraste mientras estabas despierta.

Esto no es "solo estrés", aunque te lo hayan dicho así

Seguro que alguien, en algún momento, quizá en la última revisión del dentista o en una charla con una amiga, te ha dicho que es estrés, sin más. O que es la edad. O que duermes mal porque sí, porque a veces pasa y ya está, no le des más vueltas. Y puede que haya algo de verdad ahí también, no lo voy a descartar del todo. Pero llamarlo solo estrés es quedarse en la superficie de algo que tiene una historia mucho más concreta y con nombre y apellido: no es un estrés genérico flotando en el aire de la habitación, es la rabia de ESTA semana, de ESTE comentario que se te quedó clavado, de ESTA persona con la que te vuelves a tragar lo mismo, sesión tras sesión, cena tras cena.

No hace falta que le pongas una etiqueta grande ni que lo conviertas en un diagnóstico solemne para tomártelo en serio. Solo date el permiso de sospechar que hay una historia concreta detrás del dolor, en vez de conformarte con "será el estrés" y seguir apretando la mandíbula noche tras noche sin mirar más.

Un chequeo de treinta segundos, tres veces al día

El paso de hoy es pequeño, y precisamente por eso es de los que sí puedes hacer aunque el día venga cargado. No te estoy pidiendo que soluciones nada todavía, ni que cambies nada de golpe, solo que empieces a notar lo que ya está pasando en tu cuerpo.

  • Por la mañana, nada más despertar: antes de levantarte de la cama, pregúntate dónde tienes tensión ahora mismo. Mandíbula, hombros, manos cerradas en puño. Solo notarlo, sin hacer nada más todavía.
  • A media tarde, en algún momento del trabajo o de las tareas de casa, entre el fregadero y el correo pendiente: para treinta segundos y repite el chequeo. ¿Sigues con la mandíbula apretada? ¿Desde cuándo, más o menos, si tuvieras que adivinarlo?
  • Por la noche, antes de dormir, con la luz ya baja: el mismo chequeo de siempre, y si puedes, una frase corta escrita a mano sobre qué te tragaste ese día sin decir nada en voz alta.
Esto que lees es una idea de «La rabia que me tragué» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

No se trata de relajar la mandíbula a la fuerza, como quien hace un ejercicio de gimnasio contando repeticiones. Se trata de ir aprendiendo a reconocer el momento exacto en que empiezas a apretar, porque ese momento suele coincidir, casi siempre, con algo que acabas de decidir callarte. Ese es el dato que de verdad interesa, no el músculo en sí mismo.

Con el tiempo, ese chequeo de treinta segundos se convierte en una especie de alarma temprana que aprendes a escuchar. Notas la tensión antes de que se convierta en dolor de mandíbula al despertar, y ese aviso previo te da la oportunidad de decir algo pequeño en el momento en que ocurre, en vez de guardarlo otra vez para que lo acabe pagando tu cuerpo por la noche, solo, en silencio.

Cuándo esto pide algo más que un cuaderno

Quiero ser clara en esto porque me parece importante decirlo sin rodeos: trabajar la rabia tragada puede ayudarte a soltar mucha tensión acumulada, pero no sustituye el cuidado del cuerpo cuando el cuerpo ya está pidiendo ayuda de verdad, con síntomas que van más allá de la incomodidad. Si el dolor de mandíbula es constante y no da tregua, si notas que rechinas los dientes por la noche (lo que se llama bruxismo severo) o si el dolor se te extiende a los oídos o a la cabeza de forma frecuente, merece la pena que lo mires también con un profesional de la salud, un dentista o quien corresponda según lo que note. Una cosa no quita la otra: puedes trabajar la rabia que guardas, con tu cuaderno y tu chequeo de treinta segundos, y al mismo tiempo cuidar el cuerpo que la ha estado sosteniendo, apretando los dientes, todo este tiempo.

No tienes que arreglarlo todo esta noche, ni siquiera esta semana. Solo empieza por notar dónde aprietas, y a partir de ahí, un día cada vez, sin prisa.

Si esto te ha tocado, sigue por aquí

¿Por qué siento tanta culpa cada vez que me enfado?

Leer ahora →

o quizá: Exploté por una tontería y no sé de dónde salió tanta rabia · Soy la buena de la familia y ya no sé si es un halago o una condena

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para "la buena", la que nunca protesta y por dentro lleva una despensa a punto de reventar.

Llévate la guía gratis de 1 página

Déjame tu email y te la envío ahora mismo. «El volcado de 5 minutos»

Te enviaré la guía y, de vez en cuando, algo que pueda ayudarte. Sin spam; date de baja cuando quieras.

17 €Garantía de 30 días — te devuelvo el importe, sin preguntas
Ver el cuaderno