Mente

Exploté por una tontería y no sé de dónde salió tanta rabia

Son las nueve y cuarto de la noche. Acabas de terminar de recoger la cocina, tienes las manos todavía un poco mojadas, y ves el vaso: mal puesto, un poco torcido, asomando por el borde de la encimera como si nada. Y entonces pasa. De tu boca sale un grito que no tiene nada que ver con un vaso, un grito que sube desde algún sitio que ni tú conocías, y que retumba raro en una cocina que hace un segundo estaba en silencio. Te oyes a ti misma como si fuera otra persona la que ha gritado, y piensas: ¿quién ha dicho eso? Después viene ese silencio espeso que se queda flotando, el que nadie sabe cómo romper. Y tú, con el trapo todavía en la mano, mirando el vaso, mirándote casi a ti misma, pensando qué me pasa.

Si has llegado hasta aquí buscando esto, seguramente ya te has hecho la pregunta cien veces, de madrugada, en la ducha, conduciendo. No por el vaso, claro, el vaso ya ni te acuerdas de dónde lo dejaste después. Por lo de después: por qué tanto, por qué así, por qué contigo, que ni siquiera levantas la voz normalmente, que eres de las que piden perdón hasta cuando alguien te pisa a ti.

No te has vuelto loca, y tampoco exageras

Lo primero que quiero decirte, antes de nada, es que no te pasa nada raro. No te has convertido en una persona irascible de la noche a la mañana, ni te has despertado un día siendo otra. No exageras cuando dices que ese grito no tenía proporción con el vaso: tienes razón, no la tenía. Y precisamente ese desajuste, el que no te cuadra por más vueltas que le des, es la pista más honesta que tienes ahora mismo.

Porque la rabia que sale por una tontería casi nunca es rabia por la tontería. Es rabia por otra cosa, casi siempre por varias cosas a la vez, que llevaban tiempo esperando una puerta por donde salir. Y el vaso, sin comerlo ni beberlo, sin haber hecho nada especialmente grave, fue la puerta que encontró esa noche.

La despensa llena

A mí me ayuda pensarlo como una despensa. Cada vez que dices 'no pasa nada' cuando sí pasaba algo, metes una lata más ahí dentro. Cada comentario que te tragas en la comida familiar, cada vez que cedes el último trozo aunque te apeteciera a ti, cada razón que tenías de sobra y no dijiste por no montar un lío, es una lata que entra y se queda guardada en la balda de atrás. Nadie la ve. Tú tampoco, la mayoría de las veces, porque estás demasiado ocupada siendo la que no da problemas, la que lleva bien las cosas.

El problema de una despensa es que tiene un límite, aunque no lo tenga escrito en ninguna parte. No avisa cuando se está llenando, no hay una luz roja que se encienda. Un día metes la lata que ya no cabía, y no es que esa lata en concreto fuera tan grande ni tan grave, no es que el vaso fuera el peor vaso del mundo. Es que ya no había sitio para nada más. Y todo lo que había dentro sale a la vez, empujando, por donde puede, casi siempre por el sitio menos indicado: un vaso mal puesto, una manga de camisa que no dobla bien, un comentario de tu pareja sobre la cena que en cualquier otro momento habrías dejado pasar.

Por eso no encaja el tamaño del grito con el tamaño del motivo, por más que le des vueltas buscando la lógica. Porque no estabas gritando por el vaso. Estabas gritando por todo lo que llevabas guardado antes de que el vaso apareciera, por la semana entera, quizá por meses.

Coge papel antes de que vuelva a subir

No te voy a pedir que te prometas no volver a explotar. Esa promesa no la vas a poder cumplir, y lo sabes tan bien como yo. Además es la promesa equivocada: pone el foco en controlar la explosión final, que es justo la parte que menos depende de ti en caliente, en vez de mirar lo que la fue alimentando lata a lata durante días.

Esto que lees es una idea de «La rabia que me tragué» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

Así que el paso de hoy es otro, más pequeño y más honesto con lo que de verdad ha pasado. Coge un papel, o el cuaderno si ya tienes uno empezado, y escribe, sin ordenarlo ni juzgarlo, qué llevabas tragado esta semana antes de explotar. No tiene que ser algo enorme para contar, no busques la lata gigante que lo explique todo de golpe. Puede ser 'me molestó que no me preguntara cómo me había ido el día', o 'llevaba dos días queriendo decir que necesitaba ayuda con la casa y no lo dije porque parecía una tontería pedirlo'. Busca todas las pequeñas, las que parecen no ser nada por separado.

Solo eso. Nombrar lo que había en la despensa, sin prometer vaciarla del todo hoy mismo, sin exigirte que esto se arregle en una noche.

Y la culpa que viene después

Sé que ahora mismo, mientras lees esto, probablemente sigue ahí la culpa, pegada a ti como un olor que no se va. Llega siempre detrás, como una sombra, en cuanto baja el grito y vuelve el silencio: la cara de la otra persona, ese silencio incómodo que se instala en la casa, y tú pensando que eres una exagerada, una desagradecida, una persona que no controla lo que siente ni sabe estar a la altura.

Quédate un momento con esto, aunque cueste: la culpa no te está ayudando a entender nada, solo te está castigando por algo que ya pasó y que no se puede deshacer castigándote más. Entender el patrón, qué llevabas guardado, desde cuándo, con quién, sí te ayuda a que la próxima vez sea distinta. Quedarte revolcándote en la culpa, no te lleva a ningún sitio nuevo. Así que, si puedes, hoy prueba a cambiar la pregunta. En vez de '¿qué me pasa que exploto así?', pregúntate '¿qué llevaba tragado antes de explotar?'. Es la misma escena exacta, el mismo vaso, el mismo grito, pero mirada desde el sitio que de verdad te va a servir para la próxima vez.

Si esto te ha tocado, sigue por aquí

¿Es normal sentir tanta rabia por cosas que en el fondo son pequeñas?

Leer ahora →

o quizá: Por qué sonreír y decir "no pasa nada" no hace que la rabia desaparezca · Por qué escribir a mano, un día cada vez, ayuda a soltar la rabia que tragas

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para "la buena", la que nunca protesta y por dentro lleva una despensa a punto de reventar.

Llévate la guía gratis de 1 página

Déjame tu email y te la envío ahora mismo. «El volcado de 5 minutos»

Te enviaré la guía y, de vez en cuando, algo que pueda ayudarte. Sin spam; date de baja cuando quieras.

17 €Garantía de 30 días — te devuelvo el importe, sin preguntas
Ver el cuaderno