La blusa que planché para un sitio al que ya no iba
Era domingo por la tarde y yo estaba doblando toallas, con la tabla de planchar todavía abierta al lado, cuando me di cuenta de que llevaba un buen rato repasando la semana en la cabeza. No la semana de verdad, la que tenía delante, que no tenía absolutamente nada apuntado en ningún sitio. La otra. La que ya no existía desde hacía meses, pero que mi cabeza seguía repasando por costumbre, como quien sigue marcando un número de teléfono que ya nadie contesta.
Habían pasado casi cinco meses desde mi último día de trabajo, cinco meses que en el calendario sumaban ya una temporada entera. Y ahí seguía yo, sábado tras domingo, sin darme demasiada cuenta, haciendo un repaso mental de reuniones que no iba a tener nunca más, de una carpeta concreta que no iba a volver a abrir, de una persona a la que ya no tenía que llamar el lunes a primera hora para cerrar un tema pendiente. Lo hacía sin darme cuenta del todo, casi de forma automática, como quien tararea una canción que ya no suena en ningún sitio pero que se le queda pegada de todos modos.
Ese domingo en concreto había café frío en la mesa de la cocina, del que me había servido a media mañana con toda la intención de tomármelo caliente y se me había olvidado por completo. Y el móvil, en silencio absoluto, boca abajo sobre el mármol, sin una sola notificación. Antes, a esa hora exacta del domingo, mi teléfono ya empezaba a moverse un poco, casi puntual: un mensaje del trabajo que no podía esperar al lunes por algún motivo urgente, alguna duda de última hora de un compañero. Ese silencio del teléfono se había vuelto tan normal con los meses que ya casi no me fijaba en él. Pero ese día sí me fijé. Ese día el silencio se notó de una manera distinta, casi física.
Fui al armario a buscar algo que ponerme para salir a por el pan, nada especial, y ahí estaba, colgada aparte de las demás, la blusa azul que me había planchado la semana anterior con más cuidado del habitual. La había planchado con esmero, pasando la plancha despacio por el cuello, como hacía siempre los domingos por la tarde, para tenerla lista y perfecta para el lunes. Para ir a un sitio concreto. Un sitio al que ya no iba desde hacía cinco meses.
Me quedé mirándola un segundo de más y pensé: "para qué la he planchado, si no hay ningún lunes esperándome".
No lloré. No fue ese tipo de escena que uno se imagina al oír la palabra duelo. Fue más bien una risa corta, un poco tonta, de esas que te salen cuando te pillas a ti misma haciendo algo sin ningún sentido y no sabes bien si reírte del todo o darte un poco de pena a ti misma por dentro. Planchar una blusa impecable para ningún sitio en concreto. Como quien pone la mesa con mantel bueno para un invitado que ya no va a venir nunca.
Ahí, con la blusa todavía en la mano, la percha colgada del dedo índice, entendí algo que llevaba semanas sin nombrar del todo: no era solo que me sobrara tiempo por todos lados, era que mi cuerpo seguía preparándose, por inercia pura, para una vida que ya se había ido hacía tiempo, y una parte de mí todavía no se había enterado de la noticia. Seguía planchando con el mismo esmero de siempre, revisando la agenda mental que ya no existía, esperando el ruido del móvil que no iba a llegar, como si el lunes fuera a presentarse disfrazado de siempre, con su prisa y su café rápido.
Colgué la blusa otra vez en el armario, despacio. No la guardé al fondo del todo como quien esconde algo que da vergüenza, ni la regalé de un impulso, ni monté ningún drama con ella delante del espejo. La dejé ahí, a la vista, en su sitio de siempre, y me prometí una cosa pequeña pero que sentí importante: que la próxima vez que planchara algo con ese cuidado, con esa dedicación exacta de domingo por la tarde, sería para algo mío. No para un trabajo que ya no existía en ningún sitio. Para mí, solo para mí.
No sabía todavía para qué exactamente. No tenía ni la menor idea de qué era "lo mío" a esas alturas de mi vida, y tampoco pretendía resolverlo esa misma tarde de domingo con el café ya frío. Solo decidí, ahí de pie frente al armario abierto, que el gesto de cuidarme, de prepararme con mimo, de planchar algo con dedicación, no tenía por qué morir junto con el trabajo. Podía quedarse conmigo. Lo único que tenía que cambiar era el destino de ese cuidado.
Al lunes siguiente no me puse la blusa azul, la dejé descansar un poco más en la percha. Me la puse el miércoles, para ir a comer con mi hermana, sin ningún motivo especial más que apetecerme de verdad esa mañana. Y mientras me la abrochaba despacio, botón a botón, delante del espejo del pasillo, pensé que era la primera vez en meses que me vestía para algo que había elegido yo misma, con calma, y no para algo que se había acabado sin que yo lo decidiera.
No fue una epifanía de las que cambian una vida de golpe. No hubo ninguna luz que se encendiera de repente ni una frase mágica que lo arreglara todo en un instante. Fue un domingo cualquiera, con café frío y un teléfono callado sobre el mármol, que empezó a cambiar de sentido muy despacio, casi sin que yo me diera cuenta del todo mientras ocurría. Como cambian las cosas de verdad, creo yo ahora, mirándolo con perspectiva: no de un salto brusco, sino planchando otra blusa, para otro sitio distinto, un poco más adelante en el tiempo.
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