Fe

¿Está mal estar enfadada con Dios?

Estabas fregando un plato. No rezando, no en la iglesia: fregando, con el grifo abierto y el agua corriendo, y de pronto te has oído decir en voz baja, entre dientes, «pues muy bien, Señor, muy bien». Y no lo has dicho con dulzura. Lo has dicho con la mandíbula apretada, como se le habla a alguien que te ha fallado. Has cerrado el grifo. Te has quedado con las manos mojadas mirando la ventana. Y lo siguiente que has sentido no ha sido alivio: ha sido un susto. Un «¿pero cómo le hablo yo así a Dios?».

Igual llevas días con eso dentro. Le pides algo desde hace tanto que ya ni sabes ponerle fecha, y del cielo no baja nada. Y un día la tristeza se cansa y se convierte en otra cosa. En rabia. En un enfado sordo con Aquel que podría y no lo hace. Y luego, encima, la culpa: porque una mujer creyente no debería enfadarse con Dios, ¿verdad? Eso pensabas.

Lo primero que sentiste después no fue paz: fue miedo a haber cruzado una raya

Hay un momento, justo después de soltarle a Dios lo que llevabas dentro, en que te asustas de ti misma. Como si hubieras dicho una barbaridad delante de tu padre y esperaras la bofetada. Te entra la prisa por arreglarlo: «perdóname, Señor, no quería decir eso, no me hagas caso». Rectificas a toda velocidad, no vaya a ser.

Y quiero que nos paremos ahí, en ese susto, porque de ese susto nace casi toda la culpa. El susto viene de una idea que te han metido dentro sin que tú la eligieras: la idea de que a Dios solo se le puede hablar bien. Con voz de domingo. Sonriendo. Que enfadarse es de mala hija, de poca fe, de creyente floja. Y esa idea, por muy repetida que la hayas oído, no es del todo verdad.

Porque si abres los Salmos —que son el libro de oraciones que Dios mismo dejó en su Palabra para que aprendiéramos a hablarle— no encuentras solo alabanzas bonitas. Encuentras gente enfadada. Gente que le grita. Gente que le reprocha a Dios su silencio a la cara.

Los Salmos están llenos de gente cabreada con Dios (y ahí siguen, en la Biblia)

Hay un tipo de salmo que se llama «de lamento», y es casi la mitad del salterio. No se coló por descuido ni es un desliz que alguien olvidó tachar: es oración. Oración de verdad, la que Dios quiso conservar. Y en esos salmos la gente no le habla a Dios como si tuviera miedo de molestarle. Le habla como quien confía tanto que se atreve a quejarse.

El salmo 13 empieza sin rodeos, casi con reproche:

¿Hasta cuándo, Señor? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás de mí tu rostro?

Eso no es una jaculatoria mansa. Es un «¿hasta cuándo vas a seguir callado?». Es exactamente lo que tú murmuraste fregando el plato, solo que escrito hace tres mil años y metido en la Biblia. Y no lo tacharon. No pusieron al lado una nota diciendo «este señor pecó por hablarle así a Dios». Lo dejaron ahí, como modelo, para ti.

Fíjate en algo importante: toda esa gente que se queja en los Salmos, se queja hablando con Dios, no de espaldas a Él. Es una diferencia enorme. No están en el bar poniéndolo a caldo. Están de rodillas, o de pie, o retorciéndose, pero con la cara vuelta hacia Él. Y ese detalle lo cambia todo, como veremos.

La diferencia entre enfadarse con Dios y darle la espalda

Yo he conocido a mujeres que dejaron de rezar del disgusto. Que un día, después de años pidiendo, decidieron que se acabó: ni una oración más, para qué. Y lo entiendo, de verdad que lo entiendo. Pero ese enfado no está sano; se ha convertido en cerrojo, en dar media vuelta.

El enfado que cabe en la fe es otro. Es el que sigue mirando a Dios de frente aunque sea para reprocharle. El que dice «estoy furiosa contigo, pero es contigo con quien estoy hablando, no con la pared». Reconoce estas dos maneras tan distintas de estar enfadada:

  • El enfado que cierra la puerta: dejo de rezar, dejo de leer, dejo de ir, que se las arregle Él si tanto puede. Es rabia que se vuelve muro.
  • El enfado que sigue llamando a la puerta, aunque sea aporreándola: «¿por qué no me contestas?, ¿es que no me oyes?, ¿dónde estás?». Es rabia que todavía espera respuesta.
  • El primero se aleja de Dios; el segundo, por raro que suene, es una forma de fe. Porque solo le reprochas su ausencia a alguien de cuya presencia todavía no te has rendido del todo.

No te pido que finjas que no estás enfadada. Te pido que, si lo estás, lo estés de cara a Él. Que le lleves el enfado a Él, en vez de guardarlo lejos de Él. Es lo que hizo aquella gente de los Salmos, y por eso su queja terminó siendo oración.

Por qué callarte el enfado no te hace más santa

Hay quien piensa que la mujer piadosa es la que se traga todo. La que pone buena cara, da gracias por todo aunque por dentro esté rota, y jamás le levantaría la voz a Dios. Y a lo mejor lo llamas humildad. Pero muchas veces no es humildad: es miedo. Miedo a que, si dices lo que sientes de verdad, Dios se aparte todavía más.

Y ese miedo dice algo triste de la idea que tienes de Él. Como si Dios fuera tan frágil, o tan susceptible, que no soportara oír a una hija suya decirle que está dolida. El Dios de la Biblia no es así. Aguantó a Job entero, capítulos y capítulos de reproches, de «¿por qué me haces esto?», y al final no le riñó por haberse quejado: le riñó a los amigos que le soltaban discursitos religiosos en vez de dejarle sufrir de verdad delante de Dios.

Esto que lees es una idea de «Cuando Dios calla» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

Tragarte el enfado no te acerca. Solo lo esconde. Y lo escondido no se sana; se enquista. Sigue ahí, debajo de la sonrisa del domingo, agriándote por dentro. Sacarlo a la luz, delante de Dios, con todas sus letras, es más honesto —y más creyente— que fingir una serenidad que no tienes.

Qué le puedes decir a Dios esta noche sin traicionar tu fe

No tengo una oración mágica que te ponga el enfado en su sitio. Ojalá. Pero sí sé una cosa: el enfado que se pone en palabras y se le entrega a Dios empieza a pesar distinto. No desaparece de golpe, pero empieza a pesar de otra manera.

Así que esta noche, si te atreves, prueba a hablarle sin maquillaje. No hace falta que empieces con «Padre bueno» si no te sale. Puedes empezar con «estoy enfadada contigo, y no sé qué hacer con esto». Puedes decirle desde cuándo esperas. Puedes decirle que te sientes olvidada, que no entiendes su silencio, que te duele. Todo eso cabe. Todo eso lo han dicho antes santos que hoy veneramos.

Y si te ayuda escribirlo en lugar de decirlo —porque a veces la mano ordena lo que la boca no acierta a soltar—, escríbelo. Ponlo negro sobre blanco, sin corregirte, sin quedar bien. No para enseñárselo a nadie. Solo para sacarlo de dentro y dejarlo delante de Dios, que ya lo sabía antes de que tú lo escribieras.

A Dios no le escandaliza tu enfado. Le escandaliza que te lo guardes tan lejos de Él que ni siquiera se lo puedas contar.

No sé si el cielo se va a abrir mañana. Eso no puedo asegurártelo, porque no me corresponde y porque tú ya has oído demasiadas promesas fáciles. Lo que sí sé es que estar enfadada con Dios no te ha echado de su casa. Sigues dentro. Sigues siendo suya, hasta cuando le hablas con la mandíbula apretada. Y eso —que puedas enfadarte con Él sin dejar de ser suya— quizá sea, precisamente, la prueba de que todavía crees.

Descansa un poco esta noche. Y mañana, si vuelve el enfado, no lo escondas: llévaselo. Es exactamente adonde tiene que ir.

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la que ha rezado y rezado por lo mismo, y siente el cielo de hierro.

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