Bienestar

¿Es normal sentirse sola teniendo pareja o familia cerca?

Sí. Es más normal de lo que parece, y no significa que tu relación esté rota ni que quieras menos a quien tienes al lado, durmiendo en el mismo lado de la cama de siempre. Se puede compartir casa, mesa y cama con alguien, conocer de memoria cómo respira dormido, y aun así sentir, algunas tardes, un silencio que no tiene nada que ver con estar sola en sentido literal, un silencio que se cuela precisamente porque hay alguien delante y aun así no llega.

Lo digo así de claro al principio porque sé lo que pesa esa pregunta cuando te la haces por dentro, mirando de reojo a quien tienes al lado en el sofá, y no te atreves a decirla en voz alta: qué me pasa, que teniendo a alguien me siento así, será que no le quiero lo suficiente, será que algo va mal y no lo veo. No te pasa nada raro. Te pasa algo que le pasa a mucha más gente de la que crees, solo que casi nadie lo cuenta, porque suena como una traición admitirlo.

Compañía física y compañía que se nota

Hay una diferencia entre que alguien esté en la misma habitación y que alguien esté, de verdad, contigo. La primera se nota en el sofá compartido, en el ruido de dos personas moviéndose por la misma casa, en la cena servida para dos con dos platos y dos vasos. La segunda se nota en otra cosa, más difícil de señalar con el dedo: en que cuando cuentas algo que te preocupa, la otra persona deja el móvil, deja lo que está haciendo, y te mira a los ojos de verdad. En que hay ratos, aunque sean cortos, de diez minutos antes de dormir, en los que sientes que te ven de verdad, no solo que están cerca ocupando espacio.

Se puede tener la primera sin la segunda durante temporadas largas, meses incluso, sin que nadie se dé cuenta de que algo se ha ido apagando poco a poco. Y ahí es donde aparece esa soledad rara, la que no tiene explicación fácil porque si tengo pareja, si tengo familia, de qué me quejo, con qué derecho me siento así si tengo lo que otros querrían tener. No te quejas de nada. Estás notando un vacío real, y notarlo no es ser desagradecida, es ser sincera contigo misma, que es distinto y mucho más difícil.

Cómo se ve esto en el día a día

No suele llegar con un portazo ni con una discusión que puedas señalar como el principio del problema. Llega más bien así: la conversación de la cena que ya solo habla de horarios, de la compra, de quién recoge a quién del cole o de la academia. El rato del domingo por la tarde compartiendo sofá y películas, mantas incluso rozándose, pero cada uno mirando también el móvil con la otra mano, sin cruzar una palabra que no sea práctica, sin comentar ni una escena de lo que estáis viendo juntos. Preguntas que ya no se hacen porque total, ya sé lo que me va a contestar, para qué preguntar si ya me sé la respuesta de memoria.

Nada de esto es dramático por separado, ni siquiera notable en el momento: un domingo con el móvil, una cena hablando de la compra, no son señales de alarma por sí solas. El problema es cuando se acumulan meses así, uno detrás de otro sin que nadie lo nombre, y un domingo cualquiera te descubres sentada al lado de alguien, con su hombro rozando el tuyo, y sintiéndote tan sola como si estuvieras en la otra punta de la ciudad, o del país.

  • Se comparte casa y aun así sientes que no cuentas lo que de verdad te preocupa.
  • Las conversaciones se han quedado en lo logístico: horarios, tareas, recados.
  • Pasáis tiempo juntos, pero cada uno en su pantalla, sin miraros.
  • Hace tiempo que no te preguntan algo que te obligue a pensar la respuesta.

Cuándo hablarlo con esa persona y cuándo mirarlo primero tú sola

A veces esto pide una conversación con quien tienes al lado: decirle, sin reproche y sin esperar a la próxima discusión para soltarlo todo de golpe, que echas de menos que os preguntéis cosas de verdad, que te gustaría recuperar ratos sin móvil, aunque sea uno a la semana. Una conversación así, dicha desde la ternura y no desde la acusación, con la voz baja y no alzada, suele abrir más puertas de las que crees, incluso cuando temes que vaya a sonar a queja.

Esto que lees es una idea de «Los domingos eran lo peor» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

Y otras veces el vacío no es tanto de la relación como de una misma: llevas tanto tiempo sin pararte a mirar qué necesitas que ni siquiera sabrías explicarle a la otra persona qué es lo que echas en falta, y cualquier conversación se queda coja porque ni tú misma tienes las palabras todavía. En ese caso el primer paso no es una charla con nadie más, es una charla contigo, a solas, quizá con un cuaderno delante. Antes de pedirle a otra persona que te vea distinto, ayuda saber tú misma qué tipo de compañía es la que te falta: conversación de verdad, ratos de silencio compartido sin pantallas de por medio, que te pregunten cómo estás y esperen sentados la respuesta de verdad, no la de cortesía.

Estar acompañada y sentirte acompañada no son la misma cosa, y aprender a distinguirlas es el primer paso para pedir lo que de verdad necesitas.

Nombra lo que echas de menos, aunque tengas compañía

No hace falta resolver esto en una tarde ni preparar un discurso para la próxima cena. Basta con nombrarlo, aunque sea solo para ti, en una frase corta escrita a mano si te ayuda a verlo fuera de la cabeza: lo que echo de menos es que me pregunten y se queden a escuchar la respuesta, o lo que sea que te salga a ti, con tus propias palabras y no con las de este texto. Ponerle palabras a lo que falta es lo que después permite pedirlo en voz alta, o buscarlo por otro lado si hace falta, sin cargar con un malestar que ni siquiera sabes nombrar y que por eso mismo pesa el doble.

Y si al mirarlo con calma notas que esto no es solo un bache de rutina sino una tristeza que lleva ya mucho tiempo instalada, meses o años, y no hay charla ni ritual ni cena especial que la mueva ni un poco, ese es justo el momento de hablarlo con un profesional. No es una señal de que hayas fracasado en la pareja ni en la familia, ni de que hayas hecho algo mal: es cuidarte como toca, con la misma seriedad con la que cuidarías cualquier otra cosa que no se mueve por sí sola.

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Estar sola no tiene por qué doler así.

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