Bienestar

Digo que estoy bien pero por dentro me siento muy sola

"¿Qué tal todo?" "Bien, bien, liadísima." Lo dices sin pensar, con la boca ya haciendo la sonrisa antes de que termine la pregunta, casi antes de que la otra persona acabe de formularla. Es un reflejo tan entrenado que ni siquiera lo decides: la voz sale un poco más aguda de lo normal, casi alegre, mientras cambias el peso de un pie a otro en el pasillo de la oficina o sujetas el móvil contra la oreja con el hombro. Y en ese mismo segundo, por dentro, hay un silencio que pesa como una losa apoyada justo en el esternón. ¿Mentira? No exactamente. Es una verdad a medias que se ha vuelto automática de tanto repetirla, como una canción que ya no escuchas, solo tarareas.

Lo raro no es sentir eso. Lo raro sería no protegerte. Decir "pues la verdad, fatal, llevo tres domingos sin hablar con nadie más que con la cajera del súper, y hasta con ella intercambié más frases de la cuenta" no es algo que se diga así, a bocajarro, en un pasillo con prisa o en un wasap rápido entre reunión y reunión. Así que sale el "bien", envuelto en ese tono ligero, y con él una capa más de la máscara que ya llevas puesta, una encima de otra, hasta perder la cuenta de cuántas hay debajo.

La vergüenza que no se nombra

Debajo de esa sonrisa hay algo más incómodo que la propia soledad: la sensación de que no deberías sentirla. Que a tu edad, con tu vida, con la gente que tienes alrededor aunque sea de lejos —el trabajo, la familia que llama por Navidad, algún amigo del instituto que sigue en tus redes—, esto "ya no toca". Como si sentirse sola fuera un examen que se supone que ya aprobaste hace años, con nota, y que suspender ahora te delatara como alguien que no ha sabido hacer bien su vida.

Y entonces la soledad se convierte en dos cosas a la vez: el vacío del domingo por la tarde, ese hueco concreto y físico, y la vergüenza de tener ese vacío, que es otro peso distinto encima del primero. Una encima de la otra, como capas de ropa en invierno que al final no dejan moverte bien. Por eso cuesta tanto decirlo en voz alta, incluso a quien te quiere de verdad. No es que temas que no te entiendan. Es que temes que confirmen lo que ya sospechas de ti misma en esos momentos de bajón: que algo falla, que hay una pieza mal puesta que los demás no tienen.

No falla nada. Sentirse sola no es un fracaso personal, es algo que le pasa a muchísima más gente de la que imaginas, gente que también dice "bien" en el ascensor con la misma sonrisa entrenada, y llega a casa, cierra la puerta, y se sienta con el abrigo puesto un rato antes de quitárselo, como si quitárselo fuera aceptar que ya ha llegado el domingo por la tarde de verdad y no hay nadie más a quien engañar.

El precio de sostener la máscara

Aquí está lo que nadie te cuenta: cuanto más perfecta es la máscara, más sola te deja. Porque si delante de todo el mundo estás "bien, con mucho lío", con la agenda que rebosa y la sonrisa a punto, nadie tiene motivo para preguntar dos veces. Nadie insiste. Nadie se cuela por esa rendija que no dejaste abierta a propósito, por miedo a que se note la grieta. Y tú te quedas exactamente donde estabas, sosteniendo el mismo peso, pero ahora también cansada de fingir, que es un cansancio aparte, uno que no se cura durmiendo.

Decir «estoy bien» y sentirte bien son dos cosas distintas, y tú lo sabes mejor que nadie cuando repites esa frase por costumbre. Puedes tener a alguien delante y sentir ese silencio igual. Y puedes estar de verdad sola y no sentirlo tanto, si sabes qué hacer con ese rato.

La máscara no es mala en sí misma. A veces hace falta, no todo el mundo tiene por qué saberlo todo, ni todos los momentos son el momento adecuado para soltar según qué. El problema es cuando se vuelve la única forma que conoces de estar con la gente, el traje que ya no te quitas ni en casa de tu madre. Cuando ya ni siquiera te acuerdas de la última vez que dijiste "la verdad, no muy bien" y te quedaste ahí, sosteniendo la mirada de la otra persona, esperando a ver qué pasaba después de decirlo.

El paso de hoy: la verdad a tamaño pequeño

No hace falta desmontarlo todo de golpe. No hace falta sentarte con tu madre o con tu mejor amiga y soltar media vida de una tacada, con lágrimas incluidas y confesión completa. Eso asusta, y con razón: parece una losa demasiado grande para cargarla otra persona de sopetón, y probablemente ni tú misma sabrías por dónde empezar a explicarla.

Esto que lees es una idea de «Los domingos eran lo peor» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

El paso de hoy es más pequeño y más manejable: elige a una sola persona, la que menos te cueste, y dile una verdad a tamaño pequeño. No "me siento muy sola", que puede sonar a mucho para empezar y asustar a las dos partes. Algo más discreto: "la verdad, este domingo se me ha hecho largo". O "últimamente los fines de semana me cuestan más de lo que parece". Una frase, no un discurso, dicha con la misma naturalidad con la que dirías que hace frío.

  • Elige a alguien con quien ya exista algo de confianza, aunque sea poca.
  • Dilo en un momento tranquilo, no en medio de una prisa.
  • No lo justifiques ni lo expliques de más: una frase basta.
  • No esperes que resuelva nada. Solo estás abriendo una rendija.

Puede que la otra persona no sepa muy bien qué responder, se quede callada un segundo de más o cambie ligeramente de postura. Puede que diga algo torpe, o algo bonito, o simplemente "vaya, no lo sabía, cuéntame". No importa tanto la respuesta como el gesto de haberlo dicho tú primero. Es la primera grieta en una pared que llevas tiempo sosteniendo sola, con las dos manos, sin dejar que nadie más apoye ni un dedo.

Nombrarlo en voz baja ya es empezar

No hace falta que ese primer paso cambie el domingo entero. No lo va a hacer, y está bien que no lo haga: el domingo seguirá siendo domingo, con su luz que se apaga a la misma hora. Lo que cambia, poco a poco, es la costumbre de cargar el silencio sola, en secreto, como si fuera algo de lo que avergonzarse delante de todos. Cada vez que lo nombras, aunque sea en voz baja, aunque sea a una sola persona y una sola vez, le quitas un poco de ese peso extra que es la vergüenza, que muchas veces pesa más que la propia soledad.

Y si notas que detrás de este cansancio hay algo más grande, una tristeza que no se mueve por mucho que lo intentes, que te acompaña muchos días y no solo los domingos, que se queda ahí incluso cuando hay gente alrededor y risas de verdad, no hace falta que lo sostengas sola: pedir ayuda profesional en ese caso no es un fracaso, es cuidarte como toca. Un paso cada vez, y con el tiempo, ese "estoy bien" automático puede volverse un poco más verdad, hasta que un día lo digas y te lo creas tú también.

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Estar sola no tiene por qué doler así.

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