Mente

Me da vergüenza reconocer que echo de menos mi trabajo

Son las cinco de la tarde y miras el reloj sin querer, casi por reflejo. A esta hora, antes, estabas todavía en la oficina, con la luz artificial y el ruido de fondo de los teclados, o de camino a casa en el coche, cansada de un día lleno de cosas por resolver. Ahora estás en el sofá, con la tele apagada, o en la cocina secándote las manos en el paño, y la tarde entera por delante sin nada urgente esperando. Y entonces te viene el pensamiento, casi a escondidas, como si lo dijeras en voz muy baja para que ni tú misma lo oyeras del todo: echo de menos ir a trabajar. Y detrás del pensamiento llega enseguida la vergüenza, rápida, automática. Como si no tuvieras derecho a sentir eso después de todo lo que te quejaste durante años del despertador y de las prisas.

Si te ha pasado, no eres la única, aunque a tu alrededor nadie lo diga en voz alta y todos parezcan flotar felices en su nueva libertad.

El «ahora a disfrutar» que no te deja sentir lo otro

Desde que se acercaba tu jubilación, seguro que has oído la misma frase mil veces, dicha con la mejor intención y una sonrisa: ahora a disfrutar, te lo has ganado, por fin vas a descansar de verdad. Y tú misma, antes de llegar aquí, probablemente pensabas lo mismo, casi contando los meses. El problema es que esa frase, tan bien intencionada, deja muy poco sitio para cualquier otra cosa que no sea alegría pura. Como si sentir nostalgia, o incluso una tristeza pequeña a media tarde, fuera una especie de fallo de fábrica, una ingratitud hacia una vida que, sobre el papel, ahora es mucho más tranquila que antes.

Por eso, cuando te sorprendes deseando estar en la oficina otra vez, oyendo el murmullo de los compañeros o incluso el ruido molesto de la impresora que se atascaba siempre, lo primero que aparece es la culpa. Y encima de la culpa, el silencio: no se lo cuentas a nadie, ni a tu pareja, ni a tu hija cuando llama, porque suena raro decir que echas de menos algo que, en su momento, también te pesaba en los hombros, te cansaba, te robaba horas de sueño y fines de semana enteros.

Pero sentir esto no es una contradicción extraña ni un signo de que algo va mal en ti. Es que dos cosas pueden ser verdad exactamente a la vez, sin pelearse: que el trabajo te cansaba de verdad, y que también te sostenía de una forma que solo ahora, al faltar, se nota entera.

No es el trabajo lo que echas de menos

Si te fijas bien, con calma, es probable que no sea el trabajo en sí lo que añoras. No echas de menos las prisas de la mañana buscando las llaves, ni las reuniones que se alargaban sin sentido, ni al jefe que nunca escuchaba del todo, ni la presión de las fechas de entrega. Lo que probablemente echas de menos es todo lo que ese trabajo te daba sin que tú lo notaras hasta que ha faltado de golpe: un sitio donde te conocían por tu nombre y por tu forma de hacer las cosas, una hora del día en la que alguien contaba contigo sin falta, la sensación clara, casi física, de que lo que hacías servía para algo más grande que tú.

El trabajo era el vehículo, no el destino. Y cuando el vehículo desaparece de golpe, sin previo aviso real aunque llevaras meses viéndolo venir en el calendario, es normal echar de menos el viaje entero, con sus baches incluidos, aunque una parte de ese viaje fuera agotadora y la maldijeras mil veces desde el atasco de cada tarde.

Nombrar esto con precisión, en vez de meterlo todo en el mismo saco confuso de «echo de menos trabajar», ya es un alivio pequeño pero real. Porque lo que se ha ido no es insustituible del todo: la identidad y la utilidad se pueden volver a construir en otro sitio, con otra forma, aunque hoy todavía no sepas cuál ni tengas ni idea de por dónde empezar a buscarla.

Un paso para hoy: nombrarlo en una frase

Esto que lees es una idea de «¿Quién soy sin mi trabajo?» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

Hoy no hace falta que resuelvas nada, ni que llegues a ninguna conclusión definitiva sobre tu vida. Solo coge un papel, o el cuaderno donde vayas anotando estos días, y termina esta frase con lo primero que te salga, sin corregirte ni tachar nada: «Lo que de verdad echo de menos es...». No pienses en el puesto ni en el sueldo ni en el título que ponía en tu tarjeta. Piensa en lo que ese trabajo te daba por dentro, en ese lugar que no se ve: puede ser sentirte necesitada de verdad, puede ser tener un motivo concreto para arreglarte por la mañana y no quedarte en pijama, puede ser simplemente hablar con gente distinta todos los días, aunque fuera de cosas sin importancia.

No hace falta una respuesta perfecta ni definitiva, ni una que suene bien si alguien la leyera. Basta con una frase honesta, escrita a mano, algo torpe quizá, que te ayude a ver con más claridad qué es exactamente lo que duele debajo de la vergüenza.

Dejar de disculparte por sentir esto

La próxima vez que te sorprendas mirando el reloj a media tarde con esa punzada de nostalgia clavada donde menos te lo esperas, prueba a no taparla enseguida con un «pero si esto es lo que quería, no seas tonta». Puedes querer esta nueva etapa, con sus mañanas lentas y su calma recién estrenada, y al mismo tiempo echar de menos partes enteras de la anterior. No hace falta elegir entre las dos cosas como si fueran incompatibles, y desde luego no hace falta pedir perdón por sentirlas las dos juntas, revueltas, un mismo martes cualquiera.

Ese pequeño gesto de nombrar lo que echas de menos, en voz alta o en un papel, en vez de esconderlo detrás de una sonrisa de «estoy genial», es el primer paso de verdad para dejar de vivir esta etapa a escondidas de ti misma, fingiendo ante los demás una paz que todavía no tienes del todo.

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Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para quien se jubiló y, en vez del descanso soñado, se encontró un hueco enorme donde antes estaba su nombre.

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