¿Por qué me cuesta tanto dejar entrar a la gente de verdad?
Estás con tus amigas, en la mesa de siempre del bar de siempre, con el café ya frío de tanto hablar y las migas de la tostada esparcidas por el plato. Ríes en el momento justo, con la carcajada bien puesta, preguntas por la hija de una, por el trabajo nuevo de otra, te acuerdas de detalles que ni ellas recuerdan haberte contado. Desde fuera pareces la que más participa, la que más presente está. Pero por dentro hay una puerta cerrada con llave, y ni tú sabes muy bien dónde está la llave, ni cuándo la escondiste.
Con tu pareja pasa algo parecido, aunque duela más reconocerlo. Compartís casa, plan, cama, la misma manta por las noches, y aun así hay una parte tuya que se queda en la otra habitación, observando desde la puerta, sin bajar del todo la guardia ni cuando estáis más cerca. Los quieres, de verdad, y aun así no dejas entrar a nadie de verdad, ni siquiera a quien más confianza te ha ganado.
Cuando pedir no funcionó, dejaste de pedir
Esto que te pasa ahora tiene una raíz antigua, y no tiene que ver con esta amiga ni con esta pareja, por mucho que a veces se lo achaques a ellos. Tiene que ver con una niña que, en algún momento muy concreto que quizá ni recuerdes con exactitud, aprendió que pedir no servía de mucho.
Quizá llorabas en tu cuarto y nadie venía enseguida, o venía tarde, o venía y preguntaba qué pasaba con esa voz de estar interrumpiendo algo más importante. Quizá contabas que te habían hecho daño en el recreo y la respuesta era un 'bueno, ya se te pasará' dicho sin mirarte, sin dejar el periódico. Poco a poco, sin que nadie te lo explicara con palabras, fuiste aprendiendo una lección silenciosa: pedir cariño, pedir consuelo, pedir que alguien se fijara en ti de verdad, no traía lo que necesitabas. Así que dejaste de pedir, casi sin darte cuenta de que lo estabas decidiendo.
Esa niña no se equivocó. Hizo lo más inteligente que podía hacer con lo que tenía delante: protegerse de esperar algo que no llegaba, ahorrarse la decepción repetida. El problema es que esa misma estrategia, hoy, con gente que sí querría acercarse de verdad, sigue funcionando como un muro que ya no hace falta pero que sigue ahí en pie.
No es ser fría, es haber aprendido a sobrevivir sola
Aquí quiero pararme, porque es fácil juzgarte con dureza por esto, y probablemente ya lo has hecho tú misma más de una vez. 'Soy una borde', 'soy fría', 'no sé querer bien', te dices, casi como una sentencia. Pero no es un defecto de carácter, no es algo que venga de fábrica. Es una estrategia de niña que un día tuvo todo el sentido del mundo, porque te permitió no depender de algo que no venía y así no sufrir la caída cada vez.
Depender daba miedo entonces, porque depender y no recibir dolía el doble, dolía por partida doble: la falta y la decepción de haber confiado. Así que tu cuerpo aprendió una regla sencilla, casi de supervivencia: mejor no necesitar a nadie, así nadie puede fallarte, así no hay de dónde caerse. Esa regla te sostuvo de niña, te sirvió de verdad. De adulta, con gente que sí está dispuesta a quedarse, a sostenerte si te dejaras, te deja sola en compañía, que es de las soledades más raras que existen.
Una pregunta para esta semana
No tienes que forzar ningún cambio ahora mismo, ni proponerte abrirte de golpe la semana que viene. Solo te propongo una pregunta pequeña, para hacértela una vez esta semana, sin más pretensión que notar la respuesta que aparezca: ¿a quién he dejado entrar de verdad esta semana?
Puede que la respuesta sea nadie, y está bien que así sea por ahora, sin castigarte por ello. Solo notarlo, sin juzgarte, ya es un movimiento en la dirección correcta. La próxima vez que estés con alguien que te importa, en esa mesa de siempre o en el sofá de casa, fíjate si sonríes desde la puerta cerrada o si, aunque sea un segundo, la entornas un poco, aunque sea sin querer.
Se puede aprender a bajar la guardia, poco a poco
Nadie te pide que abras la puerta de par en par de golpe. Eso, además de imposible para quien ha vivido lo que tú has vivido, sería peligroso para quien ha aprendido a protegerse tanto tiempo, como pedirle a alguien que corra antes de haber aprendido a andar. Se trata de aprender, de a poquitos, que dejar caer la guardia con la persona adecuada no siempre termina en decepción, aunque tu memoria te diga otra cosa.
Yo todavía me sorprendo, a veces, sonriendo desde la puerta cerrada con gente que quiero de verdad, gente que llevo años conociendo. ¿Se aprende esta lección de una vez y ya está, como quien aprueba un examen? No: es un camino de un paso al día, de notar un poco más cada vez, de dejar entrar un poco más sin que el mundo se derrumbe por ello.
Si sientes que esta dificultad para dejar entrar a otros te está costando relaciones importantes o te deja en una soledad que ya no puedes sostener, aunque estés rodeada de gente que te quiere, buscar el acompañamiento de un profesional puede ayudarte a caminarlo con más apoyo del que tienes ahora mismo tú sola.
Si esto te ha tocado, sigue por aquí

