Familia

Le digo 'te quiero' a mis hijos todo el rato y no sé por qué lo necesito tanto

Se lo dices al dejarlo en el cole, con la mochila colgando de un solo hombro y la prisa de la mañana pisándote los talones. Se lo dices al colgar el teléfono, casi como coletilla, casi sin pensarlo. Y luego, por la noche, entras de puntillas en su cuarto cuando ya se ha dormido y no te oye, y se lo susurras otra vez, como si necesitaras decirlo una tercera vez para que valga, para que quede bien sellado en algún sitio donde ni tú ni él podáis perderlo. Y luego te quedas con la sensación rara de haberlo dicho de más, de haberlo soltado casi sin querer, como quien repite una palabra hasta que deja de sonar a palabra y se convierte en puro ruido.

Si has llegado hasta aquí buscando esto, seguramente ya te has preguntado si es normal. Si estás asfixiando a tu hijo. Si le va a pesar tanto 'te quiero' repetido tantas veces al día, o si, al contrario, es una tontería y le estás dando demasiadas vueltas a algo que no tiene ninguna importancia y que cualquier madre haría sin más.

No es ninguna de las dos cosas. O no solo. Vamos a mirarlo despacio, con calma, como se mira algo que llevas mucho tiempo evitando mirar de frente.

Lo que repites en exceso suele ser lo que a ti nunca te dijeron

A mí me pasaba con mis hijos algo parecido, y tardé años en verlo con claridad. Lo decía al dejarlos en la puerta del colegio, con la mochila mal cerrada y las prisas de la mañana, con el motor del coche todavía en marcha detrás de mí, y me daba cuenta de que lo repetía como quien echa sal en un guiso que ya está salado, sin necesidad, por si acaso, por si la primera vez no hubiera sido suficiente.

En mi casa no se decía. No es que hubiera silencio con maldad, es que sencillamente no formaba parte del vocabulario de la cocina, ni del coche, ni de las sobremesas los domingos con la fruta ya pelada. Se hablaba de las notas, de si habías recogido tu cuarto, de lo que había que hacer al día siguiente, de quién iba a llevar a quién al médico. El cariño estaba, supongo, en el plato caliente que me esperaba siempre a la misma hora y en la ropa lavada y doblada encima de la cama. Pero nunca bajó a la palabra. Nunca alguien me miró a los ojos y me dijo esas dos sílabas sin que vinieran pegadas a un 'pero' o a una condición, a un 'te quiero, pero podrías esforzarte más'.

Cuando una crece así, el cuerpo aprende que ese hueco existe y que nadie lo va a llenar por su cuenta, que hay que estar alerta por si vuelve a quedar vacío. Y entonces, de adulta, con tus propios hijos delante, con esa mochila mal cerrada y esas prisas que se parecen tanto a las de tu propia infancia, algo dentro de ti dice: esto no va a faltar aquí, no en esta casa, no con estos hijos. Y lo repites. Y lo repites otra vez, no porque el niño lo necesite tres veces, sino porque una parte muy vieja de ti sigue comprobando que la frase, esta vez, se ha dicho de verdad y no se ha quedado atascada en la garganta como se quedaba en la de tu madre.

No es un problema con tus hijos: es tuyo, y viene de más atrás

Aquí quiero pararme, porque sé por dónde va la cabeza cuando una nota algo así en sí misma: enseguida se pregunta qué está haciendo mal como madre o como padre. Si les está transmitiendo ansiedad con tanta insistencia. Si el 'te quiero' repetido se les va a quedar como una carga, como algo que tienen que devolver o corresponder.

Y no. Decirle a un hijo que lo quieres, aunque sea muchas veces al día, aunque se lo digas al dejarlo en el cole y al recogerlo y antes de dormir, no le hace ningún daño. Los niños no llevan la cuenta de cuántas veces se dice una frase bonita; la reciben, la guardan sin analizarla, y siguen a lo suyo, a los cromos o al dibujo a medio terminar. Lo que tú sientes de más -esa mezcla de urgencia y de vacío que aparece justo después de decirlo, ese regusto raro en la boca- no tiene que ver con ellos. Tiene que ver con la niña que fuiste, que sigue ahí dentro esperando oír algo que nunca le dijeron a tiempo, en esa misma cocina donde ahora tú preparas la cena.

Dicho de otro modo: no se trata de que quieras demasiado a tus hijos, sino de que sigues intentando, sin saberlo, decirte a ti misma lo que no te dijeron. Y como no puedes decírtelo a ti con esas mismas palabras todavía, con esa misma naturalidad, lo derramas hacia fuera, hacia quien tienes más cerca y más indefenso: ellos, que ni siquiera saben que están recibiendo, además de tu cariño de verdad, el eco de una falta que es tuya.

No es un defecto como madre. Es una señal de un hambre vieja que sigue buscando dónde caber.

Un paso pequeño para hoy: preguntarte en silencio a quién se lo estás diciendo

No te pido que dejes de decírselo a tus hijos. Ni falta que hace, y probablemente sería peor intentar contenerlo de golpe, como quien tapa un grifo que necesita salida y acaba reventando la tubería. Te pido solo una cosa pequeña, casi invisible para los demás, algo que puedes hacer sin que nadie a tu alrededor lo note.

Esto que lees es una idea de «Padres que no supieron quererme» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

La próxima vez que lo digas -esta misma noche, al dar las buenas noches con la luz ya apagada, o mañana al dejarlos en la puerta del cole con las prisas de siempre-, quédate un segundo después de decirlo. Solo un segundo, en silencio, dentro de ti, mientras cierras la puerta del coche o sales del cuarto. Y pregúntate, sin exigirte una respuesta perfecta ni inmediata: ¿a quién se lo estoy diciendo en realidad?

A lo mejor no te sale nada, y está bien así. A lo mejor te sale un nombre, una cara concreta, una cocina de hace treinta años con el hule floreado sobre la mesa. No hace falta que hagas nada con lo que aparezca. Solo notarlo. Ese es el paso de hoy: no cambiar nada, solo mirar un segundo más de cerca lo que hay debajo de la frase que repites tantas veces al día.

Si te apetece, puedes anotarlo luego a mano, en una libreta cualquiera de las que tienes por casa a medio usar, sin darle más categoría que la de un apunte rápido. A veces escribir a mano lo que se nota en ese segundo de silencio ayuda a que dejar de repetir la frase compulsivamente no dependa de la fuerza de voluntad, sino de ir entendiendo, poquito a poco, de dónde viene el hambre que la empuja.

No tienes nada roto: tienes una herida que aún no se ha nombrado

Quiero que te quedes con esto sobre todo: repetir 'te quiero' a tus hijos como quien tapa un agujero no te convierte en una mala madre, ni en alguien exagerado, ni en alguien que necesita 'controlarse' como si fuera un vicio. Te convierte en alguien que llevó dentro, durante mucho tiempo, un silencio que le dolía en esa misma cocina de la infancia, y que ahora, sin querer, sale por donde puede, hacia quien más quieres.

Esa hambre no se cierra en una tarde ni prometiéndote a ti misma que vas a decirlo 'con más calma' a partir de mañana. Se va aflojando poco a poco, un día detrás de otro, cuando empiezas a darte a ti misma, aunque sea con palabras pequeñas y a solas frente al espejo del baño, lo que de niña esperabas oír de fuera. No hace falta arreglarlo todo de golpe. Solo notar hoy ese segundo de silencio, y dejar que sea suficiente por hoy.

Si esto te ha tocado, sigue por aquí

¿Por qué me cuesta tanto dejar entrar a la gente de verdad?

Leer ahora →

o quizá: ¿Es normal sentirme así si mis padres nunca me maltrataron? · Mis padres nunca me dijeron 'te quiero': por qué todavía duele

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para quien creció con padres que estaban, no faltaba de comer… pero nunca decían «te quiero».

Llévate la guía gratis de 1 página

Déjame tu email y te la envío ahora mismo. «5 frases para poner un límite sin romper el puente»

Te enviaré la guía y, de vez en cuando, algo que pueda ayudarte. Sin spam; date de baja cuando quieras.

17 €Garantía de 30 días — te devuelvo el importe, sin preguntas
Ver el cuaderno