Adicción

Escondí el router de madrugada y a la mañana siguiente lo volví a enchufar

Son casi las once y media, ya de noche. Vas al salón en calcetines, sin encender la luz para no hacer ruido, desenchufas el router y lo metes en el cajón de los calcetines, debajo de todo, como si fuera una prueba de un crimen que hay que esconder bien. Vuelves a la cama con el corazón acelerado, como si acabaras de hacer algo importante, algo que por fin iba a cambiar las cosas. A la mañana siguiente, antes del café, antes incluso de lavarte los dientes, ya lo has vuelto a enchufar.

Si esto te suena, no hace falta que me cuentes el resto, ya me lo sé de memoria. Lo conozco porque también lo hice, más veces de las que me gustaría admitir. Y lo primero que quiero decirte es esto: no eres la única, y esto no tiene nada que ver con que te falte mano dura o carácter. Estás agotada de pelear una guerra que no tiene tregua ni siquiera de noche, cuando toda la casa debería poder descansar.

¿Te preocupa tu hijo ahora mismo? Si deja de comer o dormir, habla de hacerse daño o se aísla por completo, esto no puede esperar: su pediatra, un psicólogo infantil y, en crisis, 988 o Childhelp 1-800-422-4453. Lo que sigue te acompaña; ellos intervienen.

El ciclo no es un fallo tuyo, es agotamiento real

Escondes el router pensando en el silencio que vas a tener por fin, ese silencio de casa en paz que llevas meses imaginando. Y a la mañana siguiente ese mismo silencio —el de la casa sin wifi, el de la cara de tu hijo cuando se entera y te mira como si hubieras cometido una traición— pesa tanto que no lo aguantas. Así que lo enchufas otra vez, antes de que empiece el día, para no tener que sostener la bronca que viene después, para no tener que ver esa cara toda la mañana.

Eso no es ceder, aunque tú lo sientas así con vergüenza. Es que castigar cuesta energía, y sostener el castigo cuesta todavía más, cada hora que pasa. Y tú ya llegas a la noche sin energía de sobra, con lo que queda después de un día entero. Nadie te ha enseñado a hacer esto con la batería a cero, y sin embargo lo haces cada noche, una y otra vez, sin manual y sin nadie que te lo agradezca.

Yo también me odiaba un poco por hacerlo. Desenchufaba de madrugada como quien apaga un incendio, y por la mañana lo volvía a encender yo misma, con las manos temblando, antes de que él se despertara.

Por qué el ciclo se repite sin romperse solo

Esconder el router de noche y devolverlo por la mañana no es un plan, es un reflejo, algo que haces casi sin decidirlo del todo. Nace del miedo del momento: miedo a la bronca que viene, miedo a que no pare de jugar nunca, miedo a que esto no tenga arreglo y se quede así para siempre. Y como nace del miedo, no viene con una razón que puedas explicarle a él ni sostener tú misma al día siguiente delante del espejo.

Por eso el castigo de madrugada y el perdón de la mañana se turnan sin cambiar nada de fondo, como un baile que ya os sabéis los dos de memoria. No falta disciplina en ti: falta que un castigo pensado de antemano, y no decidido en caliente y a solas a las once de la noche con el cajón de los calcetines abierto, tenga piernas para sostenerse a la luz del día.

Lo que rompe el ciclo no es esconder mejor el router, ni ser más severa la próxima vez, ni encontrar un escondite más ingenioso: es sacar la decisión del momento de más miedo —esa medianoche a solas con el router en las manos— y ponerla en un momento donde tú estés tranquila y él también pueda escuchar sin sentirse acorralado.

Una frase con hora, escrita antes de la batalla del router

Esto que lees es una idea de «Mi hijo desapareció dentro de una pantalla» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

No te pido que esta noche no lo escondas, si es lo que vas a hacer de todas formas porque ya no te quedan fuerzas para otra cosa. Te pido otra cosa, más pequeña y más tuya: coge un papel, ahora, de día, con la casa tranquila, y escribe una sola frase. No un discurso entero ni una lista de normas. Una frase concreta, con una hora dentro. Algo como: «Wifi hasta las nueve, todas las noches, se acabe lo que se acabe la partida».

Escríbela a mano, no la pienses solo mentalmente mientras friegas. Guárdala donde la veas mañana, en la nevera, en tu mesilla, donde sea que mires antes de subir. La idea no es imponerla esta misma noche a las once con la voz temblando, sino tenerla lista para decirla mañana, de día, con la voz tranquila, antes de que empiece otra vez la guerra de siempre. Un límite dicho de antemano pesa distinto que uno arrancado a oscuras y a solas.

  • Escribe la frase a mano, en papel, no en el móvil.
  • Que tenga una hora concreta, no un "ya está bien" vago.
  • Guárdala en un sitio donde la veas antes de la próxima cena, no a medianoche.

Esto no se arregla con más mano dura

Si llevas meses en este ciclo y notas que además tu hijo se ha ido quedando más solo, más triste de una forma que no se le pasa ni en un buen día, o intuyes algo raro con gente que no conoces detrás de una pantalla, esto ya no se resuelve con un router escondido ni con una frase escrita a mano por muy bien pensada que esté. Ahí lo que toca es pedir ayuda profesional, empezando por el pediatra, sin esperar a que se te ocurra sola cómo arreglarlo desde el cajón de los calcetines.

Pero si lo que tienes es esto que hemos hablado hoy —el cajón de los calcetines, el enchufe de la mañana, el cansancio de no saber ya ni tú qué estás haciendo bien o mal— entonces no te hace falta más disciplina ni más mano dura. Te hace falta bajar el miedo que hay detrás de tu propio gesto de medianoche. Eso no se logra de golpe, ni la primera vez que lo intentas. Se logra un paso cada vez, y hoy el paso es solo escribir la frase.

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Cómo dejar de gritar cada tarde por la pantalla (sin perder ni el pulso ni la paciencia)

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Esto es acompañamiento para madres y padres, no consejo clínico, y no sustituye al pediatra ni a un psicólogo infantil. Ante señales de alarma (tu hijo deja de comer o dormir, habla de hacerse daño, se aísla del todo, o un adulto desconocido le escribe): pediatra y psicólogo infantil, 988, y Childhelp 1-800-422-4453.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para el padre o la madre que ha convertido cada tarde en una batalla por la pantalla y siente que ha perdido a su hijo dentro de un juego.

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