Me despierto de madrugada calculando cuánto lleva jugando mi hijo
Son las tres de la madrugada y estás despierta haciendo cuentas con los ojos clavados en el techo. Se acostó a las once, dijiste que a las doce como mucho seguiría despierto, y ahora llevas ya un buen rato con el oído puesto en el tabique intentando adivinar si ese ruido leve es la consola o solo la nevera del pasillo tirando de compresor. Si esto te resulta familiar, no estás loca ni exagerando nada. Es agotamiento puro, y además empieza mucho antes de la medianoche, aunque tú solo le pongas nombre a partir de las tres.
De hecho, para muchas empieza a las seis de la tarde, con un nudo en el pecho que ya sabe, antes de que anochezca, que en algún momento de la noche tocará la misma vigilancia de siempre. Ese nudo no es preocupación pasajera que se disuelve con la cena, sino la señal de un cuerpo que lleva demasiado tiempo en alerta, como si durmiera con un ojo abierto por costumbre.
Vigilar toda la noche también es agotamiento tuyo
Es fácil pensar que esa cuenta mental de madrugada es solo preocupación por él: cuánto duerme, si mañana llegará roto al instituto, si esto se le está yendo de las manos poco a poco. Y sí, hay preocupación real ahí, no te la voy a quitar. Pero también hay algo que rara vez nos permitimos nombrar en voz alta: ese cálculo constante también te está desgastando a ti, noche tras noche, aunque el asunto oficial sea él y tú apenas cuentes.
Yo pasé muchas noches así, con el móvil en la mesilla mirando la hora cada poco y el oído más atento a la pared que a mi propia respiración. Y tardé en darme cuenta de que llevaba semanas sin dormir bien, no porque él estuviera despierto toda la noche —de hecho muchas veces ya dormía—, sino porque yo llevaba despierta con él, aunque estuviera físicamente sola en mi cama, haciendo guardia por los dos.
Ese cálculo no te da control, solo te quita el sueño
Aquí va algo que me costó aceptar: por muchas cuentas que hagas desde la cama, con el móvil de reojo y el oído en el tabique, no vas a cambiar lo que está pasando al otro lado. No vas a jugar tú la partida, ni vas a apagar la pantalla con el pensamiento, por mucho que insistas. Lo único que consigue ese cálculo mental es que tú tampoco descanses, y una madre o un padre sin descanso tiene mucha menos fuerza para el día siguiente, que es justo cuando de verdad hace falta esa fuerza, no a las tres de la madrugada.
No digo esto para que te sientas culpable por preocuparte, sería injusto y además imposible de cumplir, porque preocuparse no se apaga con un interruptor. Lo digo porque hay una diferencia entre preocuparse —que es humano e inevitable— y quedarse atrapada haciendo guardia toda la noche, contando minutos que no vas a poder cambiar desde ahí, lo que no cambia nada y te deja sin batería para cuando de verdad haga falta.
Un paso pequeño para esta noche
No te pido que dejes de preocuparte, porque eso no depende de decidirlo por decreto antes de dormir. Te pido algo más pequeño y más concreto: elige una sola acción para esta noche. Puede ser dejar tu propio móvil fuera de tu cuarto, cargándolo en la cocina, para no caer en el mismo bucle de mirar la hora una y otra vez como si eso fuera a cambiar algo. Puede ser tener un papel y un boli en la mesilla y, si te despiertas con la cuenta ya empezada, escribir ahí la preocupación en vez de darle vueltas mentalmente hasta el amanecer.
Escribirlo a mano tiene algo que pensar no tiene: saca la preocupación de la cabeza y la deja fuera, en el papel, donde no sigue dando vueltas mientras tú intentas dormir. No es magia ni un truco de autoayuda de manual, es simplemente dejar de cargar tú sola con algo que a las tres de la madrugada, sin luz y sin nadie despierto, no tiene solución posible.
- Deja el móvil fuera de tu cuarto esta noche, aunque sea solo por probar
- Ten un papel a mano para anotar la cuenta en vez de rumiarla en la cabeza
- Si te despiertas calculando, escribe una frase y suelta el resto hasta mañana
Cuidarte a ti esta noche no es un lujo aparte, sino parte de lo que necesitas para poder estar con él mañana.
Cuidarte no es un aparte, es parte del camino
Sé que suena casi egoísta pensar en tu propio sueño cuando lo que de verdad te preocupa es él y su cuarto encendido a oscuras. Pero una madre o un padre que no duerme no tiene más para dar al día siguiente, tiene menos, por mucho que quiera compensar con voluntad lo que le falta de descanso. Cuidarte a ti en esto no le quita nada a él, ni un gramo de atención que necesite. Es, de hecho, la parte que te permite estar presente cuando de verdad hace falta, con la cabeza más despejada y menos nudo en el pecho desde las seis de la tarde.
Y si alguna vez notas que esa vigilancia nocturna viene acompañada de otras señales que te preocupan de verdad —que no hay forma de que se calme nunca, que algo en su ánimo o en su comportamiento no cuadra con el chaval que conocías—, habla con su pediatra, sin darle más vueltas tú sola. No hace falta que lo resuelvas todo desde la cama a las tres de la madrugada con el oído pegado a la pared. Por ahora, con una sola acción para esta noche ya es suficiente. Mañana, otra, y así se va tejiendo el cambio.
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