Adicción

¿Es adicción a los videojuegos o solo cosa de la edad?

Son las 00:40. Has dejado el móvil sobre la almohada un par de veces y otras tantas lo has vuelto a coger sin darte cuenta. En la barra del buscador ya está escrito, medio a tientas: «adicción videojuegos adolescentes síntomas». Al otro lado del pasillo se oye el teclado, ese repiqueteo rápido que llevas semanas reconociendo hasta con la puerta cerrada. Lees dos artículos que se contradicen. Uno te dice que es una enfermedad grave. El otro, que todos los chavales de catorce años juegan hasta tarde y que ya se le pasará. Y tú sigues ahí, a oscuras, sin saber en cuál de los dos estás.

Esa duda de madrugada no es tontería ni exageración. Es la pregunta más honesta que se puede hacer un padre o una madre: ¿esto que veo es la edad, o es algo que mi hijo ya no logra controlar? Nadie te ha dado un manual para diferenciarlas, y las dos, vistas desde el pasillo, se parecen bastante. Así que vamos a ordenarlo despacio, sin ponerte una etiqueta encima ni quitártela de golpe.

¿Te preocupa tu hijo ahora mismo? Si deja de comer o dormir, habla de hacerse daño o se aísla por completo, esto no puede esperar: su pediatra, un psicólogo infantil y, en crisis, 988 o Childhelp 1-800-422-4453. Lo que sigue te acompaña; ellos intervienen.

Lo que sí es propio de la edad

Hay cosas que hacen ruido en casa y que, aun así, entran dentro de lo esperable a esta edad. Que un adolescente prefiera su cuarto a la mesa del comedor no es nuevo: buscar intimidad, cerrar la puerta, tener un mundo propio del que tú no formas parte es parte del trabajo de crecer. El videojuego, muchas veces, es el lugar donde ese mundo ocurre. Ahí están sus amigos, ahí quedan, ahí se ríen y ahí discuten. Para él aquello funciona como una plaza, mucho más que como «una pantalla».

También es propio de la edad que le cueste parar. El cerebro adolescente todavía está terminando de construir los frenos internos, esos que dicen «venga, ya está bien». No es que no le importes; es que apagar algo intenso a mitad le resulta genuinamente difícil, mucho más de lo que tú imaginas. Que proteste cuando le cortas, que negocie diez minutos más, que le fastidie perder una partida a medias: eso, por sí solo, es simplemente un chaval comportándose como lo que es, no una alarma.

Y es normal, además, que haya temporadas. Un juego nuevo, un grupo de amigos que se enganchan a lo mismo, unas vacaciones sin cole: hay épocas en que juega muchísimo más. Si tú miras un martes cualquiera de junio, la foto asusta. Lo que importa no es la foto de un día, sino si esa marea sube y baja o si lleva meses sin bajar nunca.

Por qué las dos cosas se parecen tanto desde fuera

El problema es que muchas señales son ambiguas cuando las miras sueltas. Que juegue mucho no dice nada por sí mismo. Que se enfade cuando le apagas la consola tampoco. Que prefiera jugar a bajar a cenar, ídem. Todas esas conductas caben tanto en «adolescente sano al que le gustan mucho los videojuegos» como en «algo va mal». Por eso volverse loco vigilando horas concretas suele llevar al callejón sin salida en el que estás ahora, contando minutos en plena madrugada.

La diferencia de fondo suele estar en otro sitio: en qué le está haciendo el juego al resto de su vida, y en si él conserva algún control sobre ello o lo ha perdido del todo. Ahí es donde conviene poner la mirada, más que en el cronómetro.

La pregunta útil no es «cuántas horas juega», sino «qué ha dejado de hacer para poder jugar, y qué le pasa cuando no puede».

Las señales que sí me harían mirar más de cerca

Estas son las cosas que, si las ves varias a la vez y sostenidas en el tiempo (no un día suelto ni una semana rara), sí merecen que dejes de mirar el reloj y empieces a mirar a tu hijo entero. No son un diagnóstico ni una lista para puntuar; son un mapa para orientar tu preocupación.

  • Está dejando fuera cosas que antes le importaban: el equipo del barrio, los colegas de siempre, aficiones que le gustaban de verdad, y no las cambia por otras, simplemente las va soltando.
  • El juego se lo come todo: no solo juega, es que cuando no juega solo piensa en cuándo volverá a jugar, y le cuesta hablar o interesarse por cualquier otra cosa.
  • Cuando no puede jugar no está solo enfadado, está mal de verdad: irritable, angustiado, apagado, como si le faltara algo básico, y eso se repite cada vez que hay que parar.
  • Ha empezado a mentir o a esconder cuánto juega: da cifras que no cuadran, juega a escondidas de noche, te oculta que ha vuelto a empezar.
  • Se le está cayendo lo importante de forma clara y mantenida: notas que se desploman, ha dejado de comer o dormir con un mínimo de orden, abandona la higiene.
  • Ya no juega por disfrutar sino casi por obligación: dice que no le apetece, que ni siquiera le divierte tanto, y aun así no consigue dejarlo.

Repara en que ninguna de esas señales dice «juega demasiado». Todas hablan de otra cosa: de una vida que se está encogiendo alrededor de una sola actividad, y de un chaval que ya no parece elegir libremente, sino arrastrado. Cuando lo que ves es que el juego le está quitando cosas en lugar de sumárselas, y que él tampoco sabe cómo salir, ahí ya no estás mirando la edad.

Esto que lees es una idea de «Mi hijo desapareció dentro de una pantalla» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

La pregunta que de verdad los separa

Si tuvieras que quedarte con una sola brújula, quédate con esta: ¿tu hijo sigue teniendo vida además del juego, o el juego se ha convertido en su vida? Un adolescente que juega muchísimo pero que también queda con amigos fuera de la pantalla, que se ilusiona de vez en cuando con otra cosa, que aunque a regañadientes acaba parando y sigue funcionando en lo básico, está usando el videojuego. Uno para el que todo lo demás se ha ido apagando y solo queda encendida esa luz, puede que esté siendo usado por él.

No hace falta que tengas la respuesta cerrada esta noche. Es más, forzarla ahora solo te haría equivocarte. Basta con que cambies la vigilancia del reloj por la observación de la persona: ¿cómo está de ánimo?, ¿se ríe con algo que no sea el juego?, ¿tiene a alguien fuera de la pantalla?, ¿duerme, come, sale? Esas preguntas te dan mucha más información que cualquier registro de horas.

Qué hacer con la respuesta, sea cuál sea

Si al hacer ese repaso honesto ves sobre todo un chaval intenso, testarudo y muy enganchado a algo que le gusta, pero que en el fondo sigue ahí, con su vida más o menos en pie, entonces lo que tienes delante es un problema de convivencia y de límites, no una urgencia clínica. Es agotador, sí, y merece que lo trabajes, pero no es una enfermedad que haya que apagar cuanto antes.

Si, en cambio, marcas mentalmente varias de las señales serias (el ánimo hundido cuando no juega, el aislamiento real, las mentiras, el desplome sostenido de lo básico) y ves que ni él ni tú lográis mover eso por más que lo intentáis, ahí sí tiene todo el sentido buscar a un profesional. No para que le pongan una etiqueta, sino para que alguien con formación os ayude a entender qué está sosteniendo esa conducta y cómo acompañarla. Pedir esa ayuda no significa que hayas fallado ni que tu hijo esté roto; significa que te tomas en serio lo que ves. Y llegar antes, con calma, siempre es mejor que llegar tarde y a la desesperada.

Mientras tanto, esta noche, apaga el móvil. La barra del buscador no va a darte el veredicto que buscas, porque el veredicto no está en internet: está en cómo veas a tu hijo mañana con luz de día. Y ese trabajo, el de mirarlo despacio en lugar de contar sus horas, es exactamente lo que este cuaderno te propone hacer, jornada tras jornada, para que la duda deje de despertarte de madrugada.

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Esto es acompañamiento para madres y padres, no consejo clínico, y no sustituye al pediatra ni a un psicólogo infantil. Ante señales de alarma (tu hijo deja de comer o dormir, habla de hacerse daño, se aísla del todo, o un adulto desconocido le escribe): pediatra y psicólogo infantil, 988, y Childhelp 1-800-422-4453.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para el padre o la madre que ha convertido cada tarde en una batalla por la pantalla y siente que ha perdido a su hijo dentro de un juego.

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