Tengo 40 años y sigo buscando la aprobación de mi madre
Cuelgas el teléfono después de contarle a tu madre lo del ascenso, o el examen, o lo que sea que este mes te ha hecho sentir orgullosa de ti misma -esa cosa que llevabas preparando semanas y que por fin ha salido bien-. Y te quedas ahí, de pie en la cocina, con el móvil todavía caliente en la mano y la pantalla apagándose sola, notando ese vacío tan conocido: ella ha dicho 'ah, qué bien' con la misma voz con la que comenta el tiempo o la lista de la compra, y tú, con cuarenta años, con hipoteca, con hijos propios quizá, sigues esperando algo más. Sigues, aunque lo sepas de sobra, aunque puedas casi predecir la frase exacta antes de que la diga, esperando que un día sea distinto.
No es inmadurez, es un hambre que no se cerró
Te lo has dicho muchas veces, casi como un reproche que te lanzas tú misma en la ducha o conduciendo: ya tienes una edad, deberías haber superado esto, no deberías necesitar ya la aprobación de tu madre para sentirte bien contigo misma. Pero esto no funciona como una asignatura que se aprueba y se olvida, y tampoco es un fallo de madurez, por mucho que te lo repitas con esas palabras exactas. Es un hambre que se instaló muy pronto, cuando eras pequeña y necesitabas esa mirada de orgullo para saber que ibas bien por la vida, y esa mirada, por la razón que fuera, casi nunca llegó entera.
El cuerpo no sabe de calendarios. No entiende que han pasado treinta años, que ya no vives en esa casa, que tienes tu propia llave y tu propia vida. Sigue buscando cerrar algo que se quedó abierto en la cocina de tu infancia, en la mesa de las comidas de domingo con el mantel de flores y el telediario de fondo, en esas tardes en que le enseñabas un dibujo o una nota del cole y recibías, como mucho, un vistazo rápido por encima de las gafas antes de que volviera a lo suyo, a la plancha o al fregadero.
Por qué cuanto más te esfuerzas, menos llega
Has probado de todo. Llamarla más, alguna semana casi cada día. Contarle más cosas, con más detalle, esperando que esta vez sí conecte, que se le note algo distinto en la voz. Agradarle, ceder, no llevarle la contraria, ser la hija fácil, la que no da problemas, la que pregunta por su artritis y se acuerda de mandarle flores el día de su cumpleaños. Y lo raro es que cuanto más lo intentas, menos parece llegar esa aprobación que buscas, como si te hubieras metido en una carrera que no tiene meta, ni siquiera una línea a lo lejos que puedas ver.
¿Lo estás haciendo mal? En realidad esa aprobación nunca dependió de lo que tú hicieras o dejaras de hacer, por bien que lo hicieras. Depende de algo en ella -de lo que a su vez no le dieron a ella, de cómo aprendió a querer en su propia infancia, de mil cosas que no tienen que ver contigo ni con tu ascenso ni con tu examen- y eso no está en tu mano cambiarlo, por mucho que te esfuerces, por mucho que pulas la frase antes de decirla. Seguir intentándolo solo te deja más cansada y con la misma herida abierta, otra vez, cada domingo.
Un paso pequeño: notarlo, sin juzgarte
No te pido que dejes de llamarla ni que cambies nada todavía, ni que montes una estrategia de golpe. Solo esto: esta semana, elige un momento en el que te sorprendas buscando esa aprobación -puede ser al colgar el teléfono, puede ser al contarle algo a una amiga y notar, de fondo, que estás pensando en cómo lo hubiera recibido tu madre- y simplemente nómbralo por dentro, sin regañarte, casi como quien pone una etiqueta a algo. 'Ahí está, la estoy buscando otra vez.' Nada más. No hace falta cambiar el gesto todavía, solo verlo pasar.
Notarlo sin juzgarte es ya un paso enorme, aunque no lo parezca desde fuera, aunque nadie más se entere de que lo has hecho. Es la diferencia entre repetir el patrón a ciegas, arrastrada por la costumbre, y empezar a mirarlo de frente, con algo de compasión hacia esa parte tuya que sigue esperando, que no ha dejado de esperar en todos estos años.
Se puede aprender a dejar de necesitarla
No te digo que un día dejará de doler que tu madre no reaccione como querrías. Puede que siga sin llegar esa frase, esa mirada, ese orgullo que buscas, y que eso te siga tocando algo por dentro cada vez. Lo que sí se puede aprender, un día cada vez, es a no necesitar ya esa reacción para saber que lo que hiciste vale, que tú vales, que el ascenso o el examen o el logro pequeño de esta semana cuentan aunque nadie más los celebre como te gustaría. A dártelo tú, aunque al principio se sienta raro o insuficiente, casi como hablar sola en una habitación vacía.
Es un camino lento, de esos que se hacen a mano, con calma, sin prisa por llegar a ningún sitio concreto ni por una fecha límite. Y si en algún momento este dolor pesa más de lo que puedes sostener sola, no hace falta cargarlo sin ayuda: hablarlo con alguien que sepa acompañarlo también es parte de aprender a cuidarte, no una señal de que has fallado en el intento.
Si esto te ha tocado, sigue por aquí

