Familia

Por qué esperar que tus padres cambien nunca funciona

Has vuelto a hacerlo. Has preparado la frase exacta, la has repetido en la cabeza mientras conducías con las manos en el volante o mientras fregabas los platos con el agua ya fría, buscando el ángulo perfecto para que esta vez sí lo entiendan, para que por fin caiga la ficha. Esta vez sí va a llegar, te dices, casi convencida. Y luego te sientas delante de ellos en el sofá de siempre, o coges el teléfono con el corazón acelerado, y a mitad de frase ya sabes, por la cara que ponen o por el silencio que se hace al otro lado, que no va a pasar. Otra vez no.

Yo he hecho esa cuenta también, más veces de las que me gustaría admitir. Llevo perdida la cifra de las veces que he pensado 'si se lo explico de otra manera, si encuentro las palabras justas, mi madre va a entender por fin lo que necesitaba de niña'. Y llevo perdida también la cifra de las veces que he colgado el teléfono con el mismo nudo en el pecho de siempre, exactamente en el mismo sitio.

El plan que parece de sentido común

Nadie te ha enseñado a pensar esto, lo piensas sola, de madrugada casi siempre, y parece lógico: si algo no funciona es porque no lo has explicado bien todavía. Así que insistes. Cambias el momento, cambias el tono, esperas a que esté de buen humor, buscas la ocasión especial -el cumpleaños, la comida de Navidad con todos alrededor de la mesa, ese instante en que parece que por fin hay una rendija en la conversación- y metes la frase por ahí con toda la esperanza que te queda.

El problema no es tu explicación. Nunca lo ha sido, por mucho que lo repases buscando el fallo. El problema es que estás pidiendo algo que no depende de que tú lo digas bien, sino de que ellos puedan darlo, y eso es harina de otro costal. Y ahí está la trampa: confundes 'no saben' con 'no quieren, si insisto lo suficiente'. Son cosas distintas, y mientras no las distingas vas a seguir metiendo la misma moneda en la misma máquina que nunca da premio, por muchas veces que tires de la palanca.

Lo que te cuesta cada intento

Cada vez que lo intentas y no llega, no te quedas igual que antes. Te quedas peor, porque no solo confirmas que no lo tienes, sino que revives, entera, la primera vez que no lo tuviste, con la misma intensidad de entonces. La comida de Navidad se convierte otra vez en la cocina de cuando tenías ocho años y esperabas algo que no llegaba. El teléfono se convierte otra vez en la puerta del cuarto que nadie abría para preguntarte cómo estabas de verdad.

Y encima cargas con una capa nueva: la de haberlo vuelto a intentar y haber fallado tú, como si el fallo fuera tuyo por no haber encontrado la fórmula mágica todavía. No es tuyo. Nunca lo fue. Se puede explicar algo con toda la claridad del mundo, con las mejores palabras que existen, y que la otra persona no tenga, sencillamente, con qué recibirlo. No es un examen que hayas suspendido, es un grifo que no tiene agua detrás, por mucho que gires el mando con todas tus fuerzas.

No me quisieron mal, no supieron -es distinto, y me dolía igual, pero me dejaba respirar de otra manera.

Mover el foco hacia lo que sí depende de ti

Esto que lees es una idea de «Padres que no supieron quererme» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

No te estoy diciendo que dejes de quererlos, ni que los evites, ni que montes una escena para 'sanar' de golpe en una sola tarde. Te estoy diciendo algo más pequeño y más tuyo: mueve el foco. De 'que ellos me lo den' a 'dármelo yo'. No como sustituto perfecto -no lo es, y sería mentira decir que lo es, que llena exactamente el mismo hueco-, sino como el único sitio donde de verdad tienes mando, donde nadie más decide por ti.

Eso empieza por cosas diminutas. La próxima vez que consigas algo que te haga sentir orgullosa, en vez de guardarte la frase para soltarla a ver qué pasa cuando llames, dítela tú primero. En voz baja, en el coche parado en un semáforo, delante del espejo mientras te lavas los dientes, donde te salga. 'Qué bien lo has hecho'. No hace falta que sustituya nada, solo que exista, para que un rincón de ti empiece a saber que puede recibir eso sin depender de que otra persona apriete el botón.

Y si un día vuelves a caer -porque vas a caer, yo sigo cayendo, sigo marcando el número con la esperanza puesta a veces sin darme ni cuenta de que la he vuelto a poner ahí-, no lo conviertas en otro fracaso más de la lista que ya llevas. Solo nota que ha pasado, y vuelve a poner el foco donde de verdad puede dar fruto.

No es rendirse

Soltar la exigencia de que cambien no es rendirse ni resignarse a que 'ya da igual', como si dejaras de importarte del todo. Es dejar de golpearte contra la misma pared esperando que un día, por fin, ceda bajo tu insistencia. La pared es la que es, y llevas años comprobándolo. Lo que puedes mover eres tú, un paso pequeño cada vez, escribiendo incluso a mano qué es lo que de verdad esperabas oír, para empezar a dártelo con tus propias palabras, con tu propia letra. Si alguna vez esto se te hace demasiado grande para llevarlo sola, o el dolor se instala y no se mueve por mucho que lo intentes, pedir ayuda profesional no es un fracaso más, es otra forma de cuidarte, quizá la más sensata de todas.

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Cómo dejar de esperar el abrazo que tus padres nunca te dan

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o quizá: Mis padres nunca me dijeron 'te quiero': por qué todavía duele · ¿Es normal sentirme así si mis padres nunca me maltrataron?

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para quien creció con padres que estaban, no faltaba de comer… pero nunca decían «te quiero».

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