Bienestar

Cómo dejar de mirar el móvil esperando que alguien escriba

El móvil está boca arriba encima de la mesa. Lo has puesto así a propósito, para verlo en cuanto se encienda la pantalla, girado con ese pequeño gesto casi inconsciente que ya haces sin pensar. Han pasado seis minutos desde la última vez que lo miraste y ya lo estás mirando otra vez, con ese movimiento rápido de ojos hacia abajo, aunque sabes perfectamente que no ha sonado ni ha vibrado, que lo habrías notado incluso con el volumen bajo. Lo sabrías. Lo sabes.

Y aun así lo miras, con la misma esperanza tonta de las últimas veinte veces. Y el silencio, después de mirar, pesa un poco más que antes de mirar, como si cada comprobación fallida añadiera un gramo más a la tarde. Eso también lo sabes, y no impide que a los cinco minutos vuelvas a hacerlo, casi sin decidirlo, como quien se muerde una uña ya mordida.

Por qué mirar no calma nada

Tiene su lógica, aunque no lo parezca desde fuera. Cada vez que miras el móvil le estás dando a tu cabeza una tarea corta: comprobar, descartar, volver a dejarlo boca arriba. Y una tarea, por pequeña que sea, se siente mejor por un instante que quedarte quieta con la sensación de que la tarde no tiene a nadie dentro. El problema es que la tarea no resuelve nada de fondo. Solo pospone el rato en el que ibas a notar el silencio, y te lo devuelve un poco más tarde y un poco más pesado, porque ahora encima está la decepción de haber mirado para nada, otra vez, la enésima.

No es que tengas poca paciencia ni que estés obsesionada con el teléfono, aunque así te lo digas a ti misma con un poco de reproche. Es que el móvil, ahí boca arriba, brillando de vez en cuando con notificaciones que no son de nadie que importe, es la promesa más a mano de que alguien puede aparecer sin que tú tengas que hacer nada, sin arriesgarte a nada. Y esa promesa, aunque casi nunca se cumpla, es difícil de ignorar cuando la tarde está vacía y el silencio de la casa se nota hasta en los oídos.

El primer paso: sacarlo de la vista un rato corto

No hace falta declarar el domingo libre de móvil, eso dura una hora y luego te sientes fatal por haber "fallado", como si fuera un examen más que suspender. Prueba algo más pequeño: elige un bloque de tiempo que puedas medir con un reloj de cocina o con una alarma puesta a propósito, no con la sensación vaga de "a ver cuánto aguanto". Veinte minutos están bien para empezar. Pon el móvil en otra habitación, no en el bolsillo ni boca abajo a tu lado en el sofá, que sigue estando ahí tirando de ti como un imán silencioso. En otra habitación, donde tengas que levantarte y cruzar el pasillo para ir a buscarlo.

Durante esos veinte minutos no tienes que hacer nada extraordinario ni productivo. Puedes fregar una taza que llevaba ahí desde la mañana, doblar la ropa que sacaste de la secadora, mirar por la ventana cómo cambia la luz. Lo único que importa es que el chequeo no esté disponible como salida rápida, que no puedas huir hacia la pantalla en cuanto el silencio incomode. Cuando termine el tiempo, si quieres mirarlo, lo miras. No es un castigo ni una prueba de voluntad, es solo darle a la espera un tamaño que puedas sostener sin que te devore la tarde entera.

El segundo paso: ser tú quien escribe primero

Este cuesta más, y lo sé porque a mí me costó muchísimo la primera vez que lo probé, con el dedo suspendido sobre la pantalla un buen rato antes de atreverme. Mirar el móvil esperando que alguien escriba es, en el fondo, esperar que la otra persona dé el paso que tú no te atreves a dar. Y algunas veces ese paso es tan simple como escribir tú primero, aunque la vergüenza diga que no, aunque pienses "si quisiera hablar conmigo ya lo habría hecho", esa frase que se repite sola en la cabeza sin que nadie la haya pronunciado en voz alta.

Esto que lees es una idea de «Los domingos eran lo peor» — el cuaderno de 30 días de esta serie: un paso pequeño cada mañana, para lo mismo que estás leyendo aquí. No hace falta comprarlo para seguir leyendo el blog.

No hace falta un mensaje largo ni una explicación de por qué has tardado en escribir, como si debieras cuentas. Basta con algo pequeño y concreto: una foto del café que te acabas de hacer, un "me he acordado de ti al pasar por aquella cafetería donde quedamos una vez", un "cómo llevas el domingo" sin más adornos. La clave está en que seas tú quien convierte la espera pasiva en un gesto activo. Deja de mirar la pantalla como quien mira el cielo esperando que llueva, con los brazos cruzados, y haz tú algo de lluvia, aunque sea una gota.

Bajar la frecuencia, no cortarla de golpe

Si hoy miras el móvil cada tres minutos, la meta no es dejar de mirarlo nunca, como si pudieras arrancarte el hábito de raíz en una tarde. La meta, para empezar, es que sean cada diez. Y el domingo siguiente, cada quince. Es un descenso lento, casi aburrido de lento, tan lento que algunos días ni lo notarás, pero es el único que se sostiene con el tiempo. Exigirte de golpe "hoy no miro el móvil en toda la tarde" es ponerte una meta que, si no la cumples —y es muy probable que no la cumplas—, te va a hacer sentir peor que si no lo hubieras intentado.

Hubo domingos en los que volví a mirarlo cada dos minutos como al principio, casi con vergüenza de haber retrocedido tanto. No pasa nada. No significa que el método no funcione, significa que ese domingo en concreto necesitabas más ese chequeo, por lo que fuera, y el domingo siguiente puedes volver a intentar alargar el rato sin partir de cero otra vez. Un día cada vez, sin exigirte el cambio entero de una tacada.

Al final, lo que se entrena no es la fuerza de voluntad para no tocar el teléfono, como si fuera un músculo que hay que machacar. Es la costumbre de no delegar en un aparato la posibilidad de sentirte acompañada, de dejar de ponerle a un rectángulo de cristal la responsabilidad de tu tarde entera. Eso se hace despacio, con recaídas incluidas, y hoy solo hace falta un paso: veinte minutos sin móvil a la vista, o un mensaje que escribes tú primero. Uno de los dos. Con eso basta para hoy.

Si esto te ha tocado, sigue por aquí

Por qué me angustian tanto los domingos por la tarde

Leer ahora →

o quizá: Por qué obligarte a 'salir a despejarte' no siempre cura la soledad · Me siento sola aunque tengo amigos: por qué pasa y qué hacer hoy

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Estar sola no tiene por qué doler así.

Llévate la guía gratis de 1 página

Déjame tu email y te la envío ahora mismo. «El check-in de 10 minutos para volver a ti»

Te enviaré la guía y, de vez en cuando, algo que pueda ayudarte. Sin spam; date de baja cuando quieras.

17 €Garantía de 30 días — te devuelvo el importe, sin preguntas
Ver el cuaderno